jueves, 28 de julio de 2016

La leyenda de la fosa maldita.







Esta es una historia real, extraordinaria, dejó aterrado a
una comunidad entera y enlutó a una familia y una escuela. Esta es la leyenda
de la fosa maldita.



A decir verdad, creo que en  realidad era erróneo el calificativo de fosa o
poza, esta concavidad se hallaba en lo alto de un cerro como de 20  metros de altura por  40 de base. En alguna ocasión escuché que el
promontorio, en la antigüedad fue una pirámide, donde los aztecas realizaban
sacrificios humanos.

El caso es que el cerro, y la fosa en su cumbre tenían mala
fama; los muchachos escalaban por curiosidad el cerro, conocido con el nombre
de “Cerro de la campana”; la leyenda y decires de los viejos, narraban que una
campana de oro se encontraba en el fondo del foso. En la parte alta del cerro,
en una área  de aproximadamente  tres metros,
los curiosos muchachos, parados en el  borde, observaban la tierra gris de un fondo
irregular  de dos metros y medio de
profundidad.

Todos hacían bromas sobre el peligro sobrenatural que
encerraba la fosa que se abría a sus pies, todos reían, pero nadie se atrevía a
saltar al fondo, ni el más atrevido de todos, el que retaba a profesores y saltaba
la barda, demostraba tanta temeridad. Me olvidaba decir, que el cerro  de la campana se encontraba a un lado de una
escuela secundaria, en una inmensa explanada de un cerro del mismo nombre,  desde la cual se podía apreciar la inmensidad
del Océano Pacifico.

Cuentan que la explanada fue una fortificación y un centro
ceremonial, donde los aztecas sacrificaban a sus enemigos a dioses
sanguinarios. A la llegada de los españoles, los frailes encontraron  en el foso, centenares de corazones, podridos
y agusanados y un fétido olor a maldad; para espantar la presencia del maligno,
procedieron a fundir una campana de oro que sería colocado en la cima y
repicada  varias veces al día. La campana
tañía de forma impresionante, escuchándose a varios kilómetros de distancia.
Eso fue, hasta que un temblor la derribó, cayendo en el foso,
los frailes culparon al demonio y al pretender recuperarla, la campana se
hundía más y más.

A lo largo de los tiempos, hubo infructuosos esfuerzos
por  rescatar la campana, el más famoso,
fue de parte de un gringo petrolero, que usó maquinaria pesada. El gringo tuvo
trágico final, al ser partido en dos por un cable de acero que se reventó,
cuando una grúa, estaba a punto de sacar la campana del foso maldito.

Cierto día ocurrió lo impensable, un chico nuevo, venido de
la ciudad, dio un salto y cayó al fondo del foso; los adolescentes,
boquiabiertos, miraron asombrados de tanta osadía. El chico nuevo reía a
carcajadas, no creía y sabía que nada le podía pasar dentro de aquella oquedad
de escaso tamaño.

Lo veían llorar de la risa, lo veían lleno de satisfacción al
demostrar  lo pueblerino y supersticiosos
que eran. De pronto, el chico dejó de reír, dijo que le faltaba el aire, que lo
ayudaran a salir.  Desesperado extendía
los brazos  y pedía a gritos que se
apresuraran a sacarlo. Dos jóvenes lo tomaron de las manos y jalaron
fuertemente, más encontraron una resistencia que les heló la sangre; no había
fuerza humana que pudiera sacarlo, tiraron y tiraron y el muchacho gritaba
aterrorizado, los ojos desorbitados, la cara desfigurada del terror.



Cuando más fuerte tiraron, cuando los demás jóvenes se unían
en el esfuerzo de rescatarlo; el fondo del foso se convirtió en una vorágine,
un tumulto de tierra y arena viva que se retorcía como si tuviera vida propia,
como horrible fauces infernal que devoraba a su víctima; la tierra lo tragó
irremisiblemente, desapareció para siempre, los muchachos huyeron
aterrorizados, gritaban como alma a la que la persigue el diablo.

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