miércoles, 8 de junio de 2016

El árbol que castiga


En cierto lugar de México, en la Sierra madre del Sur, existe una localidad alejada, donde los usos y costumbres están por encima de las mismas leyes y, las faltas se castigan como lo manda la comunidad.

En dicho  lugar los delitos son poco frecuentes, las faltas pecaminosas se castigan con rigor y los crímenes mayores son casi inexistentes, cuando menos por parte de los habitantes del lugar.

El pueblo dominado por las tradiciones y un tanto pagano, adora un singular árbol  de gran tamaño y frondosidad; para abrazar el grueso tronco se necesitaban cinco personas y la gente decía, que sus profundas raíces se alimentaban de la laguna por donde deben pasar los  difuntos  que han pecado de corazón.

La justicia del pueblo era simple e implacable, quien ofendía las buenas costumbres pagaba  la multa y recibía algunos azotes, quien robaba era apaleado y desterrado del lugar; los infieles  tenían que pagar  una  fuerte multa  y   sufrir la humillación de trabajar durante un mes para el ofendido.

Si alguien cometía un crimen incalificable, como privar de la vida, violar, robar ganado o provocar un gran daño a la comunidad; se amarraba al criminal al gran árbol durante una noche y este ejercía su justicia; como cuando, Pedro robó a su compadre  el  mejor caballo, llevándose en las ancas  a la  mujer del amigo, pasó una noche bajo la sombra del árbol. Apenas amanecía y por poco Pedro no sobrevive; lo encontraron gimiendo de dolor, el cuerpo y la cara en viva carne, tan  hinchada, que no se apreciaban ojos ni nariz, pero Pedro sobrevivió y no volvió a robar ningún caballo.

Pero hubo un caso más trágico, donde tuvieron que llevar ante la justicia del árbol, a un citadino, un fuereño que trayendo las ínfulas de representante del gobierno del  estado para la regularización de algunos predios de la localidad, cometió el incalificable delito de acechar y abusar de una  jovencita de trece años y despojar a la comunidad de los predios. El  político negó los cargos;  pedía ser entregado a la justicia para que ellos investigaran y dieran cuenta de su inocencia.

Pero el pueblo implacable lo llevó ante el gran árbol y lo condenó a pasar la noche amarrado  al árbol de la justicia. El árbol decidiría su inocencia, tenían la firme creencia de que el árbol era el mejor juez y que de resultar inocente, no sufriría daño alguno.

Lo dejaron bajo la gran sombra cuando ya había oscurecido,  sabían a ciencia cierta que ningún animal se acercaría. Cuentan que los gritos del político eran espeluznantes, un solo alarido de dolor y sufrimiento se escuchaban en la negra noche.

A las seis  de la mañana fueron a liberarlo, el árbol había decidido su inocencia o culpabilidad. Encontraron al  político  convertido en  una masa informe y gangrenada, nada que pareciera un hombre quedaba, la piel y la carne se había deshecho. Sin duda era culpable dijeron los comuneros y debía cargar muchas culpas en su corazón, que el árbol tuvo que mostrarse implacable.


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