viernes, 23 de octubre de 2015

La leyenda del Robachico


Cuando era  niño, me espantaban con la terrible figura  del Robachico, me daba pavor  la sola mención de un hombre extraño y horrible, cargando  un saco al hombro y buscando  la oportunidad de  robarme y apartarme para siempre de mi familia. “Te  llevará  el Robachicos si te portas mal”,  escuchaba decir a mis tías;  a mi madre nunca la oí amenazarme con semejante tragedia. Si algo quema las  entrañas y el alma de una madre, es separarse de un hijo,  esa verdad la entendí  muchos años después, al tener a mi propio hijo entre mis brazos.

En mi imaginación infantil y en la leyenda urbana, el Robachicos,  es una criatura, un  hombre despiadado, sucio, vestido de harapos;  esta bestia humana,  atisba en los rincones, en las esquinas, en los lugares apartados, buscando la oportunidad de raptar niños y llevárselos dentro del costal con rumbo desconocido.
De niño nunca tuve miedo al coco, a los duendes o las brujas; me horrorizaba  el hombre del costal y lo veía en los barrenderos,  en los ropavejeros, en los pordioseros o cualquier persona de barba descuidada  o extraña.  Mi fobia era extrema,  provocaba  risa  en algunas personas, otras se aprovechaban  y abusaban de mi terror, asustándome con la amenaza del Robachico.

Al crecer y convertirme en hombre, fui comisionado  como delegado educativo en un municipio atrasado y pobre; allí volví  a escuchar el temido nombre: Robachico. Lo escuche con curiosidad, con el tiempo y la madurez; el Robachico  era sólo  un recuerdo anecdótico de mi niñez,  y nada en ese recuerdo me molestaba o sobresaltaba. Al referirse al Robachico, sentí cierta curiosidad por la forma angustiada con que se expresaba la mujer.

Más tarde supe de  la desaparición  de cuatro  niños, todos menores de cinco niños; la gente comentaba espantada, que un hombre extraño, sucio y barbudo se los había llevado, metiéndolos en un costal. Aparecía como un fantasma, tomaba a su presa y desaparecía  sin dejar rastros. La gente se organizaba para perseguirlo, sin poder encontrarlo.

El primer niño lo raptó  jugando frente a su casa, testigos presenciales, vieron acercarse  a un hombre desconocido, cargando un costalillo en el hombro; lo vieron tomar al niño y meterlo dentro del costal; los gritos alertaron a la gente y a familiares del infante, quienes buscaron sin encontrar ningún rastro.
El siguiente niño, lo robó, prácticamente, frente a todos, salía del kínder con su madre, que al descuidarse unos segundos lo perdió; la gente dijo que se lo había llevado un hombre, u ropavejero con costal al hombro. En menos de una semana volvió a atacar, esta vez, una niña iba  con su padre, quien nunca pudo explicar cómo perdió a su hija; nuevamente, hubo personas que vieron como un hombre se la llevó, sin que nadie pudiera hacer nada.  El cuarto  niño,  desapareció en la alameda central del pueblo; un individuo  misterioso  los rondaba; los policías fueron advertidos de la presencia de este hombre, de quien sospecharon, era el Robachico. Frente a todos, incluyendo varios policías, desapareció con el menor; cuentan que los policías y una turba enfurecida lo persiguieron, sin lograr detenerlo,  se esfumó frente a todos, desapareció como si se hiciera humo; desde entonces (dos semanas),  el  terror carcome a los habitantes del lugar y temen por la seguridad de sus hijos. Se habían organizado  y vigilaban día y noche las calles, escuela, parques y cualquier lugar  donde sospecharan que el Robachico  podía atacar y llevarse un nuevo niño.

Yo ahora me reía, no me reía de la tragedia, lo hacía de la ignorancia de la gente  que culpaba a un Robachico por la desaparición de niños. Seguramente son delincuentes profesionales que se llevan a los niños para comercializar su órganos o venderlos en las grandes ciudades o en el extranjero; eso pensaba un tanto cínico e insensible. El Robachico no existe, me dijo un tanto ufano de saberme seguro  de ello; hacía muchos años que había dejado de temerle.

Pero en la mañana siguiente, saliendo como a la ocho de la mañana, vi al niño jugando afuera de su casa;  me sentí indignado por el descuido de la familia, más sabiendo del peligro que corrían;  me iba acercando para advertir a su madre  que estaría en el interior de su casa,  cuando vi al sujeto  que se acercaba; el corazón me dio un vuelco y los oídos me zumbaron al percatarme que vestía  de harapos, ocultaba su rostro tras un costal  echado al hombro; a pocos metros, paralizado y aterrado, lo vi tomar al niño  y ponerlo dentro del costal; todo sin mucha prisa, como quien recoge una calabaza.

Movido por la indignación y el coraje,  superé el miedo y decidido a enfrentarlo le grité que se detuviera; él no me hizo caso y se fue caminando; lo perseguí, alcanzándolo al entrar en un callejón.  Estaba detrás del hombre, tenía  a la bestia a un par de metros, el coraje rebosaba de valor mi corazón; me había armado de un garrote, con el que pensaba tundir al desgraciado. Le volví a gritar, fue cuando se dio la vuelta.  Frente a mí, estaba la criatura más horrenda que mis ojos habían visto; el valor me abandonó y mis manos temblorosas dejaron caer el  garrote.

Un monstruo, un demonio, un ser espeluznante que me miraba con unos ojos  rojos como  canicas ardientes, en una cara  demoniaca, donde se  podía adivinar la gran maldad en  sus rasgos perversos  y su   sonrisa  burlona; bajo el sombrero, dos cuernos se  retorcían;  el valor me había abandonado al tener  de frente  y en cuerpo entero al demonio que aterró mi infancia. Me sonrió, mostrando los enormes caninos amarillos y una lengua de serpiente en una boca negra  y asquerosa.

Se marchó ante mis ojos,  precisamente cuando la gente se arremolinaba temerosa de la maligna presencia; lo vi golpear el suelo con su pata de  macho cabrío, abriéndose una grieta, de donde exhaló  una llama maloliente que inundó el ambiente de apestoso  olor a azufre; por esa grieta desapareció con su  preciada carga, luego con un rechinido se cerró, sin dejar huella  del terrible acontecimiento.

Cuando desperté,  me dijeron que me había desmayado y temblaba como azogado, víctima de violentas  convulsiones. Cobardemente empaqué mis cosas y me marché del pueblo; lejos de la tragedia y lejos del Robachicos. Ahora que soy padre, soy su celoso guardián, dicen que  exagero; pero siempre, siempre, estoy atento a la siniestra y diabólica figura  del demonio cargando un costal.



miércoles, 21 de octubre de 2015

La leyenda del hacha diabólica


Mi abuelo la guardaba celosamente, yo la pude mirar cuando buscaba  curioso en el gran baúl, donde tenía  sus cosas personales.  Estaba envuelta en un fino paño rojo, apenas la podían sostener mis delgados brazos  de niño de ocho años.  Usando todas mis fuerzas, la coloqué en el piso y la descubrí.  El metal bruñido brillaba como recién fabricada (tiempo después supe que el hacha tenía cientos de años de antigüedad),  la doble cuchilla relucía con un pavoroso filo;   cada cortante  hoja del hacha, tenía grabada dos peculiares  cruces; recuerdo  perfectamente la conmoción que produjo en mi  pequeño espíritu el  mortal  objeto.

Mi abuelo, no supo de  mi descubrimiento, hasta muchos años después, cuando yo   era un hombre,  y él más viejo y encorvado; durante años, hice constantes visitas al baúl  para saciar mi curiosidad; a medida que crecía e  iba a la escuela, mis deducciones sobre el hacha  cambiaban.

De pequeño pensaba que mi abuelo la tenía para defenderse y defender la casa  de posibles enemigos, más tarde, en sexto año, llegué a la irrefutable conclusión, que el hacha era el arma de los cruzados medievales; que debió pertenecer  a un  valiente caballero que peleo en las guerras santas y que seguramente, había cercenado muchas gargantas.

Cuando pude sentarme,  y escuchar las  conversaciones de los adultos,  escuché, que  la secreta hacha, que mi abuelo guardaba en el baúl, era herencia de lejanos antepasados españoles. Pero nunca pude saber a quién perteneció  ni cuál fue su uso.
Cuando cursaba la prepa,  y el Internet llegó a nuestro pueblo;  más curioso que nunca,  pude buscar el origen del hacha, con muchas más posibilidades que en   las bibliotecas locales. Y  por fin, pude encontrar indicios  fidedignos sobre el origen del  arma  de doble filo. En  un blog de misterios medievales, mencionaban un hacha de similares características; forjada  en el oriente medio por  Cartagena, el mejor fabricante de armas de aquella  época.  La llamaban Corta cuello, pues fue usada por  Baltazar,  el mejor decapitador   al servicio de la santa inquisición y los reyes de España. Al parecer  la famosa hacha desapareció en  el año de 1798 de un   repositorio del Vaticano, y tenía en su haber  1325 ejecuciones. Quedé perplejo al saber, que había grandes posibilidades de que el hacha de mi abuelo, fuera la  desaparecida corta cuello  que cercenara  tantas cabezas de personas que tuvieron el infortunio de perder su cabeza.
Siguiendo con la investigación, averigüe  datos del famoso  verdugo,  Baltazar de Malabrás,  al parecer, su habilidad y el filo del hacha,  lograron un record perfecto,  1325 decapitaciones limpias, de un solo tajo  la cabeza rodaba macabramente al cepo.
Baltazar de Malabrás  fue asesinado  cobardemente en una celada,  los asaltantes, irónicamente lo decapitaron, cumpliéndose  el viejo dicho: “el que a hierro vive, a hierro muere”.  La leyenda, antes que la historia, cuenta que quienes se apoderaron del hacha, matando a Baltazar de Malabrás, murieron de manera terrible, perdiendo la cabeza.  El hacha Corta cuello, fue reclamada por España y cada poseedor moría trágicamente,   con el cuello cercenado.

A estas alturas, el nerviosismo  me hacía comerme las  uñas, fabriqué varias hipótesis, sobre la razón, de la inmunidad del abuelo, a la maldición del hacha.  Después de sesudas disertaciones, llegué a la conclusión,   de que mi abuelo se salvaba por ser una persona bondadosa.

Pero pronto supe la verdadera razón de su inmunidad a la maldición del hacha, mi abuelo me confesó, ser, descendiente directo de Baltazar de Malabrás  y que el hacha, se daba en custodia a la siguiente generación, que pronto me tocaría,  tenerla bajo resguardo.

En una noche oscura,  cuando todos dormíamos a pierna suelta, escuchamos ruidos y el ladrido nervioso de los perros; sabíamos que una partida de bandidos  rondaba la región,  y este hecho nos mantenía alerta y vigilante. 

Los ruidos  pasaron de ser sigilosos   a ruidos atropellados, como el de una gran batalla donde  los hombres gimen y mueren de dolor. El terror se había apoderado  de la familia que se mantenía  oculta y expectante; mi abuelo, mi primo y yo, nos armamos  con pavorosas escopetas, decididos a proteger a nuestra familia y nuestro patrimonio. En algún lugar de la casa, los ruidos y gritos de agonía persistieron por un momento, después, el completo silencio.

Armados de valor y de la escopeta, salimos a investigar, nos dirigimos al  lugar donde  sospechábamos provinieron los horribles ruidos. La puerta de la habitación  estaba abierta y las luces encendidas; nos aproximamos  cuidadosos, llevando los mosquetones por delante; al asomarnos; la escena de muerte y desolación  nos anonadó;  mi primo vomitó, yo a duras penas pude sostenerme; mi abuelo, calmado, veía la escena con la tranquilidad  de sus largos años.  El macabro espectáculo de sangre y muerte pintaba un cuadro espeluznante; sobreponiéndonos al dantesco espectáculo, nos dimos cuenta  que tres hombres, o lo que quedaba de ellos  yacían  tirados en el piso; cruelmente masacrados  por un verdugo  despiadado.
Y entre la destrucción, la muerte y el crimen; brillaba el filo homicida, del hacha de doble filo.




domingo, 18 de octubre de 2015

El presidente diabólico


Seguramente usted ha escuchado expresarse mal de los políticos, ha escuchado decir que son unos ladrones y corruptos, todos creemos que es  bien merecida,    la opinión que la mayoría de la gente tiene de ellos. Los diputados se llevan la mejor parte  de los regaños de la opinión pública, ya sea porque no hacen su trabajo o porque, realmente no representan a nadie y son imposiciones de las cúpulas partidistas y,  están, solamente  allí para llenarse las bolsas  de los pantalones y las cuentas bancarias de dinero. En particular y en general son una verdadera plaga.

Pero es el colmo, cuando, aparte de políticos, son unos demonios en toda la extensión de la palabra, sin quitarle ningún punto o coma. Este es, el caso de un presidente municipal, de un municipio, de una apartada región del estado de Guerrero.

El individuo en cuestión, como dice el refrán: llegó, vio y venció. Casi nadie sabía de donde venía, sus antecedentes, su conducta, o realmente de quien se trataba. Rentó una casa en las afueras del pueblo, se dijo de profesión abogado, pero se dedicó a comprar y vender ganado.  En una carnicería de su propiedad, siempre meloso saludaba a la gente, principalmente a las amas de casa que iban por compra, acompañadas de sus hijos, a quienes siempre obsequiaba un dulce. Luego se le vio participando  con un partido político, y en menos de dos años, ya andaba buscando la presidencia municipal.

Y le ganó a todos en buena lid, porque en  México, somos bien entreguistas con el desconocido y despreciamos, como buenos malinchistas, a los de nuestra  localidad. Apenas llegó a presidente, se trajo una turba de extraños  de mala catadura.

En menos de un año, nuestra querida y pequeña  ciudad, pasó de  ser,  una de los más tranquilas de la región,  a convertirse en un lugar violento; el crimen, el robo de ganado, el secuestro y los asaltos estaban a la orden del día. Nada parecía importarle a la autoridad, el presidente municipal se limitaba a decir: —¡He solicitado la ayuda de la federación.

Pero la ayuda nunca llegaba y la gente se desesperaba por las terribles cosas que ocurrían;  principalmente en las noches; cuando las  personas desaparecían para no volver jamás. Ya empezaban las habladurías y se sospechaba de la gente que mandó a traer el presidente; eran extraños y ajenos a este lugar;  primero un viejo, aseguró haberlos visto por la noche cuando se llevaron a Teresa, una jovencita que volvía tarde de una fiesta;   el viejo aseguró temblando, que aquellos hombres no eran cosa de este mundo; andaban como demonios  y husmeaban la noche como coyotes;  luego Antonia los vio entrar en la casa de Armando el tendero,  casi se desmaya cuando narró que los hombres andaban en cuatro patas como los animales y gruñían igual que los  cerdos, dijo que  al pobre tendero se lo llevaron con rumbo desconocido, más muerto que vivo.

Pero ni  el viejo ni Antonia refrendaron lo dicho por mucho tiempo,  en una noche de tantas aparecieron despanzurrados, regados por las calles; dicen algunos que como escarmiento por abrir la boca. La gente se organizó y  pidió ayuda al sacerdote del pueblo;   el cura, muy buena gente pero incrédulo, no dio crédito a semejante patraña.
A los dos años de mandato del presidente y sus compinches endiablados, la gente ya no salía, apenas oscurecía,  se encerraba en sus casas por  temor;  los que pudieron se armaron hasta los dientes con rifle y escopetas, los más pobres  lo hicieron con grandes manojos de ajo y crucifijos.
Cuando las cosas empeoraron y  habían perdido toda esperanza, ocurrió el hecho salvador. Una oscura noche; los demonios sueltos cometían toda clase de tropelías, a bordo de una “Ford Lobo” negra patrullaban las calles y los lugares circunvecinos; dicen que iban por la carretera a toda velocidad, habían cometido un crimen y  aullaban felices de su impunidad, reían a carcajadas,  festejaban y maldecían;  los demonios  lanzaban llamas por los ojos  y retaban al cielo y se creían invencibles.

Fue cuando les marcaron el alto, un retén de ángeles les impedía avanzar; uno de ellos  se bajó furioso, gruñó, amenazó y comenzó a disparar su fusil; San Miguel se puso al frente y abatió al demonio que cayó en la carretera, donde se abrió una profunda grieta  y una lengua de fuego lo tragó.
Comenzó una batalla épica, los demonios se resistían y atacaban con furor;  el presidente municipal, saltó al frente de la batalla, transformándose en una criatura demoniaca y bestial; San Miguel lo destruyó blandiendo su espada, aullando de furia estalló en fuego infernal;  los demás soldados del mal,  cayeron bajo la fuerza angelical y empujados al hondo infierno,  de donde no debieron salir nunca jamás.

Esa noche la gente escuchó el fragor de la batalla, rezaba y se santiguaba, los niños lloraban, los perros gemían de temor; pero al amanecer, el sol brilló con la esperanza de un mejor y nuevo amanecer.


viernes, 16 de octubre de 2015

La leyenda de la casa embrujada


Nadie vivía en ella, en el pueblo preferían dar un largo rodeo para no pasar frente a la casa; era grande y de mal aspecto, dos plantas y un enrejado que la rodeaba totalmente a lo largo y ancho de la propiedad. La gente se refería a la casa, como si se tratara de un ser vivo de mala entraña y mala reputación o una cosa endemoniada con la que no había que meterse de ninguna manera, so pena de recibir un terrible castigo. Por  esos motivos y  otras cosas, la gente prefería no hablar de la casa y mantenerse lo más lejos posible de ella.

Cuando pregunté sobre la propiedad me respondieron con evasivas, iba llegando al pueblo y no sabía mucho sobre su gente y su historia. Durante la clase volví a preguntar, ahora fueron los niños, quienes me miraron con quietud sepulcral; el miedo que vi en esos pequeño ojos; me obligó a no preguntarles nunca jamás.
Pero la curiosidad había anidado en mí, desde pequeña, siempre fui muy curiosa, mi abuela siempre decía: la curiosidad mató al gato. De pequeña me quedaba callada, pero cuando crecí y estudie, yo le contestaba: la curiosidad, no mató al gato, la curiosidad lo llevó a la madriguera de los ratones.

Como en todos los lugares, nunca falta quien  revele los secretos más celosamente guardados; en este caso,  la revelación me costó un litro de buena charanda, alcohol que entregué como pago al borracho del pueblo. Él me contó, que allí vivió la familia más pudiente de la región; una pareja llena de maldad que procreo cuatro hijos, igual o más perversos que ellos; los acompañaban, la suegra de la mujer, una verdadera arpía y el cuñado del patrón, un buen mozo treintañero, enredado con cualquier  escoba con faldas; de ellos se sospecha, practicaban magia negra y adoraban al diablo.
Cuentan que en  una noche de locura y aquelarre,  por órdenes de satanás, realizaron  sacrificios humanos. Era una partida de locos, sin respeto por la vida ajena, no les importaba si mataban una gallina, un macho cabrío o un ser humano. Pronto desaparecieron algunos niños y la sospecha recayó sobre ellos.

Como la gente de estos rumbos no es dejada, se organizaron para acabar con la amenaza; no se sabe a ciencia cierta lo que pasó, el caso es que los desaparecieron, al parecer fueron despedazados, quemados  y enterrados en algún lugar desconocido de la casa. Quienes tuvieron el valor de entrar en la casa, para robarse algo de valor o buscar la plata enterrada, salieron enloquecidos, con la cabeza blanca y la piel arrugada como ancianos, los infelices murieron  poco tiempo después; aseguraban que la casa era la entrada al mismo  infierno.

Yo no creía en aparecidos o cosas que tengan que ver  con hechos sobrenaturales, era ferviente creyente de la fe de la ciencia y lo que me contaron, sólo acicateo mi curiosidad. Burlando las miradas del pueblo, una tarde soleada me introduje a la casa por la parte trasera. Temblaba de la emoción por la aventura que iba a vivir;  cuando pude entrar, la puerta chirrió macabramente atrás de mí como riéndose de mi imprudencia, otra persona hubiera pensado en retirarse ante el sombrío  espectáculo de muebles abandonados  y telarañas colgando. Yo seguí adelante, mirando todo con los ojos bien abiertos de la curiosidad; pronto encontré  una especie de cama de piedra, cuajada de manchas negruzcas, no necesitaba mucha perspicacia, para adivinar que era el lugar donde realizaban los sacrificios; todavía se podía oler la sangre y el miedo en el lugar.

Abrí otra habitación, esta vez  fue diferente, una corriente de aire cálido me dio en pleno rostro, sentí escalofríos  de miedo recorrer mi cuerpo; en ella también olía a sangre y maldad, me detuve en el quicio, la observé detenidamente; era la habitación principal, en ella deben haber dormido la pareja diabólica  dominante en la casa. En ese preciso instante tuve una premonición, supe que en ese lugar la gente del pueblo había cobrado venganza asesinándolos, y que, ese mismo lugar era la tumba donde los ocultaron bajo las duelas.

El olor a podredumbre, moho y muerte lo inundaba todo, me iba a retirar, asqueada del ambiente; cuando ante mis ojos, cobró vida una escena aterradora.
La familia entera danzaba en bacanal orgía;  emergían de las hendiduras  y los resquicios como sombras fantasmagóricas  que poco a poco fueron reencarnando: los huesos, la carne agusanada y podrida, la piel  espantosa, hasta adquirí la forma que debieron tener en vida;   el cuadro era aterrador, mis sentidos se negaban a creer lo que veían; ¡estoy delirando!, me decía,  sin aceptar lo que frente a mí se materializaba.
En lo alto de los brazos de la  danza infernal, un pequeño niño lloraba a gritos. Salieron de la habitación como sombras malditas y se dirigieron al lugar de los sacrificios. Reían, cantaban, maldecían y clamaban oraciones malditas que invocaban a satanás. Mi mente enloquecida, supo lo que pasaría a continuación, lo iban a sacrificar, sacrificarían al pequeño niño frente a mis ojos.

Ya sin control, arremetí contra las fantasmales sombras, tratando de arrebatarles al infante, mi vano esfuerzo chocó contra un muro impenetrable, nuevamente lo intenté, gritándoles que se detuvieran, les dije: −¡Por todos los cielos, no lo permitas Dios mío!, las bestias de ultratumba,  fijaron su mirada  perversa en mi persona; se hicieron sombra y se desvanecieron; a mi derredor se vino la oscuridad más profunda,  y una roja luminosidad brotaba del suelo; a mis pies se abría una bocaza enorme, por donde empezaron a emerger todo tipo de criaturas asquerosas; entes diabólicos de todas las más espantosas formas; me tomaron de los brazos y me arrastraron al borde del precipicio, de donde pude ver las rojas fauces del infierno, la llama que quema a los condenados eternamente, causándoles un dolor y un daño que nunca los mata, pero si les ocasiona enorme sufrimiento.


Cuando desperté, iba en una ambulancia, dicen que me encontraron  casi desnuda, vagando por las oscuras calles del pueblo; ahora que estoy en este sanatorio para locos, nadie me cree cuando les cuento lo que pasó en la casa; sólo me miran con lástima, cuando intento mostrarles, las quemadura de las garras de los demonios en mis brazos.

jueves, 15 de octubre de 2015

La leyenda del nahual


En un pueblo apartado, enclavado en una zona de difícil acceso,  se dieron varios casos de ataques a los animales de granja y a la población. Primeramente apareció un borrego; el pobre animal  fue muerto de manera salvaje y devorada sus entrañas. En poco  tiempo la gente se alarmó, los ataques  siguieron   con más saña, hasta los pobres perros fueron víctimas de la bestia salvaje, que por la noche atacaba y devoraba a su presa. Varias teorías salieron a relucir de la experiencia de los campiranos; los maestros y un ingeniero, quemándose el seso, sugirieron que podía ser un oso o  un felino de gran tamaño, escapado de algún circo. Otros dijeron que podía tratarse de lobos, cosa que quedó descartada cuando averiguaron que en esa región no había lobos, uno más, dijo que era el Chupacabra, cosa que nadie creyó, cuando dijeron que habían visto en la televisión que el Chupacabra no existía.

Cuando le llegó el turno a las personas, el primero fue un anciano, que quedó todo mordisqueado, luego una mujer y un joven que logró escapar con serias heridas en la cabeza. Este joven, que pudo ver a su atacante,  confundió aún más a los pobladores del pueblo, dijo que el animal que lo había atacado, no andaba en cuatro patas, si no que caminaba erguido como las  personas.

La buena gente de la región, se santiguaba  al pronunciar  que era un nahual, pues  mucho tiempo atrás, una criatura de esta naturaleza había asolado la región.
Un viejo de la comunidad lo confirmó, un nahual  se apareció en el pueblo, cuando él era todavía un niño; este nahual de gato montés, no era muy grande, pero sí muy salvaje, andaba en dos patas, pero al ras del suelo, nunca se paraba completamente. Semana a semana atacaba a la gente indefensa, sobre todo a los niños que no podían defenderse y porque gustaba de la carne tierna y jugosa.

Pronto supieron que el nahual era un viejo brujo de muy poca estatura que nunca se despegaba el puro de la boca, cosa que sirvió para identificarlo, pues, quienes tuvieron la fortuna de escapar de sus garras, dijeron que apestaba a tabaco. La gente  enardecida se armó de valor, rodearon su casa y le echaron fuego para que el nahual ardiera dentro de ella.

Como reguero se corrió la voz en el pueblo, por acá, por allá, se decía que  un nahual era el causante de los ataques, la gente medrosa  se volvió desconfiada, no se  confiaba  de nadie, y en cada persona veía al nahual malvado que a esas alturas;  había acabado con los borregos del pueblo,  algunas vacas (de las que devoraba las ubres), un sinfín de gallinas, dos viejos, dos mujeres y cuatro perros.
Un conocedor de nahuales  aconsejó traer ajos, ya que los nahuales no soportan su olor y en caso de sospechar de alguien, obligarlo a comer un diente de ajo, esto lo cambiaría de forma inmediatamente, pero con una gran debilidad que lo dejaría inerme para ser capturado, decapitado, sacado su corazón   y quemado sin tardanza, ya que estas criaturas son muy resistentes.

En las afueras del pueblo, vivía Margarito, un enano, un individuo flaco que vendía paletas heladas en las calles; era un tipo pequeño pero bien proporcionado; posiblemente no era  enano, más bien una persona de baja estatura con aspecto de duende.

La gente del pueblo se las ingenió para averiguar que Margarito era tataranieto de Tiburcio,  nombre del brujo nahual  quemado muchos años atrás.
Cuando la sospecha creció, se volvió verdad irrefutable, la gente empezó a decir que Margarito el paletero era el nahual y todo mundo lo creyó sin averiguar. Un centenar de personas lo rodeo llegando al centro del pueblo, empujando el carro de helados  y sacudiendo la campanilla que avisaba que las paletas habían llegado. Con todas las precauciones del mundo  lo apresaron y se dispusieron  a darle muerte. En eso estaban, cuando el cura del pueblo llegó corriendo,  a gritos decía que no podía permitir  tal injusticia Un granjero, que odiaba al nahual,  porque le había matado todos los borregos, dejándolo en la calle, sacó un puñado de ajos y se los metió al pobre Margarito en la boca.

Margarito con los ojos pelados del miedo, fue obligado a tragarse el puño de ajos; la gente esperaba ver   el terrible efecto que causa en los nahuales el ajo, estaban seguros que Margarito caería de espaldas convulsionándose para convertirse en una fea criatura media muerta por el venenoso ajo.

Pero Margarito en vez de caer de espalda, dio un salto  animal, librándose de un empellón de sus captores, que cayeron a varios metros de distancia, adoloridos y admirados de la fuerza del pequeño hombre que empezaba a transformarse en una bestia parte humana, parte jaguar  y parte lechuza;  por lo del pico bestial en que se convirtió su boca.


Le crecieron los brazos y las manos, las patas se alargaron  garrudas y le nació algo parecido al pelo o a las plumas. Margarito ya no hablaba, pero sí gruñía pavorosamente. Lo primero que hizo Margarito fue vengarse,  despanzurrando  a dos hombres  que lo maltrataron; el cura que arremetió con una botella de agua bendita que siempre traía en la bolsa, fue otra de las víctimas, el nahual le clavó el   pico en la cabeza, dejándole un gran hoyo. A  Margarito, el agua bendita le hizo lo que el viento a Juárez,  y siguió causando destrozos entre la población.
Pero eran muchos los habitantes del pueblo y entre todos, terminaron por hacerlo cachitos a machetazos.


Desde entonces, en el pueblo, cuando alguna persona o familia, quiere quedarse a vivir, lo primero que le preguntan es por su apellido, si se apellida Cacatzin, lo corren con amenazas,  ya que Cacatzin, era el apellido de Margarito y su tatarabuelo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

jueves, 1 de octubre de 2015

El día en que un niño dijo que temblaría



Hace muchos años, cuando todavía no había Internet, teléfonos celulares  ni redes sociales,  corrió un fuerte rumor  en la región, alcanzando en poco tiempo  al Estado de Guerrero completo y más allá de sus fronteras. Un rumor infantil y simple, pero precisamente por su simpleza, rápidamente se convirtió en una leyenda urbana, de esas que viajan  tan rápido, como la lengua es capaz,  de  contar y reinventar, una y otra vez.
En una noche tormentosa de Acapulco, en el eficiente hospital general de las Cruces, tan eficiente, que la mayoría de los médicos son egresados de la Universidad Autónoma de Guerrero; de ella, decía al respecto, el legendario gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa Figueroa: “De los doctores de la Universidad Autónoma de Guerrero, no me dejo poner ni talco”, tal era la confianza al profesionalismo de los médicos egresados. Cuentan que esa noche de rayos y truenos y una lluvia pertinaz, se encontraba en labores de parto, una negra “nita”  de la Costa Chica. Llevaba horas y horas  sin poder parir; se encontraba exhausta y los médicos y enfermeras le daban las  instrucciones  de rigor para el caso.
Cuando por fin, la enfermera tuvo en sus manos el neo nato,  el niño recién nacido que miraba a todos con unos ojos enormes y abiertos, pero sobretodo atento, como si observara a los médicos y enfermeras que lo ayudaron a venir al mundo.
La enfermera lo descubrió del pañal para continuar la limpieza y los pudo observar en toda su horrenda fealdad; cuentan los presentes que nunca habían visto un niño tan feo; al grado que no se hicieron esperar los malos chistes de los sangrones de humor negro, dicen que uno dijo; “Suéltalo si vuela es zanate, si salta es sapo.

El caso, es  que la enfermera que los sostenía exclamó espantada: ¡Que niño tan feo”. Y el mocoso recién nacido, abriendo tamaña bocaza exclamó: “Más feo se va a poner el 17 de septiembre”, callando para no volver a proferir palabra alguna.
Las palabras proféticas del recién nacido, causaron tal furor, que la ciudadanía  y las autoridades se prepararon para la venida del fin del mundo, esperaban un cataclismo de dimensiones bíblicas. A medida que se acercaba  la fecha fatal la gente se veía más inquieta; empezaron a almacenar  despensas y agua y todo cuanto creyeran indispensable.

El día de la fecha anunciada por el niño diabólico, ya  habían bautizado con el mote de diabólico  al pobre niño, cuya madre lo escondió bien hondo en la región, allá donde todos los negritos son iguales. Como les estaba diciendo, muy temprano la gente se miraba nerviosa, era 17 de septiembre, pero el niño  se le había olvidado decir la hora del malhadado acontecimiento. Muchos maldecían al niño, como se atrevía a dar una profecía tan imperfecta.

Yo estaba en la escuela secundaria, nuestro director era  un escéptico de marca y no creía en aparecidos, aunque los estuviera enfrente. 
Jugando malabares me entretenía en el receso, cuando perdí el equilibrio, el tambo,  rodó junto conmigo, la tierra crujía  y las bardas parecían el borracho de mi colonia, de cómo se balanceaban de aquí, para allá.

Después de cinco minutos de bailar la tierra, muchas casa se  derrumbaron, muchos descalabrados y mujeres histéricas; aquí no pasó a mayores, pero lejos de aquí, en la capital del país,  el temblor la dejó por los suelos. Y todo por las ocurrencias de un negro  chiquillo   que se molestó  porque lo llamaron feo.


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