sábado, 30 de mayo de 2015

LOS PARTIDOS POLÍTICOS ATACAN

Muy temprano llegaron a tocarme la puerta, les abrí desconfiando de su presencia; en estos tiempos se debe desconfiar de cualquier desconocido que toca nuestra puerta, apenas  en el callejón de al lado, amaneció un difunto tirado.

Abrí un poquito para  demostrarles mi desconfianza; pero ellos me sonrieron mostrándome unos dientes grandes y una cara ancha de tanta sonrisa. ¿Qué quieren, les pregunté?
¡Nada, no queremos nada!,  me respondieron, bueno sí, si queremos algo, dijo el otro; sólo platicar y que usted nos escuche.

Se metieron confianzudos, antes de que les diera permiso, ya estaban sentados  y de piernas cruzadas.
Me senté frente a ellos, mirando a uno y otro; ellos permanecieron callados por un momento, pero de pronto comenzaron a hablar y ¡vaya que si lo hicieron!.

Uno de ellos mostro una gran lengua húmeda, dentro de una gran boca que se abría una y otra vez. Me hablaron sobre una persona de la que nunca había oído ni su nombre; ya que yo  nunca veo televisión; al principio les sorprendió o creo que les molestó cuando les dije una y otra vez que no sabía de quien se trataba.

¡Es el candidato del pueblo!, habló el más joven, de lentes y aspecto de ser muy listo; siguió diciendo que traía los mejores proyectos para el pueblo, que traería beneficios y desarrollo de llegar a gobernar ya que era una persona muy preparada, bajaría los impuestos, la luz, el predial, apoyo a los pobres, agua, pavimentación, se acabaría la violencia y el crimen organizado ya no haría de las suyas.
Yo lo escuchaba  y me sentía aturdida cuando el joven me acosaba con sus palabras.
Pareció que terminaba, pero volvió a las andadas diciendo que las mujeres tendrían todo el apoyo, las solteras, las casadas, las viudas nunca más volverían a sufrir de carencias.
Lo vi jadear  y en ese momento empecé a tener miedo, me pareció que empezaba a transfigurarse en una terrible fiera; seguía hablando, hablaba de las bondades de su partido, el partido que salvaría a México, el partido que si sabía gobernar, que traía beneficios y sabía hacer las cosas bien; el más honesto, el más organizado, etcétera, etcétera, etcétera.

Me dieron nauseas, miré la boca reseca, en los labios pegajosos se veía la saliva como engrudo   y la lengua  moverse como un feo animal.

Dos jóvenes más se incorporaron, traían grandes bolsas  y dos portafolios; de las bolsas sacaron playeras y otras chucherías; luego una flamante tarjeta, me la pasearon por la cara diciéndome que en ella me depositarían  dinero como premio a la lealtad y mi voto al partido.
Cuando parecieron  acabar, me dijeron: ¿Me puede mostrar su credencial de elector? Yo le dije: ¡no tengo!; ellos simplemente me miraron furiosos, guardaron sus cosas y se marcharon maldiciendo sin respeto.



Entradas populares