miércoles, 11 de marzo de 2015

La leyenda del hombre más fuertes del mundo

Esta es la leyenda de Matilde Armenta, la fiera de Cuatro cerros, quien vengara la muerte de su padre matando dieciocho hombres; Matilde Armenta era grande, muy grande, igual que su padre podía partir a un hombre en dos con las puras manos; por tal motivo, lo perseguían hombres fuereños pagados por los caciques y el  gobierno.

Cuando lo  mataron, lo encontraron en una barranca, igual que las fieras, olió la presencia del enemigo en el aire; le dispararon sin ningún grito de advertencia, en silencio, como saben matar  los asesinos.  Matilde sintió las picaduras y vio venir la jauría bajando la barranca.
Gritaban alborozados, agitando los rifles en una verdadera fiesta de ruido y pólvora. Se sorprendieron momentáneamente cuando lo vieron arremeter como un monstruoso jabalí, como nagual horrible de leyenda,  mitad hombre mitad fiera.

Como Furia vengativa  que carga sobre la culpa de los hombres, así Matilde Armenta fue contra ellos. Se sorprendieron un instante para volver a la carga disparando nuevamente. Una bestia escurridiza que saltaba de un lado a otro. De piedra en piedra, de rama en rama se les perdía por momentos; hasta que lo tuvieron a unos metros; tan cerca, que la docena de hombres se encabritaron y sus rifles dejaron de tronar.

El único lugareño que se atrevió a guiarlos se llamaba Refugio; este sólo alcanzó a oír un sordo crujido, nunca supo que fueron  los huesos de su cabeza que se partía ante el puño de Matilde; tampoco  pudo horrorizarse como quienes  lo vieron caer arrojando sangre y sesos por nariz, y oídos. Los disparos atronaron nuevamente, Matilde mataba cuanto hombre lograba tener  a su alcance. Los dedos garrudos destrozaban los nervios, quebraban los huesos de los hombres y de los rifles. Cuando Matilde cayó,   dos hombres  se ahogaron entre sus brazos.

 Cuatro sobrevivieron, cuatro hombres, quienes a la fecha, el espanto les recorre el espinazo, huyeron despavoridos de la región; de ese día hasta su muerte,  vivirían con la sangre helada, ante la visión inenarrable de una bestia que destripó a nueve hombres; negándose tercamente a morir como deben morirse los hombres  cuando se les da de balazo. Huyeron y siguen huyendo con las vísceras en la garganta, oyendo a sus espaldas crujidos de huesos y alaridos de dolor; viviendo y muriendo en la locura y el tormento de tener a sus espaldas la amenaza de una fuerza sin comprensión ni igual; seguramente a la distancia  —si el miedo los dejaba vivir— creerían a ciencia cierta que nada de lo ocurrido fue real, intentarían borrar de su memoria  la visión espantosa de hombres partidos en dos, deshilachados como monigotes de trapo, tratarían de conciliar el sueño, apartar las pesadillas. Pero nunca, nunca olvidarían el chasquido macabro de los huesos de un hombre cuando se parten.


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