viernes, 20 de febrero de 2015

El fantasma de la niña


La trágica y terrible historia del fantasma de una niña  aterrada por  la maldad y abusos de su padre.
Mira a su hermana escapar de  su casa, pero ella por más que busca, jamás encuentra la salida. vaga por la casa aterrada, teme a su padre y teme a los espejos.

jueves, 19 de febrero de 2015

Durmiendo con muertos




Un ingeniero, que por extrañas circunstancias tuvo que echarse a dormir con muertos.
Para llegar a la cima de la montaña,  venció terribles  caminos y tormentas, al llegar cansado a su destino, simplemente se acostó entre los difuntos.

El último jaguar.



Este era el último jaguar de una  región de México, la gente se dedicó a cazar a los animales hasta que los exterminó.  Este animal era inmenso y hermoso, pero estaba solo, no tenía compañera y el felino se arriesgaba más de la cuenta, hasta que fue cazado por los hombres.




El niño adivino


 Estábamos jugando canicas, ninguno de nosotros rebasaba los nueve años y llenos de felicidad, prácticamente nos revolcábamos en el suelo;  estábamos mecos de tierra y polvo y el sol brillaba sobre nuestras curtidas espaldas.  Rafael era el enemigo invencible, donde ponía el ojo, ponía la canica y siempre nos daba una tunda cuando jugábamos; y esto no sólo ocurría con las canicas;  con el trompo era un verdadero maestro y volando papalotes destrozaba a cualquiera.
Era muy avispado, por eso fue el primero que lo vio venir, clavando su mirada con extrañeza. Lo empujaban en una silla de ruedas que se zarandeaba   al rodar por el suelo lleno de piedras y baches. Se veía enorme, el sol nos cegaba y la figura se habría paso  avanzando  en el relumbrón de luz brillante y cegadora.
Pronto lo rodeamos al seguir los paso de Rafael, que lleno de curiosidad lo miraba sin  recato. Se trataba de  un muchacho enorme, de gruesa y fofa  carne; su cabeza se bamboleaba y sus ojos entrecerrados parecían no dar cuenta alguna de nuestra presencia.
Los ojos pequeños se incrustaban   arriba de los pómulos, como si los hubieran puesto pinchados con alfiler; igualmente la nariz y la boca se veían pequeñas en aquella gran cabeza  que nos parecía cosa extraordinaria. La caminata terminó, cuando lo subieron a un corredor; después sabríamos que habían alquilado la casa y se habían mudado no se dé dónde.
Pronto fue la gran noticia, la llegada de los nuevos vecinos, ya que con ellos venía, un saurin  o, saurino de enorme  cabeza. Rafael nos dijo que había escuchado de un tío,  que los saurines son adivinos y pueden encontrar cosas perdidas. Como era muy atrevido, nos propuso ir a verlo y hacerle algunas preguntas.
Lo encontramos en el corredor, se encontraba  solo, encorvándose como si quisiera esconderse, pero era imposible con semejante cabeza, al rodearlo nos dimos cuenta que miraba fijamente, quien sabe adónde. 
—¿Cómo te llamas? —Le preguntamos. El siguió mirando sin responder,  y entonces pudimos ver la gran tristeza que oprimía   su rostro de niño gigante.
Su tristeza enmudeció la osadía de Rafa, quien sólo atinó a preguntarle si estaba enfermo.
La gente empezó a llegar, hacían fila para consultar al niño saurín; días después, un cartel daba cuenta del oficio de la casa. Nunca más pudimos acercarnos a él, la entrada estaba vedada para gente de nuestra edad; escasamente, en una ocasión pude hacerlo; mi madre me llevó de la mano; pagó su cuota, esperó ansiosa su turno  y pasó con el muchacho; yo iba pegado a su falda.
Me impresionó volver a verlo, su aspecto era de lo peor, muy pálido y desmejorado. Tenía los ojos entrecerrados y respiraba trabajosamente. Otra cosa que nunca supe, fue su edad; si era un niño gigante, un joven, o un hombre de aspecto aniñado.
Mi madre se veía apurada, había pagado, apenas lo suficiente para estar unos minutos.
Le preguntó por mi padre. Él contestó que se encontraba  muy lejos, ella preguntó que si volvería; él dijo que nunca, que no regresaría; ella le preguntó  si vivía con otra mujer; él dijo que no, pero que lo haría. Mi madre se puso pálida y preguntó colérica, que si no volvería por la canalla; él le dijo que no, que moriría lejos y sus huesos blanquearían al sol. Vi que el consuelo ruborizó el rostro de mi madre; el consuelo de no saberse abandonada  por otra  mujer la reconfortó. Respondía a las preguntas con un tono de inmenso cansancio y los ojos cerrados.
Preguntó por su hermana, él le dijo que la volvería a ver; preguntó por la cadena de oro perdida, él le dijo que se había ido por la tubería del drenaje. Después se quedó quieto y no contestó nada más.
Las filas duraron algunos meses, un día cualquiera, hubo consternación, se supo que había muerto repentinamente; la gente curiosa llegó de todos lados; al niño saurín lo metieron en un gran ataúd y lo llevaron a enterrar. La familia desapareció, como llegó; posiblemente fueron a buscar otro saurin y otro pueblo a quien develarle los secretos.

Cuando cumplí veinte años, mi padre regresó de los Estados Unidos, más miserable que cuando se fue; mi madre lo regañó hasta cansarse, pero lo recibió en la casa;  a su hermana nunca la volvió a ver, solamente se había enterado que murió  de tuberculosis en Veracruz.


La trágica historia de un niño saurín; un niño o joven víctima de macrocefalia, del cual se creía que era capaz  predecir cosas; en muchos lugares  de México, se tienen la creencia que esta clase de niños pueden adivinar el futuro  o encontrar objetos perdidos.

Un niño de un poblado rural es alquilado como adivino, muy pronto muere.

Video del hombre que venció al demonio



Aquí la única historia del hombre que logró vencer al demonio.
Un pequeño hombre  que armándose de una gran cruz azul cielo, venció al demonio y más tarde arremetió contra todas las huestes infernales.

martes, 10 de febrero de 2015

El ingeniero que durmió con difuntos.

Voy a contarles la macabra historia de un ingeniero que durmió con los muertos. El ingeniero era de un carácter  jovial y gustaba del monte y los quebrados picos de las montañas. Respondía al nombre de Julio López,  y, en una Chevrolet  se encumbraba  sierra arriba;  de naturaleza precavida, respetaba los peligros que el camino   de terracería ofrecía a cada tramo. Enormes rocas  y profundos despeñaderos que conducían a una muerte segura.

Apretando el acelerador de la camioneta, el motor rugía agónico, cascabeleando en la subida; su  camioneta de modelo atrasado, pero en buenas condiciones respondía de manera maravillosa, llevándolo  siempre a su destino.  Visitaba obras y las supervisaba, ahora se dirigía un lugar de muy difícil acceso, enclavado en las alturas de la Sierra madre del Sur; conocía la localidad y se carcajeaba cuando recordaba su nombre. “Felicidad de los Rosales”, nada de felicidad creía encontrar en un pueblo miserable, enclavado en la profundidad de los cerros, donde la gente se moría por falta de atención médica.

La mañana que empezó soleada, de pronto se llenó de nubarrones, tan negros que la tarde parecía anochecer. Algo había cambiado el paisaje, que sintió estremecerse; el ambiente se había llenado de soledad y silencio y sentía el pecho oprimido de angustia. Nunca antes en sus múltiples viajes,  había visto que la naturaleza adquiriera tan siniestra soledad. En eso pensaba, cuando el cielo pareció desfondarse, escuchó las  gruesas gotas caer sobre el toldo; en minutos se formaron grandes avenidas de agua que le hicieron  temer que arrastrarían el vehículo; como lo dijimos, era muy precavido y buscando un lugar seguro se estacionó, esperando que pasara la tormenta. Y efectivamente, el aguacero cesó repentinamente.
Pronto pudo   proseguir la marcha; en una torcedura del camino, apretó el volante, al hacerlo se sintió más seguro; entonces la escasa luz pareció apagarse; encendió los faros del automóvil,  y vio venir la figura que trotaba con porte desafiante; aguzó la vista, tratando de descifrar la sombra que se acercaba. Cuando estuvo más cerca, levantó las luces y vio de frente la naturaleza de la bestia que se acercaba. Era un enorme y negro macho cabrío, como nunca lo había visto jamás. La gigantesca alzada del animal lo sofocó, paralizándolo; tras del animal venía una turba de chivos de todos los aspectos; reaccionando se orilló para darles paso.

Cuando pasó justo frente a él, pudo ver las cuencas de negro vidrio que lo estremecieron.

¡Es el diablo! Se dijo persignándose.

No supo cuando puso en marcha el vehículo, ni cuando desapareció el penetrante olor que la tropa de animales había dejado impregnada en su chamarra.
Más adelante encontró gente en un despeñadero, cosa que lo tranquilizó; algunos hombres se alumbraban con lámparas. Nervioso les preguntó.

—¿Qué pasó?, ¿algún problema?

Un hombre, con lodo hasta en las pestañas le respondió: —Un auto cayó al fondo del barranco.
El ingeniero, asomándose al precipicio, contestó:  —Es muy profundo, ¿hay sobrevivientes?

—¡Ninguno! Le contestaron.

Al llegar a su destino, vio las antorchas de ocote alumbrar  mortecinas, apenas brindando claridad suficiente. Se acercó, donde algunos hombres fumaban cigarros delicados, el favorito de la gente de aquella región.
—¿El comisario?  Preguntó cansado.
—Por ahí, en un arguende del camino —le contestaron desconfiados.
Conocedor de la desconfianza de aquella gente, les dijo que por ahora sólo quería descansar.

—En la comisaría —le contestaron con naturalidad—, por ahí derechito ingeniero, sólo empuje, la puerta, no tiene tranca.

Les agradeció con un gesto y se marchó; no era la primera vez que dormía en una comisaría.

Empujó la puerta con sigilo, percatándose que no era el único refugiado; tres  bultos yacían en dos petates. Quiso saludar, pero creyó escuchar un gruñido hosco y se abstuvo de hacerlo; se tendió junto a ellos, el lugar era muy pequeño.
Se durmió en el acto. Al amanecer abrió los ojos y miró los quietos bultos arropados de pies a cabeza; antes de escuchar que le gritaban desde afuera.

—¡Ingeniero, ingeniero, ya levántese, ya se van a llevar los difuntos!

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