martes, 20 de enero de 2015

El último niño que se comió el cocodrilo.


Se llamaba Polo Marín y dicen que fue el último cristiano  que comieron los lagartos; todo ocurrió en el lagartero, lugar que así se llamaba por obvias razones, abundaban los lagartos  y la gente los desollaba en ese lugar. 
En la laguna abundaba el manglar y el lirio acuático, una planta persistente, conocida entre la gente de la región como “pato”.

Polo Marín había ido con su hermano a pescar, en esa época la pesca abundaba  y era muy fácil traer suficiente pescado, de regreso decidieron pasar a la isla del guayabo a cortar unas papayas, maduras para comer, traían hambre y sed, y en especial a Polo Marín le encantaba la fresca fruta.
El pequeño se encaramó en una rama por encima del agua de la laguna; el hermano mayor, empezó a cortar las papayas y le dio la más grande al muchacho que se balanceaba en la rama.

La empezó a pelar con una navaja, e iba arrojando las cáscaras  al agua; un metro por encima del agua, se disponía feliz  a comer el dulce fruto. Pero la tragedia ya se cernía sobre ellos en la forma de un cocodrilo, que desde que llegaran los  vigilaba atento, esperando la oportunidad de lanzar su ataque mortal. Y lo hizo, con la efectividad con que suelen cazar estas bestias. Polo Marín alcanzó a pedir ayuda   a su hermano, que nada podía hacer contra el poderoso animal. Como pudo corrió a avisarle a sus familiares; durante varias semanas, al mando de un tío de los niños desaparecidos, llamado Eliseo Marín, se buscó al cocodrilo sin encontrarlo. Lo había devorado entero decía la gente, y el lagarto estaría en una  profunda cueva  digiriendo al muchacho. Muchos lagartos pagaron la muerte del niño  Polo Marín, se les desoyó por cientos buscando sus restos sin encontrarlo.

Varios meses después del incidente, del niño devorado por el cocodrilo, Pedro Galeana, que portaba un poderoso rifle automático, observó  que algo grande se movía por donde quería pasar;  el bulto era enorme y sin esperar a averiguar qué cosa era, descargo la carga de su rifle. El animal  dio tan tremendas sacudidas que a punto estuvo de correr ante los bufidos; cuando dejó de moverse, se acercó con precaución y, entonces se dio cuenta que había matado el cocodrilo  más grande y viejo de la región; dicen los exagerados que era un cocodrilo de ocho metros y que se notaba que era un animal muy correteado, estaba tuerto y tenía en el cuerpo cicatrices de batallas con otros animales, para llevarlo al  centro del  pueblo, necesitaron de una yunta con dos bueyes.


Cuando le abrieron la panza,  encontraron, pelos, botones y girones de ropa, y, hasta los huaraches del pobre de Polo Marín,  cosas   que todavía no habían sido digeridos por el animal; la familia se llevó las pertenencias para darle cristiana sepultura. Al cocodrilo, alguien le arrancó la cabeza  y el  resto del cuerpo fue quemado; la cabeza  estuvo por más de dos años en el lugar, y una vez seca los niños se entretenían con el enorme cráneo, era tan grande, que los niños de nueve años se sentaban sobre ella y la punta de los dedos apenas rozaba el suelo.

La guerra del chicharrón.


El hombre y su historia ha vivido infinidad de guerras;  guerras brutales, exóticas o innecesarias, el hombre es propenso  a la brutalidad, a la batalla; como todos los animales de la naturaleza; la diferencia del hombre  con los animales cuando pelea, son los motivos; el león pelea por su territorio, la comida, mantener su harén o proteger su familia; e hombre lo hace por poder, ambición y por los mismos motivos que antes mencionamos que llaman a los animales a la guerra.

Guerras de diferentes  e ingeniosos hombres, guerras de un día, de años  y  otras que duraron décadas;  guerras injustas y disparejas; el poderoso  contra el débil;  guerras sin motivos; guerras por un amor,  como la guerra de Troya. Existen muy diversos nombres para llamar a las guerras que han acontecido en la historia del hombre, he aquí algunas: Guerra de Troya, batalla de Maratón, Batalla de las Termopilas, Guerra del anillo, Guerras Médicas, Guerra de los cien años,  guerra de Lepanto, la guerra de los pasteles, Primera Guerra mundial, Segunda Guerra Mundial, Vietnam, Corea, las Malvinas, Golfo Pérsico y  tantas otras en las que los hombres  se matan unos a otros.
Los pueblos y comunidades tienen sus propias guerras, pueblo contra pueblo, familia contra familia, vecinos contra vecinos.

Hay una guerra en particular que los viejos cuentan, por el sin sentido de la matanza;  a esta guerra la llaman: “la guerra del chicharrón”.

Empezó de la siguiente manera: un niño de cinco años  fue a comprar un chicharrón de cinco centavos  en una carnicería instalada en el patio de la casa, el que atendía la rústica carnicería le respondió que no tenía chicharrón de cinco centavos, que sólo había  de los que costaban diez. Nada hubiera ocurrido, si el niño se da la vuelta  y se va corriendo  a su casa; pero un jinete que montaba  un negro caballo, que conocía al niño por ser   vecino de su familia dijo: —¿Por qué no cortas el chicharrón a la mitad y le vendes los cinco centavos al niño?

No se sabe, si fue por lo  intempestivo de su aparición, o por el tono usado por el jinete, o porque el caballo  cabresteo  y golpeo el piso con sus patas delanteras, lo que molestó y ofendió  a los dueños de la carnicería; el caso es que, desde el interior de la vivienda, donde estaba la carnicería, se hicieron oír voces molestas y groseras de personas mayores.  Envalentonado el vendedor,  le dijo al jinete, que no se metiera en lo que no le importaba, y que si querían chicharrón que lo compraran en otra parte.
El jinete de mal carácter y perdonavidas, se sintió ofendido, sin más,  sacó su pistola y  le partió el pecho de dos balazos;  ante el escándalo de las detonaciones, del  el interior se escucharon gritos y gran  agitación.  Un joven  que salió corriendo por la puerta, llevando el  arma en la mano,  cayó abatido, dando trompicones que lo hicieron rodar por el suelo.

Otros más salieron empuñando sus armas, el que traía empuñando la escopeta, brincó la cerca de madera, a un costado de la casa, antes de tocar el suelo, había derribado al jinete bañándolo de postas.
El asunto del chicharrón comenzó a las cinco de la tarde; a las ocho de la noche, el pueblo entero se había dividido, agarrando partido disparaban contra todo lo que consideraban del bando contrario.
Al amanecer los soldados llegaron para apaciguar los ánimos, por doquier se veían los caídos y muchos heridos fueron llevados a los hospitales.
El muchacho del chicharrón, ahora casi viejo, dicen que vive por los callejones y que no le gusta que le pregunten, por  lo ocurrido.



viernes, 9 de enero de 2015

Insomnio diabólico

¿Cuántos de nosotros  no hemos padecido de  insomnio, manteniéndonos despierto,  cuando  todos duermen; arrastrándonos en el lecho con desesperación; platicando con los fantasmas  del miedo y la desesperación.
En medio de la noche y la oscuridad, abriendo y cerrando los ojos; temiendo cerrarlo y encontrarnos   con nuestros propios miedos, y el terror inimaginable  de abrirlos  para enfrentar  las horrorosas sombras  de nuestra imaginación,  convertidas en los  monstruos que nos carcomen  el cuerpo y el alma.
 En las noches sin sueños,  atisban los demonios, saben  que el miedo y la desesperación nos invaden  y  debilitan; en ese momento somos débiles, y  nuestra alma y espíritu,  están expuestos  a la maldad; al beso y a la caricia del mal;  que nos contagia  con su perversa esencia.
La hora del mal; el peso de la sombra de la  maldad,  arrastrándose  a nuestro derredor; sobre ella cabalgan las criaturas del mal; en ella nuestro sueño naufraga  y el alma se ahoga en la ciénaga de la maldad.
Noche sin sueño, de horror y vigilia; noche  oscura, donde  sólo se anhela un poco de luz;  y la única ansia  de nuestra mente perturbada; es el rayo de luz del amanecer, colándose por las rendijas,  como la brillante esperanza.




INSOMNIO

Tic,  tac; tic tac.
Eviterna vigilia
de noches sin sentido,
en la desesperanza lóbrega
de la nocturna soledad.
Cerrar los ojos y vislumbrar
la penumbra horrorosa del alma
corrompida;
abrir los ojos y enfrentar
la terrible realidad de la noche
sin sueños y sin estrellas.

Tic  tac;  tic tac.
Pensar... pensar mientras
se arrebata un jirón de
conciencia y se arrastra
la corteza en el desierto
del lecho.
Pensar... hacer malabares
en los accidentes del pensamiento;
fundiendo la realidad
con la fantasía onírica de los deseos
escondidos del alma.

Tic tac, tic tac.
Tiempo sin prisa,
afán sin deseos,
recuerdo sin pasado;
aborrecer la noche interminable
y, el eterno tic tac, que no apresura,
el alba que nos libere del oscuro terror
de la noche.


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