viernes, 23 de octubre de 2015

La leyenda del Robachico


Cuando era  niño, me espantaban con la terrible figura  del Robachico, me daba pavor  la sola mención de un hombre extraño y horrible, cargando  un saco al hombro y buscando  la oportunidad de  robarme y apartarme para siempre de mi familia. “Te  llevará  el Robachicos si te portas mal”,  escuchaba decir a mis tías;  a mi madre nunca la oí amenazarme con semejante tragedia. Si algo quema las  entrañas y el alma de una madre, es separarse de un hijo,  esa verdad la entendí  muchos años después, al tener a mi propio hijo entre mis brazos.

En mi imaginación infantil y en la leyenda urbana, el Robachicos,  es una criatura, un  hombre despiadado, sucio, vestido de harapos;  esta bestia humana,  atisba en los rincones, en las esquinas, en los lugares apartados, buscando la oportunidad de raptar niños y llevárselos dentro del costal con rumbo desconocido.
De niño nunca tuve miedo al coco, a los duendes o las brujas; me horrorizaba  el hombre del costal y lo veía en los barrenderos,  en los ropavejeros, en los pordioseros o cualquier persona de barba descuidada  o extraña.  Mi fobia era extrema,  provocaba  risa  en algunas personas, otras se aprovechaban  y abusaban de mi terror, asustándome con la amenaza del Robachico.

Al crecer y convertirme en hombre, fui comisionado  como delegado educativo en un municipio atrasado y pobre; allí volví  a escuchar el temido nombre: Robachico. Lo escuche con curiosidad, con el tiempo y la madurez; el Robachico  era sólo  un recuerdo anecdótico de mi niñez,  y nada en ese recuerdo me molestaba o sobresaltaba. Al referirse al Robachico, sentí cierta curiosidad por la forma angustiada con que se expresaba la mujer.

Más tarde supe de  la desaparición  de cuatro  niños, todos menores de cinco niños; la gente comentaba espantada, que un hombre extraño, sucio y barbudo se los había llevado, metiéndolos en un costal. Aparecía como un fantasma, tomaba a su presa y desaparecía  sin dejar rastros. La gente se organizaba para perseguirlo, sin poder encontrarlo.

El primer niño lo raptó  jugando frente a su casa, testigos presenciales, vieron acercarse  a un hombre desconocido, cargando un costalillo en el hombro; lo vieron tomar al niño y meterlo dentro del costal; los gritos alertaron a la gente y a familiares del infante, quienes buscaron sin encontrar ningún rastro.
El siguiente niño, lo robó, prácticamente, frente a todos, salía del kínder con su madre, que al descuidarse unos segundos lo perdió; la gente dijo que se lo había llevado un hombre, u ropavejero con costal al hombro. En menos de una semana volvió a atacar, esta vez, una niña iba  con su padre, quien nunca pudo explicar cómo perdió a su hija; nuevamente, hubo personas que vieron como un hombre se la llevó, sin que nadie pudiera hacer nada.  El cuarto  niño,  desapareció en la alameda central del pueblo; un individuo  misterioso  los rondaba; los policías fueron advertidos de la presencia de este hombre, de quien sospecharon, era el Robachico. Frente a todos, incluyendo varios policías, desapareció con el menor; cuentan que los policías y una turba enfurecida lo persiguieron, sin lograr detenerlo,  se esfumó frente a todos, desapareció como si se hiciera humo; desde entonces (dos semanas),  el  terror carcome a los habitantes del lugar y temen por la seguridad de sus hijos. Se habían organizado  y vigilaban día y noche las calles, escuela, parques y cualquier lugar  donde sospecharan que el Robachico  podía atacar y llevarse un nuevo niño.

Yo ahora me reía, no me reía de la tragedia, lo hacía de la ignorancia de la gente  que culpaba a un Robachico por la desaparición de niños. Seguramente son delincuentes profesionales que se llevan a los niños para comercializar su órganos o venderlos en las grandes ciudades o en el extranjero; eso pensaba un tanto cínico e insensible. El Robachico no existe, me dijo un tanto ufano de saberme seguro  de ello; hacía muchos años que había dejado de temerle.

Pero en la mañana siguiente, saliendo como a la ocho de la mañana, vi al niño jugando afuera de su casa;  me sentí indignado por el descuido de la familia, más sabiendo del peligro que corrían;  me iba acercando para advertir a su madre  que estaría en el interior de su casa,  cuando vi al sujeto  que se acercaba; el corazón me dio un vuelco y los oídos me zumbaron al percatarme que vestía  de harapos, ocultaba su rostro tras un costal  echado al hombro; a pocos metros, paralizado y aterrado, lo vi tomar al niño  y ponerlo dentro del costal; todo sin mucha prisa, como quien recoge una calabaza.

Movido por la indignación y el coraje,  superé el miedo y decidido a enfrentarlo le grité que se detuviera; él no me hizo caso y se fue caminando; lo perseguí, alcanzándolo al entrar en un callejón.  Estaba detrás del hombre, tenía  a la bestia a un par de metros, el coraje rebosaba de valor mi corazón; me había armado de un garrote, con el que pensaba tundir al desgraciado. Le volví a gritar, fue cuando se dio la vuelta.  Frente a mí, estaba la criatura más horrenda que mis ojos habían visto; el valor me abandonó y mis manos temblorosas dejaron caer el  garrote.

Un monstruo, un demonio, un ser espeluznante que me miraba con unos ojos  rojos como  canicas ardientes, en una cara  demoniaca, donde se  podía adivinar la gran maldad en  sus rasgos perversos  y su   sonrisa  burlona; bajo el sombrero, dos cuernos se  retorcían;  el valor me había abandonado al tener  de frente  y en cuerpo entero al demonio que aterró mi infancia. Me sonrió, mostrando los enormes caninos amarillos y una lengua de serpiente en una boca negra  y asquerosa.

Se marchó ante mis ojos,  precisamente cuando la gente se arremolinaba temerosa de la maligna presencia; lo vi golpear el suelo con su pata de  macho cabrío, abriéndose una grieta, de donde exhaló  una llama maloliente que inundó el ambiente de apestoso  olor a azufre; por esa grieta desapareció con su  preciada carga, luego con un rechinido se cerró, sin dejar huella  del terrible acontecimiento.

Cuando desperté,  me dijeron que me había desmayado y temblaba como azogado, víctima de violentas  convulsiones. Cobardemente empaqué mis cosas y me marché del pueblo; lejos de la tragedia y lejos del Robachicos. Ahora que soy padre, soy su celoso guardián, dicen que  exagero; pero siempre, siempre, estoy atento a la siniestra y diabólica figura  del demonio cargando un costal.



miércoles, 21 de octubre de 2015

La leyenda del hacha diabólica


Mi abuelo la guardaba celosamente, yo la pude mirar cuando buscaba  curioso en el gran baúl, donde tenía  sus cosas personales.  Estaba envuelta en un fino paño rojo, apenas la podían sostener mis delgados brazos  de niño de ocho años.  Usando todas mis fuerzas, la coloqué en el piso y la descubrí.  El metal bruñido brillaba como recién fabricada (tiempo después supe que el hacha tenía cientos de años de antigüedad),  la doble cuchilla relucía con un pavoroso filo;   cada cortante  hoja del hacha, tenía grabada dos peculiares  cruces; recuerdo  perfectamente la conmoción que produjo en mi  pequeño espíritu el  mortal  objeto.

Mi abuelo, no supo de  mi descubrimiento, hasta muchos años después, cuando yo   era un hombre,  y él más viejo y encorvado; durante años, hice constantes visitas al baúl  para saciar mi curiosidad; a medida que crecía e  iba a la escuela, mis deducciones sobre el hacha  cambiaban.

De pequeño pensaba que mi abuelo la tenía para defenderse y defender la casa  de posibles enemigos, más tarde, en sexto año, llegué a la irrefutable conclusión, que el hacha era el arma de los cruzados medievales; que debió pertenecer  a un  valiente caballero que peleo en las guerras santas y que seguramente, había cercenado muchas gargantas.

Cuando pude sentarme,  y escuchar las  conversaciones de los adultos,  escuché, que  la secreta hacha, que mi abuelo guardaba en el baúl, era herencia de lejanos antepasados españoles. Pero nunca pude saber a quién perteneció  ni cuál fue su uso.
Cuando cursaba la prepa,  y el Internet llegó a nuestro pueblo;  más curioso que nunca,  pude buscar el origen del hacha, con muchas más posibilidades que en   las bibliotecas locales. Y  por fin, pude encontrar indicios  fidedignos sobre el origen del  arma  de doble filo. En  un blog de misterios medievales, mencionaban un hacha de similares características; forjada  en el oriente medio por  Cartagena, el mejor fabricante de armas de aquella  época.  La llamaban Corta cuello, pues fue usada por  Baltazar,  el mejor decapitador   al servicio de la santa inquisición y los reyes de España. Al parecer  la famosa hacha desapareció en  el año de 1798 de un   repositorio del Vaticano, y tenía en su haber  1325 ejecuciones. Quedé perplejo al saber, que había grandes posibilidades de que el hacha de mi abuelo, fuera la  desaparecida corta cuello  que cercenara  tantas cabezas de personas que tuvieron el infortunio de perder su cabeza.
Siguiendo con la investigación, averigüe  datos del famoso  verdugo,  Baltazar de Malabrás,  al parecer, su habilidad y el filo del hacha,  lograron un record perfecto,  1325 decapitaciones limpias, de un solo tajo  la cabeza rodaba macabramente al cepo.
Baltazar de Malabrás  fue asesinado  cobardemente en una celada,  los asaltantes, irónicamente lo decapitaron, cumpliéndose  el viejo dicho: “el que a hierro vive, a hierro muere”.  La leyenda, antes que la historia, cuenta que quienes se apoderaron del hacha, matando a Baltazar de Malabrás, murieron de manera terrible, perdiendo la cabeza.  El hacha Corta cuello, fue reclamada por España y cada poseedor moría trágicamente,   con el cuello cercenado.

A estas alturas, el nerviosismo  me hacía comerme las  uñas, fabriqué varias hipótesis, sobre la razón, de la inmunidad del abuelo, a la maldición del hacha.  Después de sesudas disertaciones, llegué a la conclusión,   de que mi abuelo se salvaba por ser una persona bondadosa.

Pero pronto supe la verdadera razón de su inmunidad a la maldición del hacha, mi abuelo me confesó, ser, descendiente directo de Baltazar de Malabrás  y que el hacha, se daba en custodia a la siguiente generación, que pronto me tocaría,  tenerla bajo resguardo.

En una noche oscura,  cuando todos dormíamos a pierna suelta, escuchamos ruidos y el ladrido nervioso de los perros; sabíamos que una partida de bandidos  rondaba la región,  y este hecho nos mantenía alerta y vigilante. 

Los ruidos  pasaron de ser sigilosos   a ruidos atropellados, como el de una gran batalla donde  los hombres gimen y mueren de dolor. El terror se había apoderado  de la familia que se mantenía  oculta y expectante; mi abuelo, mi primo y yo, nos armamos  con pavorosas escopetas, decididos a proteger a nuestra familia y nuestro patrimonio. En algún lugar de la casa, los ruidos y gritos de agonía persistieron por un momento, después, el completo silencio.

Armados de valor y de la escopeta, salimos a investigar, nos dirigimos al  lugar donde  sospechábamos provinieron los horribles ruidos. La puerta de la habitación  estaba abierta y las luces encendidas; nos aproximamos  cuidadosos, llevando los mosquetones por delante; al asomarnos; la escena de muerte y desolación  nos anonadó;  mi primo vomitó, yo a duras penas pude sostenerme; mi abuelo, calmado, veía la escena con la tranquilidad  de sus largos años.  El macabro espectáculo de sangre y muerte pintaba un cuadro espeluznante; sobreponiéndonos al dantesco espectáculo, nos dimos cuenta  que tres hombres, o lo que quedaba de ellos  yacían  tirados en el piso; cruelmente masacrados  por un verdugo  despiadado.
Y entre la destrucción, la muerte y el crimen; brillaba el filo homicida, del hacha de doble filo.




domingo, 18 de octubre de 2015

El presidente diabólico


Seguramente usted ha escuchado expresarse mal de los políticos, ha escuchado decir que son unos ladrones y corruptos, todos creemos que es  bien merecida,    la opinión que la mayoría de la gente tiene de ellos. Los diputados se llevan la mejor parte  de los regaños de la opinión pública, ya sea porque no hacen su trabajo o porque, realmente no representan a nadie y son imposiciones de las cúpulas partidistas y,  están, solamente  allí para llenarse las bolsas  de los pantalones y las cuentas bancarias de dinero. En particular y en general son una verdadera plaga.

Pero es el colmo, cuando, aparte de políticos, son unos demonios en toda la extensión de la palabra, sin quitarle ningún punto o coma. Este es, el caso de un presidente municipal, de un municipio, de una apartada región del estado de Guerrero.

El individuo en cuestión, como dice el refrán: llegó, vio y venció. Casi nadie sabía de donde venía, sus antecedentes, su conducta, o realmente de quien se trataba. Rentó una casa en las afueras del pueblo, se dijo de profesión abogado, pero se dedicó a comprar y vender ganado.  En una carnicería de su propiedad, siempre meloso saludaba a la gente, principalmente a las amas de casa que iban por compra, acompañadas de sus hijos, a quienes siempre obsequiaba un dulce. Luego se le vio participando  con un partido político, y en menos de dos años, ya andaba buscando la presidencia municipal.

Y le ganó a todos en buena lid, porque en  México, somos bien entreguistas con el desconocido y despreciamos, como buenos malinchistas, a los de nuestra  localidad. Apenas llegó a presidente, se trajo una turba de extraños  de mala catadura.

En menos de un año, nuestra querida y pequeña  ciudad, pasó de  ser,  una de los más tranquilas de la región,  a convertirse en un lugar violento; el crimen, el robo de ganado, el secuestro y los asaltos estaban a la orden del día. Nada parecía importarle a la autoridad, el presidente municipal se limitaba a decir: —¡He solicitado la ayuda de la federación.

Pero la ayuda nunca llegaba y la gente se desesperaba por las terribles cosas que ocurrían;  principalmente en las noches; cuando las  personas desaparecían para no volver jamás. Ya empezaban las habladurías y se sospechaba de la gente que mandó a traer el presidente; eran extraños y ajenos a este lugar;  primero un viejo, aseguró haberlos visto por la noche cuando se llevaron a Teresa, una jovencita que volvía tarde de una fiesta;   el viejo aseguró temblando, que aquellos hombres no eran cosa de este mundo; andaban como demonios  y husmeaban la noche como coyotes;  luego Antonia los vio entrar en la casa de Armando el tendero,  casi se desmaya cuando narró que los hombres andaban en cuatro patas como los animales y gruñían igual que los  cerdos, dijo que  al pobre tendero se lo llevaron con rumbo desconocido, más muerto que vivo.

Pero ni  el viejo ni Antonia refrendaron lo dicho por mucho tiempo,  en una noche de tantas aparecieron despanzurrados, regados por las calles; dicen algunos que como escarmiento por abrir la boca. La gente se organizó y  pidió ayuda al sacerdote del pueblo;   el cura, muy buena gente pero incrédulo, no dio crédito a semejante patraña.
A los dos años de mandato del presidente y sus compinches endiablados, la gente ya no salía, apenas oscurecía,  se encerraba en sus casas por  temor;  los que pudieron se armaron hasta los dientes con rifle y escopetas, los más pobres  lo hicieron con grandes manojos de ajo y crucifijos.
Cuando las cosas empeoraron y  habían perdido toda esperanza, ocurrió el hecho salvador. Una oscura noche; los demonios sueltos cometían toda clase de tropelías, a bordo de una “Ford Lobo” negra patrullaban las calles y los lugares circunvecinos; dicen que iban por la carretera a toda velocidad, habían cometido un crimen y  aullaban felices de su impunidad, reían a carcajadas,  festejaban y maldecían;  los demonios  lanzaban llamas por los ojos  y retaban al cielo y se creían invencibles.

Fue cuando les marcaron el alto, un retén de ángeles les impedía avanzar; uno de ellos  se bajó furioso, gruñó, amenazó y comenzó a disparar su fusil; San Miguel se puso al frente y abatió al demonio que cayó en la carretera, donde se abrió una profunda grieta  y una lengua de fuego lo tragó.
Comenzó una batalla épica, los demonios se resistían y atacaban con furor;  el presidente municipal, saltó al frente de la batalla, transformándose en una criatura demoniaca y bestial; San Miguel lo destruyó blandiendo su espada, aullando de furia estalló en fuego infernal;  los demás soldados del mal,  cayeron bajo la fuerza angelical y empujados al hondo infierno,  de donde no debieron salir nunca jamás.

Esa noche la gente escuchó el fragor de la batalla, rezaba y se santiguaba, los niños lloraban, los perros gemían de temor; pero al amanecer, el sol brilló con la esperanza de un mejor y nuevo amanecer.


viernes, 16 de octubre de 2015

La leyenda de la casa embrujada


Nadie vivía en ella, en el pueblo preferían dar un largo rodeo para no pasar frente a la casa; era grande y de mal aspecto, dos plantas y un enrejado que la rodeaba totalmente a lo largo y ancho de la propiedad. La gente se refería a la casa, como si se tratara de un ser vivo de mala entraña y mala reputación o una cosa endemoniada con la que no había que meterse de ninguna manera, so pena de recibir un terrible castigo. Por  esos motivos y  otras cosas, la gente prefería no hablar de la casa y mantenerse lo más lejos posible de ella.

Cuando pregunté sobre la propiedad me respondieron con evasivas, iba llegando al pueblo y no sabía mucho sobre su gente y su historia. Durante la clase volví a preguntar, ahora fueron los niños, quienes me miraron con quietud sepulcral; el miedo que vi en esos pequeño ojos; me obligó a no preguntarles nunca jamás.
Pero la curiosidad había anidado en mí, desde pequeña, siempre fui muy curiosa, mi abuela siempre decía: la curiosidad mató al gato. De pequeña me quedaba callada, pero cuando crecí y estudie, yo le contestaba: la curiosidad, no mató al gato, la curiosidad lo llevó a la madriguera de los ratones.

Como en todos los lugares, nunca falta quien  revele los secretos más celosamente guardados; en este caso,  la revelación me costó un litro de buena charanda, alcohol que entregué como pago al borracho del pueblo. Él me contó, que allí vivió la familia más pudiente de la región; una pareja llena de maldad que procreo cuatro hijos, igual o más perversos que ellos; los acompañaban, la suegra de la mujer, una verdadera arpía y el cuñado del patrón, un buen mozo treintañero, enredado con cualquier  escoba con faldas; de ellos se sospecha, practicaban magia negra y adoraban al diablo.
Cuentan que en  una noche de locura y aquelarre,  por órdenes de satanás, realizaron  sacrificios humanos. Era una partida de locos, sin respeto por la vida ajena, no les importaba si mataban una gallina, un macho cabrío o un ser humano. Pronto desaparecieron algunos niños y la sospecha recayó sobre ellos.

Como la gente de estos rumbos no es dejada, se organizaron para acabar con la amenaza; no se sabe a ciencia cierta lo que pasó, el caso es que los desaparecieron, al parecer fueron despedazados, quemados  y enterrados en algún lugar desconocido de la casa. Quienes tuvieron el valor de entrar en la casa, para robarse algo de valor o buscar la plata enterrada, salieron enloquecidos, con la cabeza blanca y la piel arrugada como ancianos, los infelices murieron  poco tiempo después; aseguraban que la casa era la entrada al mismo  infierno.

Yo no creía en aparecidos o cosas que tengan que ver  con hechos sobrenaturales, era ferviente creyente de la fe de la ciencia y lo que me contaron, sólo acicateo mi curiosidad. Burlando las miradas del pueblo, una tarde soleada me introduje a la casa por la parte trasera. Temblaba de la emoción por la aventura que iba a vivir;  cuando pude entrar, la puerta chirrió macabramente atrás de mí como riéndose de mi imprudencia, otra persona hubiera pensado en retirarse ante el sombrío  espectáculo de muebles abandonados  y telarañas colgando. Yo seguí adelante, mirando todo con los ojos bien abiertos de la curiosidad; pronto encontré  una especie de cama de piedra, cuajada de manchas negruzcas, no necesitaba mucha perspicacia, para adivinar que era el lugar donde realizaban los sacrificios; todavía se podía oler la sangre y el miedo en el lugar.

Abrí otra habitación, esta vez  fue diferente, una corriente de aire cálido me dio en pleno rostro, sentí escalofríos  de miedo recorrer mi cuerpo; en ella también olía a sangre y maldad, me detuve en el quicio, la observé detenidamente; era la habitación principal, en ella deben haber dormido la pareja diabólica  dominante en la casa. En ese preciso instante tuve una premonición, supe que en ese lugar la gente del pueblo había cobrado venganza asesinándolos, y que, ese mismo lugar era la tumba donde los ocultaron bajo las duelas.

El olor a podredumbre, moho y muerte lo inundaba todo, me iba a retirar, asqueada del ambiente; cuando ante mis ojos, cobró vida una escena aterradora.
La familia entera danzaba en bacanal orgía;  emergían de las hendiduras  y los resquicios como sombras fantasmagóricas  que poco a poco fueron reencarnando: los huesos, la carne agusanada y podrida, la piel  espantosa, hasta adquirí la forma que debieron tener en vida;   el cuadro era aterrador, mis sentidos se negaban a creer lo que veían; ¡estoy delirando!, me decía,  sin aceptar lo que frente a mí se materializaba.
En lo alto de los brazos de la  danza infernal, un pequeño niño lloraba a gritos. Salieron de la habitación como sombras malditas y se dirigieron al lugar de los sacrificios. Reían, cantaban, maldecían y clamaban oraciones malditas que invocaban a satanás. Mi mente enloquecida, supo lo que pasaría a continuación, lo iban a sacrificar, sacrificarían al pequeño niño frente a mis ojos.

Ya sin control, arremetí contra las fantasmales sombras, tratando de arrebatarles al infante, mi vano esfuerzo chocó contra un muro impenetrable, nuevamente lo intenté, gritándoles que se detuvieran, les dije: −¡Por todos los cielos, no lo permitas Dios mío!, las bestias de ultratumba,  fijaron su mirada  perversa en mi persona; se hicieron sombra y se desvanecieron; a mi derredor se vino la oscuridad más profunda,  y una roja luminosidad brotaba del suelo; a mis pies se abría una bocaza enorme, por donde empezaron a emerger todo tipo de criaturas asquerosas; entes diabólicos de todas las más espantosas formas; me tomaron de los brazos y me arrastraron al borde del precipicio, de donde pude ver las rojas fauces del infierno, la llama que quema a los condenados eternamente, causándoles un dolor y un daño que nunca los mata, pero si les ocasiona enorme sufrimiento.


Cuando desperté, iba en una ambulancia, dicen que me encontraron  casi desnuda, vagando por las oscuras calles del pueblo; ahora que estoy en este sanatorio para locos, nadie me cree cuando les cuento lo que pasó en la casa; sólo me miran con lástima, cuando intento mostrarles, las quemadura de las garras de los demonios en mis brazos.

jueves, 15 de octubre de 2015

La leyenda del nahual


En un pueblo apartado, enclavado en una zona de difícil acceso,  se dieron varios casos de ataques a los animales de granja y a la población. Primeramente apareció un borrego; el pobre animal  fue muerto de manera salvaje y devorada sus entrañas. En poco  tiempo la gente se alarmó, los ataques  siguieron   con más saña, hasta los pobres perros fueron víctimas de la bestia salvaje, que por la noche atacaba y devoraba a su presa. Varias teorías salieron a relucir de la experiencia de los campiranos; los maestros y un ingeniero, quemándose el seso, sugirieron que podía ser un oso o  un felino de gran tamaño, escapado de algún circo. Otros dijeron que podía tratarse de lobos, cosa que quedó descartada cuando averiguaron que en esa región no había lobos, uno más, dijo que era el Chupacabra, cosa que nadie creyó, cuando dijeron que habían visto en la televisión que el Chupacabra no existía.

Cuando le llegó el turno a las personas, el primero fue un anciano, que quedó todo mordisqueado, luego una mujer y un joven que logró escapar con serias heridas en la cabeza. Este joven, que pudo ver a su atacante,  confundió aún más a los pobladores del pueblo, dijo que el animal que lo había atacado, no andaba en cuatro patas, si no que caminaba erguido como las  personas.

La buena gente de la región, se santiguaba  al pronunciar  que era un nahual, pues  mucho tiempo atrás, una criatura de esta naturaleza había asolado la región.
Un viejo de la comunidad lo confirmó, un nahual  se apareció en el pueblo, cuando él era todavía un niño; este nahual de gato montés, no era muy grande, pero sí muy salvaje, andaba en dos patas, pero al ras del suelo, nunca se paraba completamente. Semana a semana atacaba a la gente indefensa, sobre todo a los niños que no podían defenderse y porque gustaba de la carne tierna y jugosa.

Pronto supieron que el nahual era un viejo brujo de muy poca estatura que nunca se despegaba el puro de la boca, cosa que sirvió para identificarlo, pues, quienes tuvieron la fortuna de escapar de sus garras, dijeron que apestaba a tabaco. La gente  enardecida se armó de valor, rodearon su casa y le echaron fuego para que el nahual ardiera dentro de ella.

Como reguero se corrió la voz en el pueblo, por acá, por allá, se decía que  un nahual era el causante de los ataques, la gente medrosa  se volvió desconfiada, no se  confiaba  de nadie, y en cada persona veía al nahual malvado que a esas alturas;  había acabado con los borregos del pueblo,  algunas vacas (de las que devoraba las ubres), un sinfín de gallinas, dos viejos, dos mujeres y cuatro perros.
Un conocedor de nahuales  aconsejó traer ajos, ya que los nahuales no soportan su olor y en caso de sospechar de alguien, obligarlo a comer un diente de ajo, esto lo cambiaría de forma inmediatamente, pero con una gran debilidad que lo dejaría inerme para ser capturado, decapitado, sacado su corazón   y quemado sin tardanza, ya que estas criaturas son muy resistentes.

En las afueras del pueblo, vivía Margarito, un enano, un individuo flaco que vendía paletas heladas en las calles; era un tipo pequeño pero bien proporcionado; posiblemente no era  enano, más bien una persona de baja estatura con aspecto de duende.

La gente del pueblo se las ingenió para averiguar que Margarito era tataranieto de Tiburcio,  nombre del brujo nahual  quemado muchos años atrás.
Cuando la sospecha creció, se volvió verdad irrefutable, la gente empezó a decir que Margarito el paletero era el nahual y todo mundo lo creyó sin averiguar. Un centenar de personas lo rodeo llegando al centro del pueblo, empujando el carro de helados  y sacudiendo la campanilla que avisaba que las paletas habían llegado. Con todas las precauciones del mundo  lo apresaron y se dispusieron  a darle muerte. En eso estaban, cuando el cura del pueblo llegó corriendo,  a gritos decía que no podía permitir  tal injusticia Un granjero, que odiaba al nahual,  porque le había matado todos los borregos, dejándolo en la calle, sacó un puñado de ajos y se los metió al pobre Margarito en la boca.

Margarito con los ojos pelados del miedo, fue obligado a tragarse el puño de ajos; la gente esperaba ver   el terrible efecto que causa en los nahuales el ajo, estaban seguros que Margarito caería de espaldas convulsionándose para convertirse en una fea criatura media muerta por el venenoso ajo.

Pero Margarito en vez de caer de espalda, dio un salto  animal, librándose de un empellón de sus captores, que cayeron a varios metros de distancia, adoloridos y admirados de la fuerza del pequeño hombre que empezaba a transformarse en una bestia parte humana, parte jaguar  y parte lechuza;  por lo del pico bestial en que se convirtió su boca.


Le crecieron los brazos y las manos, las patas se alargaron  garrudas y le nació algo parecido al pelo o a las plumas. Margarito ya no hablaba, pero sí gruñía pavorosamente. Lo primero que hizo Margarito fue vengarse,  despanzurrando  a dos hombres  que lo maltrataron; el cura que arremetió con una botella de agua bendita que siempre traía en la bolsa, fue otra de las víctimas, el nahual le clavó el   pico en la cabeza, dejándole un gran hoyo. A  Margarito, el agua bendita le hizo lo que el viento a Juárez,  y siguió causando destrozos entre la población.
Pero eran muchos los habitantes del pueblo y entre todos, terminaron por hacerlo cachitos a machetazos.


Desde entonces, en el pueblo, cuando alguna persona o familia, quiere quedarse a vivir, lo primero que le preguntan es por su apellido, si se apellida Cacatzin, lo corren con amenazas,  ya que Cacatzin, era el apellido de Margarito y su tatarabuelo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

jueves, 1 de octubre de 2015

El día en que un niño dijo que temblaría



Hace muchos años, cuando todavía no había Internet, teléfonos celulares  ni redes sociales,  corrió un fuerte rumor  en la región, alcanzando en poco tiempo  al Estado de Guerrero completo y más allá de sus fronteras. Un rumor infantil y simple, pero precisamente por su simpleza, rápidamente se convirtió en una leyenda urbana, de esas que viajan  tan rápido, como la lengua es capaz,  de  contar y reinventar, una y otra vez.
En una noche tormentosa de Acapulco, en el eficiente hospital general de las Cruces, tan eficiente, que la mayoría de los médicos son egresados de la Universidad Autónoma de Guerrero; de ella, decía al respecto, el legendario gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa Figueroa: “De los doctores de la Universidad Autónoma de Guerrero, no me dejo poner ni talco”, tal era la confianza al profesionalismo de los médicos egresados. Cuentan que esa noche de rayos y truenos y una lluvia pertinaz, se encontraba en labores de parto, una negra “nita”  de la Costa Chica. Llevaba horas y horas  sin poder parir; se encontraba exhausta y los médicos y enfermeras le daban las  instrucciones  de rigor para el caso.
Cuando por fin, la enfermera tuvo en sus manos el neo nato,  el niño recién nacido que miraba a todos con unos ojos enormes y abiertos, pero sobretodo atento, como si observara a los médicos y enfermeras que lo ayudaron a venir al mundo.
La enfermera lo descubrió del pañal para continuar la limpieza y los pudo observar en toda su horrenda fealdad; cuentan los presentes que nunca habían visto un niño tan feo; al grado que no se hicieron esperar los malos chistes de los sangrones de humor negro, dicen que uno dijo; “Suéltalo si vuela es zanate, si salta es sapo.

El caso, es  que la enfermera que los sostenía exclamó espantada: ¡Que niño tan feo”. Y el mocoso recién nacido, abriendo tamaña bocaza exclamó: “Más feo se va a poner el 17 de septiembre”, callando para no volver a proferir palabra alguna.
Las palabras proféticas del recién nacido, causaron tal furor, que la ciudadanía  y las autoridades se prepararon para la venida del fin del mundo, esperaban un cataclismo de dimensiones bíblicas. A medida que se acercaba  la fecha fatal la gente se veía más inquieta; empezaron a almacenar  despensas y agua y todo cuanto creyeran indispensable.

El día de la fecha anunciada por el niño diabólico, ya  habían bautizado con el mote de diabólico  al pobre niño, cuya madre lo escondió bien hondo en la región, allá donde todos los negritos son iguales. Como les estaba diciendo, muy temprano la gente se miraba nerviosa, era 17 de septiembre, pero el niño  se le había olvidado decir la hora del malhadado acontecimiento. Muchos maldecían al niño, como se atrevía a dar una profecía tan imperfecta.

Yo estaba en la escuela secundaria, nuestro director era  un escéptico de marca y no creía en aparecidos, aunque los estuviera enfrente. 
Jugando malabares me entretenía en el receso, cuando perdí el equilibrio, el tambo,  rodó junto conmigo, la tierra crujía  y las bardas parecían el borracho de mi colonia, de cómo se balanceaban de aquí, para allá.

Después de cinco minutos de bailar la tierra, muchas casa se  derrumbaron, muchos descalabrados y mujeres histéricas; aquí no pasó a mayores, pero lejos de aquí, en la capital del país,  el temblor la dejó por los suelos. Y todo por las ocurrencias de un negro  chiquillo   que se molestó  porque lo llamaron feo.


martes, 29 de septiembre de 2015

jueves, 24 de septiembre de 2015

Un caso para reflexionar sobre la seguridad del país.


 Soy empresario, mejor digo que quiero ser empresario y me iniciaba en los negocios, dedicándome a la compra de canales de res. viajaba  de manera frecuente generalmente  lo hacía  solo, pero a pedimento de  mi familia que se preocupa por mí, ocasionalmente, me hacía  acompañar por un amigo.
En uno de esos viajes, tuve la peor experiencia de mi vida, iba en compañía de un amigo y viajaba rumbo a Monterrey; llevaba la promesa de un rico ganadero, de hacer un excelente negocio. Viajábamos tranquilos, sin saber lo que nos esperaba más adelante.  En un lugar que nos pareció bueno, decidimos  cenar; nuestra pesadilla comenzó, cuando salimos de lugar.
Avanzábamos unos cuantos kilómetros, cuando un auto se nos cerró y otro más  se situó detrás de nosotros; de los dos automóviles bajaron una turba de jóvenes, que inmediatamente nos amenazaron con malas palabras y nos obligaron a bajarnos. Nos  gritaron, amenazaron y nos golpearon; se trataba de un asalto, ni duda cabe, un asalto violento, donde los criminales gozan torturando y atemorizando a sus víctimas.
En el momento que temía lo peor, se escuchó el ulular de una sirena, dije agradecido, “es la policía”, efectivamente la policía llegaba y los truhanes se dieron a la fuga  sin dilación.  Los policías se nos acercaron y empezaron a tratarnos como si los delincuentes fuéramos nosotros, yo les grité que los ladrones se escapaban, que los persiguieran, pero ellos no hicieron nada y a  nosotros nos llevaron como si fuéramos los asaltantes.
Íbamos muertos de miedo, nos llevaban por rumbo desconocido, nos decían que no nos preocupáramos, que nos llevaban con su jefe;  al llegar nos entregaron con un  militar, al que se dirigían con mucho  respeto: capitán le decían y,  nosotros nos creímos a salvo, pero este hombre ordenó que nos metieran a una  camioneta  sin quitarnos las esposas. Nos trataba en tono burlón, cuando intentábamos explicarles que sólo  éramos  comerciantes, y que íbamos a cerrar un negocio.
Por toda respuesta nos dio de bofetadas y ordenó a uno de los militares   que manejara; nosotros  íbamos temerosos, íbamos  atrás  con un frio de todos los diablos; volvieron a pasar  minutos y kilómetros, nuevamente el miedo y la zozobra nos invadía.  Llegamos a un rancho, vigilado por hombres armados que nos recibieron amenazadores; cruzaron algunas palabras y nos bajaron a rastras de la camioneta y el capitán se  marchó dejándonos a merced de los sicarios. Les gritábamos, rogábamos, suplicábamos  que no nos hicieran daño, que  éramos compradores de carne.
Los hombres con el  aspecto lúgubre de los  asesinos  nos golpearon para que nos calláramos. Nos decían violentos y amenazadores: ¡Todos dicen que son santos, pero ya sabemos a qué vienen cabrones,  ya se los cargó la chingada!
No se necesitaba ser muy inteligente para darse cuenta que era un grupo criminal, de los que controlaban la zona. Sabíamos por las noticias que eran muy violentos y  asesinaban a cualquiera que tuvieran sospechas de pertenecer a grupos rivales, para luego, enterrarlos  en fosas comunes.
La desesperación y el miedo nos  invadía, el corazón se nos salía por la boca y rogábamos  al santo cielo por nuestras vidas. El jefe llegó, un hombre viejo, creo que eso nos salvó la vida, el criminal inmediatamente reconoció  lo que éramos; yo le grité desesperado que lo único que hacíamos  por esos lugares, era ganarnos la vida.
Nos dejaron   cerca de una gasolinera, los delincuentes nos hicieron saber de la gran suerte que tuvimos, muchos  como nosotros  que no tuvieron esa suerte, estaban enterrados en el cerro.
A la fecha,  el escalofrió recorre mi espalda cuando recuerdo los sucesos, nunca volví por aquellos lugares, el miedo no me deja.




lunes, 21 de septiembre de 2015

El video más terrorífico de las redes sociales



Si te gusta aterrarte, miralo con atención.

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Imágenes no aptas para personas sensibles.

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10 videos de terror, se paralizará el corazón



Videos de terror, los más horrorosos de la red, el miedo te paralizará.

“Selfie del infierno"



Este cortometraje se ha virilizado en la red, más de 7 millones de reproducciones lo respaldan, lo protagoniza la actriz y productora Meelah Adams y está dirigido por Erdal Ceylan, de 'Fuck you Zombie' Video

miércoles, 24 de junio de 2015

La leyenda de la mujer de piedra


   

La leyenda de la mujer de piedra.
Hace muchos años, en la lejana zona del sur de México; en un viaje, en el que tuve la suerte de acompañar a mis tíos;  hacía mucho calor y la necesidad de tomar agua fresca era muy apremiante;  mi tío tomó la decisión de desviarse  y entrar en un pequeño pueblo que anunciaba aguas frescas con un llamativo cartel.
Una hilera de vitroleros nos alegró la vista;  sudaban del hielo y el agua de diferentes colores que lucían refrescantes y deliciosas. Nos bajamos del automóvil, un amplio y cómodo Galaxy 1970,  y disfrutamos de grandes vasos de agua de naranja y coco.
Algo llamó poderosamente mi atención, entre hierbajos secos sobresalía una especie de túmulo de piedra de metro y medio de base; me acerqué para observar mejor los detalles;  sobre la base descansaba  una forma que a medida que la observaba me iba pareciendo  bastante extraña a los ojos de mis escasos doce años; algo me inquietaba, algo roía mi inocencia de niño; ¿qué había en aquella masa informe de piedra que tanto me inquietaba? ¡No encontraba, no descifraba cual era la causa que me obligaba a rebuscar con la mirada!
Fue mi tía quien acabó con mi búsqueda, ella sólo dijo: —Parece una mujer.
Y efectivamente, al escucharla, fue como si se descubrirá un  velo que nublaba mis ojos  de niño; y la vi en toda su grotesca tragedia.
La mujer, se apreciaba  sentada sobre sus muslos y  los pies encogidos, las manos en el regazo y la cara levantada al cielo, como implorando perdón.
Los rasgos de la mujer de piedra no eran muy definidos, las piernas y los pies apenas parecían piernas y pies,  el tronco y las manos, si se miraban con atención, apenas parecían lo que creíamos ver;  su cabeza y rostro, en ellos posiblemente no había ningún rasgo, ningún gesto, sólo un agujero donde debería estar su boca; pero por algo  extraño, era bastante inquietante y doloroso. Parecía que estábamos ante una presencia  de  gran sufrimiento.
El vendedor de agua empezó a contar,  que la mujer de piedra; fue una mujer que en vida llevó el nombre de Marta; que había hecho una manda  por un favor divino  recibido y que a medio camino; atosigada por el cansancio y el calor renegó de Dios  y decidió no cumplir su promesa. Quedando convertida en piedra, en medio del sol y con una sed eterna.
Nosotros hacíamos lo mismo;  mi tía había hecho una manda, la promesa de visitar al Padre Jesús de Petatlán; mi tía,  fervorosa creyente; tras enfermar de gravedad, prometió que si sanaba,  visitaría al milagroso Santo.

De acuerdo al vendedor de aguas frescas, la mujer  incumplió  y fue castigada, fue convertida  en piedra a medio camino,  donde no hay sombra alguna  que la cobije. Ahora los viajantes, podían mitigar en algo su sed;  como para confirmar lo dicho, tomó algo de agua  en un vaso y la puso sobre el agujero que inmediatamente la consumió. Seguimos nuestro camino, decididos a cumplir cabalmente la promesa de mi tía.

lunes, 22 de junio de 2015

Terror en el pozo



La historia de Valentín.
Valentín nunca conoció a sus padres o algo semejante, vivía en un corral, bajo un techo desvencijado; siempre pesándole  sobre su espalda la amenaza de ser echado de tan miserable lugar.  El tío, que no era  realmente su tío, lo obligaba a los más diversos labores, de manera soez y a golpes  lo enviaba a las más diversas tareas; alimentaba al ganado, limpiaba y cuanto le pedían, todavía tenía que ganarse el pan de cada día en los trabajos ocasionales que la gente le encargaba.
En la calle,  se cuidaba del acoso de personas  desocupadas, en particular de jóvenes y hasta niños,  que apenas lo veían lo irritaban, gritándole cosas que le disgustaban. Miraba a los lados desconfiado y en efecto, un grupo mozalbetes empezaron a gritarle  bulliciosos: “¡come palitos, come palitos!”, una y otra vez; algo que lo molestaba profundamente, torcía el gesto, abría la boca enseñando las carnosas encías, donde los dientes se acomodaban en completo desorden. Primero los amenazaba con gestos y ademanes, los chicos  sin parar saltaban y gritaban la consigna que tanto lo molestaba: “¡come palitos, come palitos!”.  Ocurría lo de siempre, el cogía grandes piedras y se las lanzaba, generalmente nunca daba en el blanco, los pedruscos se estrellaban en las esquinas por donde huían los muchachos.
Él los perseguía vociferando, echando espuma por la boca  y trompicando, todo ante testigos impasibles que miraban al idiota del pueblo hacer el coraje de su vida. Valentín muy flaco, vestía de jirones y siempre iba descalzo; de piel curtida y morena, crines desordenadas  y una boca abierta y prominente que siempre pintaba una sonrisa bonachona, a excepción, de cuando perseguía chavales.
En esta ocasión, por buena o mala suerte, su desafinada puntería, dio de lleno en la cabeza de uno rezagado, que cayó al suelo dando grandes  alaridos. Valentín, por fin había dado en el blanco,  la fortuna le había sonreído rompiendo la cabeza de quien lo molestaba;  este golpe de suerte lo hizo saltar de gusto y festejar; pero eso sólo fue un instante, más que pronto  lo empezó a invadir cierto miedo, del gusto pasó al susto y lo invadió un arrepentimiento de escalofrió.
Huyó a toda prisa, detrás oía y sentía la turba que lo perseguía pisándole los talones;  si lograban atraparlo, no la pasaría nada bien, medio pueblo se había sumado a la persecución.
Los evadió, lanzándose de cabeza en un pozo de agua de poca profundidad; allí  se escondió toda la noche, el agua apenas le llegaba a las rodillas; se dijo a si mismo que no saldría hasta que todos olvidaran lo que había pasado; era  el escondite perfecto, podría estar el tiempo que fuera necesario.
Al otro día, ya  por la tarde,  el hambre revolvía sus tripas, hizo el primer intento de salir, pero  a pesar de los escasos dos metros de profundidad, la tierra reblandecida le impedía asirse con firmeza; toda la tarde  lo intentó  sin lograrlo.  Al tercer día, la desesperación  y el hambre lo enloquecían; rascaba la tierra  lodosa  y no podía subir un solo centímetro. Cuando Valentín nació, la gente que le rodeaba  le tuvo por estúpido,  a medida que crecía, esta creencia se acentúo con mayor firmeza, nunca aprendió a leer  ni a contar;  en su defensa diremos que su madre lo abandonó recién nacido y que nunca fue a la escuela, más a pesar de todo lo dicho sobre su estupidez, Valentín contaba con una vena creativa, y esa vena creativa y su desesperación,   lo hizo buscar  una solución a su encierro.
Contento de haber encontrado la salida, en  una solución simple a la altura de su intelecto;  se dio a la tarea de cavar  un túnel en la pared de  blanda y arenosa tierra,  un túnel que lo llevaría hasta el exterior.  Rápidamente, igual que un topo, se introdujo en el hoyanco  que hacía con sus manos.

El túnel nunca lo condujo a la ansiada libertad del exterior.  Muchos días después, al investigar el olor a putrefacción, se encontró a Valentín  aprisionado en el túnel, sus descalzos pies  se miraban hinchados y  amoratados. ¡Estúpido! Dijeron quienes rescataron su cadáver; si tan solo hubiera gritado.

viernes, 19 de junio de 2015

TERROR EN EL VELORIO




Era un velorio silencioso y triste, no se escuchaba la algarabía  de los jugadores de barajas  ni la risa escandalosa del borracho;  solamente  el murmullo de mujeres viejas cubriéndose la cara con un rebozo.

El festejado estaba a media sala, en un ataúd  de dorado metal  con  un gran Cristo  adornando la tapa; un ataúd sin duda caro, privilegio de los ricos del pueblo.
El difunto era un hombre viejo, dejaba muchas tierras,  ganado y dinero, bienes materiales, que con gusto hubiera cambiado,  por un poco de alivio en los últimos meses, de una enfermedad larga y cruel, que lo mantuvo postrado, en una cama solitaria de hospital. Había dejado  muy claro la instrucción que en su velorio no quería viandas ni jolgorio y, la gente entendió muy bien la falta de atención, no asistiendo al velorio.

Del difunto se decían muchas cosas, sobretodo el gran sufrimiento de su enfermedad, castigo justificado por  haber tratado con el mismo diablo. El mismo diablo que lo llenó de riquezas y poder,  el mismo diablo que ahora se lo llevaría al infierno.
Bueno, eso era lo que decía la gente sin quehacer del pueblo, la gente envidiosa que le achaca  a los hombres trabajadores, malas artes para enriquecerse, cuando todo el secreto está en el arduo y duro trabajo de todos los días.
Habían llegado hijos de todos lados, hijos regados por donde quiera, que querían  ver al padre desconocido dentro del féretro y en silencio escupirle su desprecio y, de paso  ver, de qué tamaño era la tajada que les podía tocar.

Sufrió durante  meses, quejándose día y noche, llamando a la muerte para que le diera el  descanso deseado;  pero la muerte se hacía de oídos sordos y llegó cuando se le dio la gana; muchos meses después, cuando Lupe Marín era un trozo de carne macerada por el sufrimiento, cuando el seguir vivo, ya se consideraba algo sobrenatural.
Desde temprana hora,  el olor a  la  putrefacción se dejaba sentir, los familiares  colocaron   grandes bloques de hielo bajo el ataúd; alguien comentaría que Lupe Marín se había estado pudriendo en vida hacía mucho tiempo.

Lo que ocurrió pasada la medianoche, fue un hecho que fue contado durante años por los presentes. Todo empezó con una ligera sacudida, un temblor  que apenas se percibió, pero que alertó a la mayoría de los presentes; ya se relajaban cuando un tronido aterrador los sobresaltó;  una horrible cuarteadura se abría en el piso derribando los candelabros y las largas velas. Iniciaba bajo el ataúd, crujiendo horrorosa, como una boca diabólica que cruje los dientes, disponiendo a devorar su presa.

La caja mortuoria cayó de su base, el concreto y las losas saltaban en un cuadro de terror, la gente huía o se arrinconaba santiguándose, mientras el infierno parecía querer brotar  en la habitación.


Cuando todo terminó, nadie tenía el valor de acercarse, un desorden  total lo invadía todo, el ataúd  con la tapa entreabierta se miraba maltrecho .  Al otro día  llevaron a enterrar, un entierro sin palabras y deprisa; en el pueblo se ha murmurado que el cajón  iba vacío y que a don Lupe se lo llevaron los demonios.

VIDEO

El niño que murió de sed.



Voy a contarles la terrible historia de un pobre niño de apenas cinco años, una historia que no debe  volverse a repetir, una historia de miedo, dolor,   muerte y abandono.
Era un niño pequeño por todos conocido, muy pequeño, ya que aparentaba menos edad de la que tenía. Su madre era muy pobre y tenía que trabajar todo el día; todas las  mañanas  viajaba al pueblo siguiente, se subía a un carromato y bajo el inclemente sol se trasladaba para ganarse algunos pesos y poderse alimentar.
El niño era muy travieso, la pobre madre sufría al tener que dejarlo solo, temía que algo malo le pudiera pasar; cuando tenía oportunidad lo llevaba con ella, el niño viajaba feliz a pesar de lo caluroso del viaje. Pero generalmente se quedaba solo, ella le dejaba de comer y lo encargaba a una vecina para que lo vigilara. Pero el niño se escapaba y vagaba por horas sin que supieran donde encontrarlo.
A la pobre madre le mortificaba que la gente se expresara mal de ella, que la llamaran mala madre por no cuidar del hijo como se debía.
Lo cierto es que ella tenía muchas necesidades, vivía en la pobreza absoluta en un lugar donde  no tenía amigos ni familiares; el padre del niño se había marchado;  apenas supo del embarazo, nunca más lo volvió  a ver de nuevo.
Ella confiaba en la buena ventura  y en los ángeles de la guarda que cuidan a los niños; su niño era tan pequeño y hermoso que pensaba que  nada malo le podía ocurrir. Siempre que regresaba, antes del anochecer, venía con la esperanza de verlo y abrazarlo, tenerlo entre sus manos, pero, también es cierto, que siempre  una mala  punzada le latía en  el corazón, esta duraba hasta que lo veía aparecer, corriendo a su encuentro con la felicidad pintada en el rostro.
 En una amarga y malhadada tarde, esto no ocurrió, el niño no la esperaba como siempre, ella sintió que el corazón se le partía y comenzó a llorar.
Lo buscaron toda la noche y todo el día siguiente, hasta encontrarlo atorado de la mano en un tronco; estaba muerto, había muerto de sol y sed.
Cuentan que con todo el dolor del mundo lo llevaron a su pobre casa, lo recostaron en una pequeña  mesa para velarlo; iban a lavar su cuerpecito sucio de tierra y polvo, cuando ocurrió  el terrible caso que conmocionó a la población.
El niño se incorporó, sentándose en la mesa,  con los ojos bien abiertos y angustiados pedía  agua,  abriendo su boquita murmuraba que tenía mucha sed; muchos  se asombraron,  otros huyeron aterrorizados, lejos de la espantosa escena del niño muerto que pedía agua.  Testigos oculares narraron que el niño torció  los ojos y cayó nuevamente en el sueño eterno de la muerte.

sábado, 30 de mayo de 2015

LOS PARTIDOS POLÍTICOS ATACAN

Muy temprano llegaron a tocarme la puerta, les abrí desconfiando de su presencia; en estos tiempos se debe desconfiar de cualquier desconocido que toca nuestra puerta, apenas  en el callejón de al lado, amaneció un difunto tirado.

Abrí un poquito para  demostrarles mi desconfianza; pero ellos me sonrieron mostrándome unos dientes grandes y una cara ancha de tanta sonrisa. ¿Qué quieren, les pregunté?
¡Nada, no queremos nada!,  me respondieron, bueno sí, si queremos algo, dijo el otro; sólo platicar y que usted nos escuche.

Se metieron confianzudos, antes de que les diera permiso, ya estaban sentados  y de piernas cruzadas.
Me senté frente a ellos, mirando a uno y otro; ellos permanecieron callados por un momento, pero de pronto comenzaron a hablar y ¡vaya que si lo hicieron!.

Uno de ellos mostro una gran lengua húmeda, dentro de una gran boca que se abría una y otra vez. Me hablaron sobre una persona de la que nunca había oído ni su nombre; ya que yo  nunca veo televisión; al principio les sorprendió o creo que les molestó cuando les dije una y otra vez que no sabía de quien se trataba.

¡Es el candidato del pueblo!, habló el más joven, de lentes y aspecto de ser muy listo; siguió diciendo que traía los mejores proyectos para el pueblo, que traería beneficios y desarrollo de llegar a gobernar ya que era una persona muy preparada, bajaría los impuestos, la luz, el predial, apoyo a los pobres, agua, pavimentación, se acabaría la violencia y el crimen organizado ya no haría de las suyas.
Yo lo escuchaba  y me sentía aturdida cuando el joven me acosaba con sus palabras.
Pareció que terminaba, pero volvió a las andadas diciendo que las mujeres tendrían todo el apoyo, las solteras, las casadas, las viudas nunca más volverían a sufrir de carencias.
Lo vi jadear  y en ese momento empecé a tener miedo, me pareció que empezaba a transfigurarse en una terrible fiera; seguía hablando, hablaba de las bondades de su partido, el partido que salvaría a México, el partido que si sabía gobernar, que traía beneficios y sabía hacer las cosas bien; el más honesto, el más organizado, etcétera, etcétera, etcétera.

Me dieron nauseas, miré la boca reseca, en los labios pegajosos se veía la saliva como engrudo   y la lengua  moverse como un feo animal.

Dos jóvenes más se incorporaron, traían grandes bolsas  y dos portafolios; de las bolsas sacaron playeras y otras chucherías; luego una flamante tarjeta, me la pasearon por la cara diciéndome que en ella me depositarían  dinero como premio a la lealtad y mi voto al partido.
Cuando parecieron  acabar, me dijeron: ¿Me puede mostrar su credencial de elector? Yo le dije: ¡no tengo!; ellos simplemente me miraron furiosos, guardaron sus cosas y se marcharon maldiciendo sin respeto.



miércoles, 11 de marzo de 2015

La leyenda del hombre más fuertes del mundo

Esta es la leyenda de Matilde Armenta, la fiera de Cuatro cerros, quien vengara la muerte de su padre matando dieciocho hombres; Matilde Armenta era grande, muy grande, igual que su padre podía partir a un hombre en dos con las puras manos; por tal motivo, lo perseguían hombres fuereños pagados por los caciques y el  gobierno.

Cuando lo  mataron, lo encontraron en una barranca, igual que las fieras, olió la presencia del enemigo en el aire; le dispararon sin ningún grito de advertencia, en silencio, como saben matar  los asesinos.  Matilde sintió las picaduras y vio venir la jauría bajando la barranca.
Gritaban alborozados, agitando los rifles en una verdadera fiesta de ruido y pólvora. Se sorprendieron momentáneamente cuando lo vieron arremeter como un monstruoso jabalí, como nagual horrible de leyenda,  mitad hombre mitad fiera.

Como Furia vengativa  que carga sobre la culpa de los hombres, así Matilde Armenta fue contra ellos. Se sorprendieron un instante para volver a la carga disparando nuevamente. Una bestia escurridiza que saltaba de un lado a otro. De piedra en piedra, de rama en rama se les perdía por momentos; hasta que lo tuvieron a unos metros; tan cerca, que la docena de hombres se encabritaron y sus rifles dejaron de tronar.

El único lugareño que se atrevió a guiarlos se llamaba Refugio; este sólo alcanzó a oír un sordo crujido, nunca supo que fueron  los huesos de su cabeza que se partía ante el puño de Matilde; tampoco  pudo horrorizarse como quienes  lo vieron caer arrojando sangre y sesos por nariz, y oídos. Los disparos atronaron nuevamente, Matilde mataba cuanto hombre lograba tener  a su alcance. Los dedos garrudos destrozaban los nervios, quebraban los huesos de los hombres y de los rifles. Cuando Matilde cayó,   dos hombres  se ahogaron entre sus brazos.

 Cuatro sobrevivieron, cuatro hombres, quienes a la fecha, el espanto les recorre el espinazo, huyeron despavoridos de la región; de ese día hasta su muerte,  vivirían con la sangre helada, ante la visión inenarrable de una bestia que destripó a nueve hombres; negándose tercamente a morir como deben morirse los hombres  cuando se les da de balazo. Huyeron y siguen huyendo con las vísceras en la garganta, oyendo a sus espaldas crujidos de huesos y alaridos de dolor; viviendo y muriendo en la locura y el tormento de tener a sus espaldas la amenaza de una fuerza sin comprensión ni igual; seguramente a la distancia  —si el miedo los dejaba vivir— creerían a ciencia cierta que nada de lo ocurrido fue real, intentarían borrar de su memoria  la visión espantosa de hombres partidos en dos, deshilachados como monigotes de trapo, tratarían de conciliar el sueño, apartar las pesadillas. Pero nunca, nunca olvidarían el chasquido macabro de los huesos de un hombre cuando se parten.


viernes, 20 de febrero de 2015

El fantasma de la niña


La trágica y terrible historia del fantasma de una niña  aterrada por  la maldad y abusos de su padre.
Mira a su hermana escapar de  su casa, pero ella por más que busca, jamás encuentra la salida. vaga por la casa aterrada, teme a su padre y teme a los espejos.

jueves, 19 de febrero de 2015

Durmiendo con muertos




Un ingeniero, que por extrañas circunstancias tuvo que echarse a dormir con muertos.
Para llegar a la cima de la montaña,  venció terribles  caminos y tormentas, al llegar cansado a su destino, simplemente se acostó entre los difuntos.

El último jaguar.



Este era el último jaguar de una  región de México, la gente se dedicó a cazar a los animales hasta que los exterminó.  Este animal era inmenso y hermoso, pero estaba solo, no tenía compañera y el felino se arriesgaba más de la cuenta, hasta que fue cazado por los hombres.




El niño adivino


 Estábamos jugando canicas, ninguno de nosotros rebasaba los nueve años y llenos de felicidad, prácticamente nos revolcábamos en el suelo;  estábamos mecos de tierra y polvo y el sol brillaba sobre nuestras curtidas espaldas.  Rafael era el enemigo invencible, donde ponía el ojo, ponía la canica y siempre nos daba una tunda cuando jugábamos; y esto no sólo ocurría con las canicas;  con el trompo era un verdadero maestro y volando papalotes destrozaba a cualquiera.
Era muy avispado, por eso fue el primero que lo vio venir, clavando su mirada con extrañeza. Lo empujaban en una silla de ruedas que se zarandeaba   al rodar por el suelo lleno de piedras y baches. Se veía enorme, el sol nos cegaba y la figura se habría paso  avanzando  en el relumbrón de luz brillante y cegadora.
Pronto lo rodeamos al seguir los paso de Rafael, que lleno de curiosidad lo miraba sin  recato. Se trataba de  un muchacho enorme, de gruesa y fofa  carne; su cabeza se bamboleaba y sus ojos entrecerrados parecían no dar cuenta alguna de nuestra presencia.
Los ojos pequeños se incrustaban   arriba de los pómulos, como si los hubieran puesto pinchados con alfiler; igualmente la nariz y la boca se veían pequeñas en aquella gran cabeza  que nos parecía cosa extraordinaria. La caminata terminó, cuando lo subieron a un corredor; después sabríamos que habían alquilado la casa y se habían mudado no se dé dónde.
Pronto fue la gran noticia, la llegada de los nuevos vecinos, ya que con ellos venía, un saurin  o, saurino de enorme  cabeza. Rafael nos dijo que había escuchado de un tío,  que los saurines son adivinos y pueden encontrar cosas perdidas. Como era muy atrevido, nos propuso ir a verlo y hacerle algunas preguntas.
Lo encontramos en el corredor, se encontraba  solo, encorvándose como si quisiera esconderse, pero era imposible con semejante cabeza, al rodearlo nos dimos cuenta que miraba fijamente, quien sabe adónde. 
—¿Cómo te llamas? —Le preguntamos. El siguió mirando sin responder,  y entonces pudimos ver la gran tristeza que oprimía   su rostro de niño gigante.
Su tristeza enmudeció la osadía de Rafa, quien sólo atinó a preguntarle si estaba enfermo.
La gente empezó a llegar, hacían fila para consultar al niño saurín; días después, un cartel daba cuenta del oficio de la casa. Nunca más pudimos acercarnos a él, la entrada estaba vedada para gente de nuestra edad; escasamente, en una ocasión pude hacerlo; mi madre me llevó de la mano; pagó su cuota, esperó ansiosa su turno  y pasó con el muchacho; yo iba pegado a su falda.
Me impresionó volver a verlo, su aspecto era de lo peor, muy pálido y desmejorado. Tenía los ojos entrecerrados y respiraba trabajosamente. Otra cosa que nunca supe, fue su edad; si era un niño gigante, un joven, o un hombre de aspecto aniñado.
Mi madre se veía apurada, había pagado, apenas lo suficiente para estar unos minutos.
Le preguntó por mi padre. Él contestó que se encontraba  muy lejos, ella preguntó que si volvería; él dijo que nunca, que no regresaría; ella le preguntó  si vivía con otra mujer; él dijo que no, pero que lo haría. Mi madre se puso pálida y preguntó colérica, que si no volvería por la canalla; él le dijo que no, que moriría lejos y sus huesos blanquearían al sol. Vi que el consuelo ruborizó el rostro de mi madre; el consuelo de no saberse abandonada  por otra  mujer la reconfortó. Respondía a las preguntas con un tono de inmenso cansancio y los ojos cerrados.
Preguntó por su hermana, él le dijo que la volvería a ver; preguntó por la cadena de oro perdida, él le dijo que se había ido por la tubería del drenaje. Después se quedó quieto y no contestó nada más.
Las filas duraron algunos meses, un día cualquiera, hubo consternación, se supo que había muerto repentinamente; la gente curiosa llegó de todos lados; al niño saurín lo metieron en un gran ataúd y lo llevaron a enterrar. La familia desapareció, como llegó; posiblemente fueron a buscar otro saurin y otro pueblo a quien develarle los secretos.

Cuando cumplí veinte años, mi padre regresó de los Estados Unidos, más miserable que cuando se fue; mi madre lo regañó hasta cansarse, pero lo recibió en la casa;  a su hermana nunca la volvió a ver, solamente se había enterado que murió  de tuberculosis en Veracruz.


La trágica historia de un niño saurín; un niño o joven víctima de macrocefalia, del cual se creía que era capaz  predecir cosas; en muchos lugares  de México, se tienen la creencia que esta clase de niños pueden adivinar el futuro  o encontrar objetos perdidos.

Un niño de un poblado rural es alquilado como adivino, muy pronto muere.

Video del hombre que venció al demonio



Aquí la única historia del hombre que logró vencer al demonio.
Un pequeño hombre  que armándose de una gran cruz azul cielo, venció al demonio y más tarde arremetió contra todas las huestes infernales.

martes, 10 de febrero de 2015

El ingeniero que durmió con difuntos.

Voy a contarles la macabra historia de un ingeniero que durmió con los muertos. El ingeniero era de un carácter  jovial y gustaba del monte y los quebrados picos de las montañas. Respondía al nombre de Julio López,  y, en una Chevrolet  se encumbraba  sierra arriba;  de naturaleza precavida, respetaba los peligros que el camino   de terracería ofrecía a cada tramo. Enormes rocas  y profundos despeñaderos que conducían a una muerte segura.

Apretando el acelerador de la camioneta, el motor rugía agónico, cascabeleando en la subida; su  camioneta de modelo atrasado, pero en buenas condiciones respondía de manera maravillosa, llevándolo  siempre a su destino.  Visitaba obras y las supervisaba, ahora se dirigía un lugar de muy difícil acceso, enclavado en las alturas de la Sierra madre del Sur; conocía la localidad y se carcajeaba cuando recordaba su nombre. “Felicidad de los Rosales”, nada de felicidad creía encontrar en un pueblo miserable, enclavado en la profundidad de los cerros, donde la gente se moría por falta de atención médica.

La mañana que empezó soleada, de pronto se llenó de nubarrones, tan negros que la tarde parecía anochecer. Algo había cambiado el paisaje, que sintió estremecerse; el ambiente se había llenado de soledad y silencio y sentía el pecho oprimido de angustia. Nunca antes en sus múltiples viajes,  había visto que la naturaleza adquiriera tan siniestra soledad. En eso pensaba, cuando el cielo pareció desfondarse, escuchó las  gruesas gotas caer sobre el toldo; en minutos se formaron grandes avenidas de agua que le hicieron  temer que arrastrarían el vehículo; como lo dijimos, era muy precavido y buscando un lugar seguro se estacionó, esperando que pasara la tormenta. Y efectivamente, el aguacero cesó repentinamente.
Pronto pudo   proseguir la marcha; en una torcedura del camino, apretó el volante, al hacerlo se sintió más seguro; entonces la escasa luz pareció apagarse; encendió los faros del automóvil,  y vio venir la figura que trotaba con porte desafiante; aguzó la vista, tratando de descifrar la sombra que se acercaba. Cuando estuvo más cerca, levantó las luces y vio de frente la naturaleza de la bestia que se acercaba. Era un enorme y negro macho cabrío, como nunca lo había visto jamás. La gigantesca alzada del animal lo sofocó, paralizándolo; tras del animal venía una turba de chivos de todos los aspectos; reaccionando se orilló para darles paso.

Cuando pasó justo frente a él, pudo ver las cuencas de negro vidrio que lo estremecieron.

¡Es el diablo! Se dijo persignándose.

No supo cuando puso en marcha el vehículo, ni cuando desapareció el penetrante olor que la tropa de animales había dejado impregnada en su chamarra.
Más adelante encontró gente en un despeñadero, cosa que lo tranquilizó; algunos hombres se alumbraban con lámparas. Nervioso les preguntó.

—¿Qué pasó?, ¿algún problema?

Un hombre, con lodo hasta en las pestañas le respondió: —Un auto cayó al fondo del barranco.
El ingeniero, asomándose al precipicio, contestó:  —Es muy profundo, ¿hay sobrevivientes?

—¡Ninguno! Le contestaron.

Al llegar a su destino, vio las antorchas de ocote alumbrar  mortecinas, apenas brindando claridad suficiente. Se acercó, donde algunos hombres fumaban cigarros delicados, el favorito de la gente de aquella región.
—¿El comisario?  Preguntó cansado.
—Por ahí, en un arguende del camino —le contestaron desconfiados.
Conocedor de la desconfianza de aquella gente, les dijo que por ahora sólo quería descansar.

—En la comisaría —le contestaron con naturalidad—, por ahí derechito ingeniero, sólo empuje, la puerta, no tiene tranca.

Les agradeció con un gesto y se marchó; no era la primera vez que dormía en una comisaría.

Empujó la puerta con sigilo, percatándose que no era el único refugiado; tres  bultos yacían en dos petates. Quiso saludar, pero creyó escuchar un gruñido hosco y se abstuvo de hacerlo; se tendió junto a ellos, el lugar era muy pequeño.
Se durmió en el acto. Al amanecer abrió los ojos y miró los quietos bultos arropados de pies a cabeza; antes de escuchar que le gritaban desde afuera.

—¡Ingeniero, ingeniero, ya levántese, ya se van a llevar los difuntos!

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