domingo, 28 de diciembre de 2014

La historia del niño electrocutado.

A Juanillo le gustaba la calle, en ella se sentía  libre y contento; la gente lo  conocía  y le llamaba al pasar; Juanillo acudía diligente  y realizaba toda clase de tareas que eran recompensadas con monedas que jubiloso guardaba en el bolsillo de su pantalón; también lo llamaban para ofrecerle  de comer; el gustaba  del arroz de leche que le regalaban  los lunes, pero cualquier día de la semana disfrutaba  de las viandas que las buenas personas le obsequiaban.

Vivía feliz, vagando por las calles que conocía como la palma de su mano, en ella tenía amigos  y hasta el cariño y atención de la gente, que le llamaba al pasar; Juanillo le decían sonriente, y él contestaba estirando su sonrisa y  mostrando sus grandes dientes.
A  Juanillo le gustaba el día, cuando llegaba la tarde entristecía  y al acercarse la noche, la tristeza se tornaba en angustia; llegaba la hora de regresar a su casa; la última  covacha saliendo del pueblo, una choza de madera y palapa   llena de alacranes y otros bichos que en muchas ocasiones lo picaran o lo mordieran; el odiaba regresar a la miserable vivienda y, no porque en ella    tuviera como única pertenencia  un petate tieso tirado en una esquina  húmeda, donde  las gordas y grandes cucarachas  se subían sobre él y lo lamían cuando  dormía; ¡no!, el odiaba regresar porque  en esa casa, encontraría a Palemón, el padrastro, que balanceándose en una hamaca lo esperaba  sonriente, mostrando sus dientes sucios  y mirándolo, con unos ojos de perro, igualmente  amarillos; como todas las noches bebía de una botella de aguardiente  y al verlo llegar  estiraba la mano para exigirle las ganancias del día.
Juanillo entregaba cada una de las monedas ganadas durante el día;  si a Palemón le disgustaba  que Juanillo  no ganara lo suficiente, molía   a golpes a la madre, reprochándole el haber  criado un hijo tan flojo. Por eso él se esforzaba, para evitar que golpearan  a su madre.
En cierta ocasión, Palemón lo levantó más temprano que de costumbre,  lo tomó de la mano y se lo  llevó sin decir palabra alguna; pronto llegaron  a un lugar donde  trabajaban muchos  hombres, al parecer una obra en construcción.
Dirigiéndose a uno de  ellos, Palemón le dijo:
—Aquí le traigo a mi muchacho, como le dije, tiene el tamaño adecuado para el trabajo que usted requiere señor.
El hombre lo miró de arriba abajo y agregó:
—¡Es listo el muchacho!, donde trabajará  hay cables de alta tensión,  no quiero  que se me vaya a fulminar  y me meta en problemas.
—¡Qué va, es listísimo!, lo traigo a trabajar, porque necesitamos el dinero, su madre está enferma y no alcanza lo que yo gano. —Contestó Palemón, agregando: —a este chiquillo lo quiero mucho, no me gustaría que le pasara nada, pero es mucha nuestra necesidad.
Antes de irse y dejar a Juanillo en su nuevo trabajo,  Palemón pidió dinero al hombre, un buen adelanto, con lo que compró varias botellas de aguardiente.
Juanillo, un poco asustado recibió instrucciones para llevar a cabo el trabajo, sin ninguna protección lo subían  a un andamio, donde  gateando alcanzaba lo que le pedía un soldador.
Y pronto ocurrió la tragedia; Juanillo sólo toco un cable desnudo de 13 mil voltios, su cuerpecito  se incendió por un instante con una luz azulada que lo fulminó; el pobre  niño quedo  exánime con brazos y piernas quemadas.
Desde entonces muchos juran haber visto a Juanillo pasearse  por el  pueblo, pero ahora  ya no teme la llegada de la noche y vaga en la penumbra. Palemón fue encontrado muerto, no se sabe si del susto  o de una congestión alcohólica; lo encontraron podrido, en su hamaca; la madre había huido llena de terror y arrepentimiento al saber la noticia de la muerte de su hijo.



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