miércoles, 18 de junio de 2014

La leyenda de Slenderman


Me he reído de las leyendas que involucran lo sobrenatural, me he reído porque no creo en ellas, no creo en fantasmas ni monstruos  de closets, no creo en los individuos malévolos que secuestran y matan niños sin ningún motivo aparente.
Nunca he creído ni temido… hasta ahora… que me he adentrado  en este bosque infernal  donde dicen que  habita Slederman.  
Reí hasta dolerme la panza  cuando me lo dijeron. Nada más ridículo que la imagen de  un hombre delgado, de larga estatura vestido de negro que acecha a los niños para llevarlos consigo. Un hombre sin facciones de largos brazos  y,  tentáculos, que agitándose brotan de su espalda. Imagínense algo así,  antes que terrorífica, absurda la larga imagen parecida a  una sombra deforme que sólo puede existir en la imaginación ociosa de los desocupados.
La risa dio paso a la indignación ante la aseveración de la existencia de un ser de tal naturaleza. Los “yo lo vi” lastimaron mi inteligencia. El  “vive en el bosque”,  era insistente, señalándomelo, como se señala una puerta abierta a lo desconocido.
¿Qué hace ahí?  Pregunté, tratando de poner en mis ojos y gestos la  mayor incredulidad posible, casi podía ver mi rostro  de fauno burlándose de la locura e ignorancia de las aseveraciones.  Jamás lo creería, porque nunca me había encontrado cara a cara con criatura alguna que no naciera de un útero o un huevo. Las perores criaturas nacen de los hombres, me decía ufano, como experto conocedor  de la especie humana, de los monstruos humanos cuyo único aspecto sobrenatural se encontraba en la  maldad sin límite  anidada en su espíritu, igual que  virulenta enfermedad que al mínimo descuido  se vuelca pestífera.
¡Acecha a los niños! Respondieron, yo pregunté, ¿por qué a los niños?, precisamente en un bosque oscuro, donde lógicamente ningún pequeño se atrevería. Alguien contestó: ¡el bosque o una calle oscura, él siempre está allí!
De manera temeraria, no sin antes mirarlos, igual que a una turba de estúpidos, simples e ignorantes me dirigí al bosque. Este me tragó, me engulleron sus fauces oscuras hasta llevarme a las negras entrañas. A los pocos minutos me arrepentía de mi envalentonado  arrebato. A duras penas podía escudriñar en la penumbra y reconociendo mi error, decidí volver sobre mis pasos, nada había en el bosque, salvo los peligros naturales de sierpes y fieras. Slenderman, de existir, preferiría otro lugar que un bosque plagado de alimañas nocturnas.
Al  decidir la retirada y dar la vuelta, creí  ver la figura que   puso en alerta mis sentidos, al tiempo que un escalofrió recorría mi espalda. Se quieren burlar de mí, pensé irritado, la mejor medicina para el miedo es el enojo y puse en práctica tal receta. Seguí andando, mascullando una furia desdentada que no tenía la fiereza necesaria para infundirme valor. Ahora el corazón latía rebotando en mi pecho, valía poca cosa no creer.
Estaba ante mí, espeluznante sombra alargada, perfilada nítidamente   por el miedo que bullía en mis venas. Seguí caminando, no era cosa de correr, huir en sentido contrario a un lugar que no me llevaría a ningún lado. Al acercarme pude verlo en todo su espléndido horror. La criatura medía más de dos metros, a medida que me acercaba se estiraba alcanzando la talla de un árbol y, en su rostro sin facciones se pintó el horror de una bocaza de dientes afilados, del estrecho tronco surgían dos larguísimos brazos que terminaban en  arbóreas manos. Dedos, muchos dedos se agitaban, como se agitaban amenazadoras las protuberantes extensiones que me cerraban el paso.

Pasé junto a la larga sombra agitándola, no quise volver la mirada, no quise a pesar de la certeza del ataque. Pero no ocurrió tal cosa, pronto estuve fuera del bosque, donde la luz artificial me iluminó con la luz de la cordura. Slenderman me dejó ir, yo nunca más he podido dejar ir el mido que me consume, desde entonces evito los lugares oscuros y duermo con las luces encendidas, siempre a la espera del terror.

jueves, 12 de junio de 2014

La leyenda del niño sin cabeza




 ¿Cuántas veces la maldad humana supera los límites de la imaginación? La ambición, la pasión, el vicio, el pecado y la maldad son parte  de los tantos  ingredientes que transforman a los hombres en bestias capaces de las peores acciones.
¡La época en que vivimos es la fatal hora del mal!, nunca como ahora la maldad humana  se había  manifestado en toda su crueldad. ¡El hombre come hombre!, las víctimas del horror  son los seres débiles y desvalidos incapaces de defenderse. Las madres sacrificadas y abnegadas, las madres que en otros tiempos ofrecían la vida por la de sus hijos, ahora los sacrifican cruelmente.
Esta es la historia de una madre terrible que ofendió al cielo y a la tierra con sus actos inhumanos. Una madre que no merece llevar tal calificativo que es  sinónimo de sacrificio y amor.
Esta malvada madre de peor corazón que las hienas, peor que cualquier animal que se arrastre sobre la faz de la tierra,  cometió el terrible pecado de sacrificar a su hijo, envenenada por la pasión de un joven hombre se entregó sin recato al demonio de la infidelidad.
El marido ausente se había marchado a los Estados Unidos, trabajando duro  de jornalero enviaba religiosamente su mesada a la mala mujer. El dinero lo malgastaba  en complacer al amante que a sabiendas  de la pasión despertada abusaba de la pobre voluntad de la  mujer.
Una noche de tormentosa pasión, él le dijo que tendría que marcharse lejos, la angustia se apoderó de su maltratado espíritu, sintió que la respiración se iba, que la vida no tendría ningún sentido si su hombre se marchaba. Le suplicó llorando que la llevara, él contestó que un hijo era una carga muy pesada.
El plazo fatal corría, se iría lejos y nunca lo volvería a ver;  su hijo empezó a disgustarle, a pesarle, a verlo como el obstáculo insalvable que se oponía a  al sueño de marcharse con su amante. El niño sucio y hambriento llamaba a la madre que contestaba con insultos y golpes; la carita antes sonrosada, llena de amor y ternura mostraba  indicios claros de las vejaciones y golpes, ahora temía a la madre y la llamaba dolorosamente.
A un día de la partida; la locura se apoderó de la mujer, le había dicho  que los niños abandonados sufren mucho y no quería cargar en la conciencia con el sufrimiento del mocoso.  Una macabra idea cruzó borrascosa, se aposentó en su mente atormentada y creció inicua, salvaje; un demonio que defeca el mal en el cerebro de los débiles de espíritu.
Llegada la noche la mujer tomó un cuchillo y durante horas lo afiló. En la madrugada se dirigió al aposento donde el niño dormía.  Sin titubear, como si la esencia del mal moviera sus manos cercenó la tierna cabeza.
El amante la esperaba impaciente,  la pérfida y criminal le dijo por la mañana  que el problema del niño  estaba resuelto.
Al verla entrar una mala sombra aleteo fúnebre en el ambiente. Ella le mostró  eufórica la pequeña valija que portaba y le dijo: ¡el nene no se quedará para sufrir, jamás tendrá hambre ni frio!
Ardiendo en calentura, los ojos brillantes de excitación, abrió la valija  mostrando el tierno despojo y le dijo: ¡No te engaño, míralo, ya no nos estorbará!  Un grito de miedo vibró en el aire y aterrado  retrocedió dando traspiés. Entonces ocurrió un hecho  inexplicable que escapa al conocimiento  sobre la vida y la muerte, un hecho que apretó el corazón del amante,  le quitó la respiración y la vida;  el niño sin cabeza abriendo los ojos y extendiendo apremiante las  manitas  pedía de comer a su madre.
Más tarde, tres cadáveres serían encontrados, no hubo explicación para la escena dantesca de un niño decapitado, abrazado al cuello de la madre.


Entradas populares