jueves, 17 de abril de 2014

LA MUJER SERPIENTE





Estaba frente a mis ojos y no lo podía creer. Me negaba a aceptar la existencia de criatura tan horrorosa. Revolviendo mi mente y aguzando la visión  buscaba el truco, el fraude que diera descanso a mi intelecto. Nunca  he creído en historias de monstruos de closets, aparecidos o fantasmas  que a media noche aúllan su presencia.
Pero la criatura frente a mí me restregaba el lado oscuro de la existencia humana. Lo terrorífico que pueden ser algunos seres, de este mundo o del otro. La enorme serpiente se desdobló, había permanecido  quieta, escondida su cabeza entre sus anillos, pero ahora erguía su largo cuerpo  mostrando su testa  humana, si algo de humano podía haber en aquella bestia demoniaca que nos miraba visiblemente contrariada, al parecer habíamos interrumpido su descanso o su cena como nos dimos cuenta poco después; desencajando su fiera boca el animal regurgitó  asquerosamente  lo que debió ser su presa, posiblemente un pequeño primate  u otro animal  imposible de reconocer, estaba a medias digerido y cubierto de viscosos fluidos.
El inimaginable aspecto de aquella faz humanizada por facciones semejantes a las del rostro de una mujer  se volvió contra nosotros amenazador, habíamos invadido  su espacio  y la criatura parecía estar dispuesta a hacernos pagar caro haberla molestado en su descanso. No era hora del espectáculo y en plan de travesura nos introdujimos en la carpa  de la mujer serpiente por la parte posterior y, ahora estaba  frente a nosotros, horrenda y real; tenían razón quienes argüían que el diablo nos engañaba haciéndonos creer que no existía, quien estaba frente a nosotros era un demonio, un verdadero demonio de maldad, se apreciaba en los ojillos y en el gesto  repugnante y de desprecio que marcó  su rostro.
Para el colmo del miedo y el desconcierto nos dijo: ¡Qué quieren!, la voz silbante hirió de tal manera nuestros  oídos que terminó por acobardarnos.  El rostro de mujer estaba tan cerca de nosotros que podíamos sentir su pestífero aliento. Pequeños ojillos orientales sin cejas ni pestañas, dos orificios en la nariz,  una boca larga que se dilataba cuando se lo proponía, pronunciado mentón que le daba el toque femenino de una diablesa. Las escamas descendían  por lo que debía ser el cuello, primero minúsculas y después, en el  bífido cuerpo de mayor grosor y tamaño.
¿Quieren que les cuente la trágica historia de cómo me volví la mujer serpiente? ¿A eso han venido? ¿No es verdad?
¡Cómo no pagaron su boleto de entrada, interrumpieron mi cena y mi descanso, tendrán que recompensar mi esfuerzo.
¿Por qué soy la mujer serpiente? ¿Por qué me convertí en este terrible monstruo? ¡Un monstruo que a ojos de quienes me visitan no es más que un truco de engañifas!, ¡Ha ja ja ja ja ja ja, la gente no cree en diablos ni brujas aunque estén frente a ellos a punto de comerlos!
Se nos heló la sangre, paralizados escuchábamos a la bestia, en verdad mi cerebro se negaba a creerlo, aún ahora no estoy del todo cierto si lo ocurrido no fue más que una histeria colectiva, una alucinación en grupo de la que tanto se habla en sicología.
La mujer serpiente se mostró en toda su ferocidad abriendo horriblemente la bocaza. Era irreal  cuanto acontecía, creímos que empezaría a devorarnos cuando vimos su largo cuerpo  junto a nosotros.
El monstruo sólo exclamó: Siempre se empieza desobedeciendo. Yo también empecé  con pequeñas maldades que más tarde fueron aberrantes actos criminales.  Ahora tengo que alimentarme de carroña y animales muertos, no niego que se me apetecen criaturas como ustedes, huelen delicioso.
Deben saber que por mis actos  fui condenada a la miseria de este cuerpo monstruoso. Destruí a mi familia, a mi madre la devoré durante días saboreando sus entrañas, sus dulces entrañas. Cuando terminé me vi en la forma que ahora ustedes ven, condenada a arrastrarme  por el suelo y condenada a narrar mi desgracia para escarmiento de los demás.
La mujer serpiente  abrió tan grande su hocico que tuve la impresión que nos engulliría de un bocado.
Corrimos, corrimos como alma que persigue el diablo, no paramos de correr hasta estar seguro que el terrible monstruo estaba demasiado lejos, en su carpa, volviendo a engullir la cena que interrumpimos.

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