martes, 25 de febrero de 2014

La mujer tarántula


Quiero contarles damas y caballeros como terminé en este circo al lado de estas criaturas monstruosas, seres horribles sin cavidad en ningún otro lugar. A la vista de las personas horrorizadas de nuestro aspecto purgamos nuestra culpa, nuestra maldición por haber ofendido gravemente a nuestros padres.
Los niños y los jóvenes lloran ante mi presencia, se aterran ante el terrible espectáculo de mi monstruosidad, los adultos me ven con asco y desprecio, me muestran a sus hijos como  escarmiento a su mal comportamiento.
Aquí estoy en este aposento de paja  me alimento de asquerosidades, de carne putrefacta y carroña, lo único   humano es mi rostro, mi cuerpo es el de una horrible tarántula que agita sus patas como muestra de que tengo vida.
Pagan por mirar mi espantoso cuerpo, pagan por que narre mi tragedia y escarmiente a sus hijos para en el presente y en el futuro lo piensen mejor antes de faltar a sus padres.
Yo vivía al lado de mi madre, en las afueras del pueblo, me gustaba jugar y vagar por el campo, estar junto a  mis amigos, vivir libre y sin regaños. Mi madre me llamaba la atención por desobediente y no ayudarla en los quehaceres de la casa; siempre me decía: hija no tardes, ayúdame por favor, cuida a tu hermano, él te quiere mucho, sabes que está enfermo, no lo abandones, yo le decía siempre. Sí madre. Pero nunca obedecía, mi madre me veía llena de tristeza y rezaba por mí.
Una tarde mi madre me llamó urgente; me dio dinero,  me pidió, me dijo, me rogó que corriera por la medicina de mi hermanito que ardía en calentura, que no tardará por amor de Dios, que era cosa de vida o muerte. Yo fui a deprisa, corría por el bosque; feliz del aire y la libertad, no sentía pena por mi hermano. Tantas veces se había enfermado y tantas veces regresaba de su enfermedad. Tras poco rato llegué al pueblo, fui directo a la botica, llevaba el dinero de la medicina de mi hermanito en un puño, les juro que tenía intención de regresar de inmediato. Pero oí jolgorio de feria; me dije que sólo serían unos minutos, sólo echaría un ojo y regresaría; unos minutitos ¿Qué mal podía ser mirar  sólo unos minutos?

Cuando regresaba con la medicina de mi hermano, el sol ya se ocultaba, iba temerosa, pero llevaba la medicina, había cumplido el encargo de mi madre. Cuanto más me acercaba me invadió una gran tristeza,  mi casa estaba ahí;  lucía ajena, como si ya no fuera mi casa, algunas personas se esmeraban en hacer algunos arreglos; me acerqué temerosa, miré a mi hermanito vestido de blanco entre ramos de flores del campo, pálido y triste, muy triste. Estaba tendido en medio de la casa. Se murió esperando la medicina, la medicina que yo llevaba en la mano y que mi madre me encargó con prontitud. Me di cuenta que mi madre  me miraba insistentemente, no había perdón en sus ojos, en ellos sólo miré rabia y coraje. No pude resistir más, salí huyendo; huí lejos, tropezando por el bosque; no supe hasta cuándo; sólo me vi convertida en esta repugnante criatura, en este horrendo ser que purga su culpa; no mediante su visión espantosa, sino con el dolor del arrepentimiento tardío. Los hijos deben obedecer a sus padres.

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