domingo, 28 de diciembre de 2014

La historia del niño electrocutado.

A Juanillo le gustaba la calle, en ella se sentía  libre y contento; la gente lo  conocía  y le llamaba al pasar; Juanillo acudía diligente  y realizaba toda clase de tareas que eran recompensadas con monedas que jubiloso guardaba en el bolsillo de su pantalón; también lo llamaban para ofrecerle  de comer; el gustaba  del arroz de leche que le regalaban  los lunes, pero cualquier día de la semana disfrutaba  de las viandas que las buenas personas le obsequiaban.

Vivía feliz, vagando por las calles que conocía como la palma de su mano, en ella tenía amigos  y hasta el cariño y atención de la gente, que le llamaba al pasar; Juanillo le decían sonriente, y él contestaba estirando su sonrisa y  mostrando sus grandes dientes.
A  Juanillo le gustaba el día, cuando llegaba la tarde entristecía  y al acercarse la noche, la tristeza se tornaba en angustia; llegaba la hora de regresar a su casa; la última  covacha saliendo del pueblo, una choza de madera y palapa   llena de alacranes y otros bichos que en muchas ocasiones lo picaran o lo mordieran; el odiaba regresar a la miserable vivienda y, no porque en ella    tuviera como única pertenencia  un petate tieso tirado en una esquina  húmeda, donde  las gordas y grandes cucarachas  se subían sobre él y lo lamían cuando  dormía; ¡no!, el odiaba regresar porque  en esa casa, encontraría a Palemón, el padrastro, que balanceándose en una hamaca lo esperaba  sonriente, mostrando sus dientes sucios  y mirándolo, con unos ojos de perro, igualmente  amarillos; como todas las noches bebía de una botella de aguardiente  y al verlo llegar  estiraba la mano para exigirle las ganancias del día.
Juanillo entregaba cada una de las monedas ganadas durante el día;  si a Palemón le disgustaba  que Juanillo  no ganara lo suficiente, molía   a golpes a la madre, reprochándole el haber  criado un hijo tan flojo. Por eso él se esforzaba, para evitar que golpearan  a su madre.
En cierta ocasión, Palemón lo levantó más temprano que de costumbre,  lo tomó de la mano y se lo  llevó sin decir palabra alguna; pronto llegaron  a un lugar donde  trabajaban muchos  hombres, al parecer una obra en construcción.
Dirigiéndose a uno de  ellos, Palemón le dijo:
—Aquí le traigo a mi muchacho, como le dije, tiene el tamaño adecuado para el trabajo que usted requiere señor.
El hombre lo miró de arriba abajo y agregó:
—¡Es listo el muchacho!, donde trabajará  hay cables de alta tensión,  no quiero  que se me vaya a fulminar  y me meta en problemas.
—¡Qué va, es listísimo!, lo traigo a trabajar, porque necesitamos el dinero, su madre está enferma y no alcanza lo que yo gano. —Contestó Palemón, agregando: —a este chiquillo lo quiero mucho, no me gustaría que le pasara nada, pero es mucha nuestra necesidad.
Antes de irse y dejar a Juanillo en su nuevo trabajo,  Palemón pidió dinero al hombre, un buen adelanto, con lo que compró varias botellas de aguardiente.
Juanillo, un poco asustado recibió instrucciones para llevar a cabo el trabajo, sin ninguna protección lo subían  a un andamio, donde  gateando alcanzaba lo que le pedía un soldador.
Y pronto ocurrió la tragedia; Juanillo sólo toco un cable desnudo de 13 mil voltios, su cuerpecito  se incendió por un instante con una luz azulada que lo fulminó; el pobre  niño quedo  exánime con brazos y piernas quemadas.
Desde entonces muchos juran haber visto a Juanillo pasearse  por el  pueblo, pero ahora  ya no teme la llegada de la noche y vaga en la penumbra. Palemón fue encontrado muerto, no se sabe si del susto  o de una congestión alcohólica; lo encontraron podrido, en su hamaca; la madre había huido llena de terror y arrepentimiento al saber la noticia de la muerte de su hijo.



miércoles, 5 de noviembre de 2014

El cuento más terrorífico de México.


Había una vez, así empiezan los cuentos de hadas y príncipes encantados de final feliz; había una vez un reino o un país encantado, un país hechizado y controlado por temibles brujos o demonios que convertían sapos en presidentes. En este reino, donde el mal imperaba y mandaba por centurias; se cernía un terrible hechizo y no existía, pócima, ni hada madrina  que pudiera romperlo.
Los brujos tenían gran poder, eran una clase ancestral de criaturas al servicio del  Vaticano, llegaron con los conquistadores, tenían la  consigna de derrotar a los demonios locales que impedían el triunfo de las armas y el triunfo de la iglesia.  Vivían en la sombra y se alimentaban de sangre humana; dieron cuenta  fácilmente  de sus enemigos. Eran poderosos  y llenos de orgullo. Cuando cumplieron su cometido,  recibieron la orden de regresar, las más altas autoridades eclesiásticas se lo ordenaban y se negaron rotundamente, rebelándose  abiertamente contra las órdenes de la Iglesía; este era un mundo nuevo, y el largo brazo de la inquisición no lograría alcanzarlos. Aquí serían reyes y dioses entre   presas menores.

Eran temidos, el ejército conquistador prefirió hacer oídos sordos al pedimento de buscarlos y   hacerlos regresar por la fuerza y de negarse, destruirlos. Los dejaron marchar, hacer de las suyas,  y  vaya que si lo hicieron; al paso de los años  su sed  insaciable mermo tanto la población indígena, que el reino de español se alarmo,  la iglesia nuevamente envió por ellos para destruirlos.
La iglesia tenía métodos efectivos para esta clase de plagas malignas, anteriormente las había combatido y si, las dejó sobrevivir, fue para esclavizarlas y tenerlas a su servicio. Este grupo de criaturas al sentirse amenazadas se escondieron en lo profundo de la tierra y durmieron por largas décadas.

Cuando despertaron tenían una sed terrible y recomenzaron a beber hombres; pero habían aprendido la lección, se organizaron en  grupos  y disfrazados de hombres  se mezclaron con ellos. Cada grupo tenía un líder, la criatura más fuerte y longeva; ella los guiaba y controlaba su sed de sangre; quien no respetaba las reglas, se le castigaba de manera terrible.
Con el tiempo, el poder de los grupos de demonios se hizo inmenso, se habían dividido el reino en cotos,  donde gobernaban a su antojo;  se sentían orgullosos de la prosperidad lograda, donde se beneficiaban, no sólo ellos, sino la población entera  que engordaba de manera saludable para sus fines. Había tanto para beber, que unos cuantos saludables ciudadanos  que usaran para alimentar su terrible sed, era un mal menor.

Pero el cuento de brujos o demonios felices no podía durar para siempre; un grupo de demonios ambiciosos decidieron tomar el poder, primeramente desobedecieron las reglas que los mantuvieron por centurias creciendo y desarrollándose, al amparo de la oscuridad y el anonimato. Bebían hombres sin control, presas de una descontrolada sed. Se impusieron en otros territorios y en guerra fratricida, eliminaron a  demonios mayores; sabían que la forma de matarlos, era cortándoles la cabeza.

Con el tiempo, el reino o país hechizado, se convirtió en un bacanal sangriento, donde las reglas que preservaban el orden se quebrantaron para siempre. Los hombres, que se hicieron tan numerosos en los días de paz, sólo se les ocurría seguir reproduciéndose, una buena estrategia para preservar la especie. Veían la guerra azorados. Miles de humanos al servicio de los demonios morían como moscas, miles más, eran enrolados y también morían.

La guerra prosiguió, no pasaba nada irremediable, los hombres se reproducían  por millares, el daño colateral de la guerra entre demonios era insignificante, en nada mermaba la población, de la que bebían a placer  y cuando querían.
La iglesia había perdido fuerzas, no tenía el otrora  poder, prefería callar que ponerse en medio de la lucha; las  bestias privadas a su servicio no tenían las fuerzas para enfrentar tan poderosos demonios.

Algunos ciudadanos trataban de entender y comunicar a los demás sus temores,  se organizaron y llamaron a otros hombres a comprender la magnitud de la tragedia,  de comprender que sobre el reino se cernía el mal, la maldad y eran víctimas  de un poderoso hechizo que los hacía esclavos, presas  de criaturas malignas  que ostentaban el poder público y económico. Muchos de ellos fueron asesinados, apenas levantaban la voz, eran callados para siempre; los demonios en el poder, sentidamente declaraban que harían justicia, que el crimen no quedaría impune. Hicieron nuevas leyes  para engañar a los hombres, que confiados  se santiguaban frente a  ellas como  ante el libro sagrado de la salvación.


Los demonios luchaban por una tregua que les permitiera seguir viviendo en paz,  estaban seguros que los rebeldes y ambiciosos   comprenderían la necesidad de ponerse de acuerdo, para mantener el poder y seguir alimentándose  de los tan deseados y sabrosos humanos. Ellos preferirían, ellos prefieren  vivir así, en la libertad aparente que los organiza y les dice que cosa hacer. Mientras otra persona  sea   la  que chupan, la que muere,   la que desuellan,   la que matan o desaparecen; el reino es  un reino de paz; seguramente, si a mí, no me pasa nada, todo está bien, aunque vea con miedo que rondan mi casa.

martes, 4 de noviembre de 2014

Los videojuegos malditos




Quienes  han luchado contra el mal, comprenden perfectamente  su poder y omnipresencia, comprenden que las fuerzas del mal, las huestes  servidoras del demonio  utilizan todos los caminos para lograr nuestra perdición.
En tiempos pasados,  artefactos maléficos como la ouija, barajas y talismanes eran el conducto para llegar a nosotros y provocar nuestra caída y posterior   destrucción del espíritu y cuerpo. Muchos cayeron, muchos fueron víctimas del engaño,  hombres y mujeres  abrieron puertas terribles que los condujeron al hondo precipicio del infierno.
En los tiempos que corren, el demonio ha refinado sus métodos. El demonio conoce las debilidades humanas, sus ambiciones, sus pasiones, sus pecados y los deseos ocultos que hacen de los hombres, criaturas de perdición.  La maldad que personifica el demonio tiene inteligencia, la fuerza bruta ha quedado en la antigüedad, ahora sus métodos son refinados y se vale de la tecnología para llevarse a lo profundo del infierno nuestras almas.
La televisión, el cine se convirtieron en conducto para acercarse a nosotros,  la televisión   como una gran ventana que nos muestra las crueldades del mundo, sus horrores y crímenes, hasta que nos son tan naturales que ya no nos causan impresión alguna; la televisión  nos hace inmune al dolor ajeno, nos insensibiliza, inyectándonos, diariamente pequeñas dosis del crimen humano, hasta que nos es tan natural como el diario amanecer.
En el cine nos muestran  su presencia horrorosa; la cara del mal, la del demonio mismo, y nos suena divertida su risa terrible hiriendo los oídos y el alma; el cine nos enseña los horrores del mal y estúpidamente pensamos en la bonita ficción que se nos presenta para nuestra sana diversión; ese es el secreto del diablo y la más grande de sus armas, el hacernos creer que no existe, cuando gruñe a nuestro lado, sofocándonos con su pestilente aliento.
La ciencia, la tecnología le ha abierto las puertas de nuestra casa de par en par. Internet, la maravilla del siglo veintiuno es la más cercana fauces para muchos hombres de espíritu débil; él se acerca por  la red y los tienta, les susurra al oído  y les muestra maravillas que no conocían, se gana su confianza, hasta que por voluntad propia le entregan el alma.
Pero lo más terrible, donde el diablo reina de manera  absoluta, es en los videojuegos, allí es reino de pura maldad y muerte, destrucción y desolación; allí, entre algoritmos  brutales y malvados, entre códigos demoniacos, las huestes del mal viven a sus anchas, allí son fuertes, allí son poderosos  y esparcen su  maldad. Quienes juegan estos videojuegos, juegan con el demonio, el demonio los azuza a la violencia, en un mundo descarnado, donde la vida no vale nada; un mundo de videojuegos, una irrealidad que vacía  en nuestra realidad, transformado lentamente, pero inexorable  nuestro mundo, en copia perfecta de los videojuegos, donde se hiere, se mata, se destroza sin ningún remordimiento. Mira bien los videojuegos donde reina la maldad, en eso pretende  el demonio convertir nuestro mundo; y ya está ocurriendo, en muchos lugares reina el terror y la muerte sin que nadie se asuste  o sienta pena.


miércoles, 18 de junio de 2014

La leyenda de Slenderman


Me he reído de las leyendas que involucran lo sobrenatural, me he reído porque no creo en ellas, no creo en fantasmas ni monstruos  de closets, no creo en los individuos malévolos que secuestran y matan niños sin ningún motivo aparente.
Nunca he creído ni temido… hasta ahora… que me he adentrado  en este bosque infernal  donde dicen que  habita Slederman.  
Reí hasta dolerme la panza  cuando me lo dijeron. Nada más ridículo que la imagen de  un hombre delgado, de larga estatura vestido de negro que acecha a los niños para llevarlos consigo. Un hombre sin facciones de largos brazos  y,  tentáculos, que agitándose brotan de su espalda. Imagínense algo así,  antes que terrorífica, absurda la larga imagen parecida a  una sombra deforme que sólo puede existir en la imaginación ociosa de los desocupados.
La risa dio paso a la indignación ante la aseveración de la existencia de un ser de tal naturaleza. Los “yo lo vi” lastimaron mi inteligencia. El  “vive en el bosque”,  era insistente, señalándomelo, como se señala una puerta abierta a lo desconocido.
¿Qué hace ahí?  Pregunté, tratando de poner en mis ojos y gestos la  mayor incredulidad posible, casi podía ver mi rostro  de fauno burlándose de la locura e ignorancia de las aseveraciones.  Jamás lo creería, porque nunca me había encontrado cara a cara con criatura alguna que no naciera de un útero o un huevo. Las perores criaturas nacen de los hombres, me decía ufano, como experto conocedor  de la especie humana, de los monstruos humanos cuyo único aspecto sobrenatural se encontraba en la  maldad sin límite  anidada en su espíritu, igual que  virulenta enfermedad que al mínimo descuido  se vuelca pestífera.
¡Acecha a los niños! Respondieron, yo pregunté, ¿por qué a los niños?, precisamente en un bosque oscuro, donde lógicamente ningún pequeño se atrevería. Alguien contestó: ¡el bosque o una calle oscura, él siempre está allí!
De manera temeraria, no sin antes mirarlos, igual que a una turba de estúpidos, simples e ignorantes me dirigí al bosque. Este me tragó, me engulleron sus fauces oscuras hasta llevarme a las negras entrañas. A los pocos minutos me arrepentía de mi envalentonado  arrebato. A duras penas podía escudriñar en la penumbra y reconociendo mi error, decidí volver sobre mis pasos, nada había en el bosque, salvo los peligros naturales de sierpes y fieras. Slenderman, de existir, preferiría otro lugar que un bosque plagado de alimañas nocturnas.
Al  decidir la retirada y dar la vuelta, creí  ver la figura que   puso en alerta mis sentidos, al tiempo que un escalofrió recorría mi espalda. Se quieren burlar de mí, pensé irritado, la mejor medicina para el miedo es el enojo y puse en práctica tal receta. Seguí andando, mascullando una furia desdentada que no tenía la fiereza necesaria para infundirme valor. Ahora el corazón latía rebotando en mi pecho, valía poca cosa no creer.
Estaba ante mí, espeluznante sombra alargada, perfilada nítidamente   por el miedo que bullía en mis venas. Seguí caminando, no era cosa de correr, huir en sentido contrario a un lugar que no me llevaría a ningún lado. Al acercarme pude verlo en todo su espléndido horror. La criatura medía más de dos metros, a medida que me acercaba se estiraba alcanzando la talla de un árbol y, en su rostro sin facciones se pintó el horror de una bocaza de dientes afilados, del estrecho tronco surgían dos larguísimos brazos que terminaban en  arbóreas manos. Dedos, muchos dedos se agitaban, como se agitaban amenazadoras las protuberantes extensiones que me cerraban el paso.

Pasé junto a la larga sombra agitándola, no quise volver la mirada, no quise a pesar de la certeza del ataque. Pero no ocurrió tal cosa, pronto estuve fuera del bosque, donde la luz artificial me iluminó con la luz de la cordura. Slenderman me dejó ir, yo nunca más he podido dejar ir el mido que me consume, desde entonces evito los lugares oscuros y duermo con las luces encendidas, siempre a la espera del terror.

jueves, 12 de junio de 2014

La leyenda del niño sin cabeza




 ¿Cuántas veces la maldad humana supera los límites de la imaginación? La ambición, la pasión, el vicio, el pecado y la maldad son parte  de los tantos  ingredientes que transforman a los hombres en bestias capaces de las peores acciones.
¡La época en que vivimos es la fatal hora del mal!, nunca como ahora la maldad humana  se había  manifestado en toda su crueldad. ¡El hombre come hombre!, las víctimas del horror  son los seres débiles y desvalidos incapaces de defenderse. Las madres sacrificadas y abnegadas, las madres que en otros tiempos ofrecían la vida por la de sus hijos, ahora los sacrifican cruelmente.
Esta es la historia de una madre terrible que ofendió al cielo y a la tierra con sus actos inhumanos. Una madre que no merece llevar tal calificativo que es  sinónimo de sacrificio y amor.
Esta malvada madre de peor corazón que las hienas, peor que cualquier animal que se arrastre sobre la faz de la tierra,  cometió el terrible pecado de sacrificar a su hijo, envenenada por la pasión de un joven hombre se entregó sin recato al demonio de la infidelidad.
El marido ausente se había marchado a los Estados Unidos, trabajando duro  de jornalero enviaba religiosamente su mesada a la mala mujer. El dinero lo malgastaba  en complacer al amante que a sabiendas  de la pasión despertada abusaba de la pobre voluntad de la  mujer.
Una noche de tormentosa pasión, él le dijo que tendría que marcharse lejos, la angustia se apoderó de su maltratado espíritu, sintió que la respiración se iba, que la vida no tendría ningún sentido si su hombre se marchaba. Le suplicó llorando que la llevara, él contestó que un hijo era una carga muy pesada.
El plazo fatal corría, se iría lejos y nunca lo volvería a ver;  su hijo empezó a disgustarle, a pesarle, a verlo como el obstáculo insalvable que se oponía a  al sueño de marcharse con su amante. El niño sucio y hambriento llamaba a la madre que contestaba con insultos y golpes; la carita antes sonrosada, llena de amor y ternura mostraba  indicios claros de las vejaciones y golpes, ahora temía a la madre y la llamaba dolorosamente.
A un día de la partida; la locura se apoderó de la mujer, le había dicho  que los niños abandonados sufren mucho y no quería cargar en la conciencia con el sufrimiento del mocoso.  Una macabra idea cruzó borrascosa, se aposentó en su mente atormentada y creció inicua, salvaje; un demonio que defeca el mal en el cerebro de los débiles de espíritu.
Llegada la noche la mujer tomó un cuchillo y durante horas lo afiló. En la madrugada se dirigió al aposento donde el niño dormía.  Sin titubear, como si la esencia del mal moviera sus manos cercenó la tierna cabeza.
El amante la esperaba impaciente,  la pérfida y criminal le dijo por la mañana  que el problema del niño  estaba resuelto.
Al verla entrar una mala sombra aleteo fúnebre en el ambiente. Ella le mostró  eufórica la pequeña valija que portaba y le dijo: ¡el nene no se quedará para sufrir, jamás tendrá hambre ni frio!
Ardiendo en calentura, los ojos brillantes de excitación, abrió la valija  mostrando el tierno despojo y le dijo: ¡No te engaño, míralo, ya no nos estorbará!  Un grito de miedo vibró en el aire y aterrado  retrocedió dando traspiés. Entonces ocurrió un hecho  inexplicable que escapa al conocimiento  sobre la vida y la muerte, un hecho que apretó el corazón del amante,  le quitó la respiración y la vida;  el niño sin cabeza abriendo los ojos y extendiendo apremiante las  manitas  pedía de comer a su madre.
Más tarde, tres cadáveres serían encontrados, no hubo explicación para la escena dantesca de un niño decapitado, abrazado al cuello de la madre.


miércoles, 28 de mayo de 2014

La leyenda de la niña de piedra


 Siempre había estado ahí.  En el recuerdo colectivo del  lugar  la imagen de la niña de piedra  permanece indeleble a través del tiempo, los más viejos aseguran que en sus memorias aparece como un punto invariable y referencial.

Sobre una base de piedra la escultura semejante a una niña de largas trenzas y largo vestido se erguía solitaria. El monolito se había mantenía inmarcesible a través de los siglos.  Mirándola de cerca se podían apreciar los finos rasgos pulidos por el desconocido escultor cuya única referencia se encontraban en la firma igualmente desconocida: Alonso. Se leía en el pliegue de la  faldilla, en la parte baja, como queriendo esconder su existencia. Sandalias calzaban los pétreos pies que asomaban de la vestimenta, se adivinaba el pie reclinado y el otro firme como quien se dispone a iniciar la marcha. Las delgadas manos dobladas sobres los codos, en la postura que se adopta para recibir algo o como quien sostiene un invisible libro. El rostro de niña de diez u once años manifestaba felicidad en la sonrisa labrada y en los ojos vivos que dieron pie a la leyenda. La sonrisa plegada, apenas entreabierta, brindaba al observador el imposible acontecimiento de ver la punta de la sonrosada lengua vibrar de voz entre los labios de piedra.

La mirada, si es que se puede hablar de mirada en unos ojos  que a pesar de su dureza parecían tener viva expresión se observaban entreabiertos, mirando recatadamente al suelo, como si no se atreviera a mirar de frente por pudor o respeto.

Muchas personas, locales y extraños aseguran sentirse incomodas   ante la imagen de piedra, algunos sensibles dicen  sentirse observados, otros van más allá y pretenden haberla visto parpadear  y mirar fijamente. Los más atrevidos o borrachos la han visto descender, caminar ágilmente por los alrededores y retornar para  subir al eterno pedestal donde adquiere nuevamente la inmóvil consistencia sólida.

Un niño perdido en una noche fría regresó sano y salvo cuando ya se le daba por muerto víctima del gélido clima o una bestia salvaje. Cuando al niño se le preguntaba donde se había refugiado, el simplemente respondía: −La niña de piedra me ha cuidado. Ella me llevó a una cueva y me trajo por la mañana.
 La niña de piedra lleva muchos años en su pedestal, tantos que nadie  recuerda cuantos. Ahora están construyendo la autopista que pasará cerca de la localidad, he visto los ojos de la niña de piedra, los he visto tristes, ¿acaso presiente el final de sus andanzas y vigilias? ¿Una enorme máquina de acero triturá su cuerpo? ¿Se quebrará en pedazos y desaparecerá para siempre?

Aún recuerdo su cálida mano tomarme cariñosa del brazo y decirme tiernamente: ¡No tengas miedo, yo te cuidaré!


sábado, 3 de mayo de 2014

La leyenda del niño sicario


Un niño nos cuenta su terrible historia, un niño sicario  exterminador de vidas que manchó la pureza de su alma con el terrible pecado del asesinato.

“No lo niego he matado a muchas personas,  les  he puesto una bala en la cabeza o rebanado el cuello como a los cerdos. No lo hacía porque los odiara, simplemente me lo ordenaban, yo al principio  cumplía las órdenes  con asco y miedo. Con las manos temblorosas cortaba el cuello, mi impericia provocaba demasiado dolor y sufrimiento a las víctimas, creo que eso le divertía a los hombres que me instruían como alumno en la perversa escuela del mal, porqué reían a más no poder.

Pero pronto me acostumbré, la mano ya no me temblaba  y la escena dantesca dejó de causarme horror. En un día llegamos a matar ochenta hombres, yo me adelantaba a los mayores  para contabilizar un mayor número de víctimas como en un parque de diversión. Cuando cumplía  doce años  perdí la cuenta de los muertos por mi propia mano, me era imposible hacerlo, siempre estaba enviciado  con toda clase de drogas. Por increíble que parezca me sentía feliz, realizado, hubiera querido compartirlo con mis padres, que supieran en  lo importante que su hijo se había convertido. No recuerdo las noches y los días, ese tiempo lo pase en penumbras, casi sin darme cuenta de mis actos. Nunca reparé que apenas era  un chiquillo,  los veía con desprecio y superioridad cuando iban con su mochila a la escuela.

¿Por qué estoy aquí? Realmente no lo sé, no tuve malos padres, mi madre me amaba y mi padre trabajaba duro para que mis hermanos y yo la pasáramos bien. El diablo estaba dentro de mí, a corta edad empecé  a despreciar sus esfuerzos, portarme rebelde y faltarles el respeto. Un día los escuché que pagarían una deuda que los atormentaba,  estaban contentos, por fin lograron reunir lo suficiente para poder pagarla. Ese día tomé el dinero y salí de casa para siempre, me sentía suficiente y feliz por mi audaz golpe.

Vagué por días gastando el dinero hurtado a mis padres, hice migas con una banda de muchachos mayores, con los que me congracie contándoles  historias  de un pasado criminal inventado a mi medida, les dije que había hecho cosas terrible y, lo dije muy  convincente porque me creyeron.  Pronto subí de rango, ´ los mayores,   los jefes me veían con simpatía, les caía muy bien un mocoso ansioso de jugar al crimen. Como lo dije, me enseñaron a matar,  drogarme sin control, yo pensaba que mejores amigos no podía tener.

A los trece años me sentía un hombre mayor, como no sentirme, mi alma perdida estaba plagada de todos los pecados del mundo. Fue cuando ocurrió, un comando armado atacó nuestro cuartel general, no lo podía creer, éramos intocables y temidos, nadie osaba enfrentarnos. No sé porque me cogieron vivos y me llevaron con ellos, mis compinches yacían muertos, ellos siempre habían dicho: “Más vale vivir cinco años como rey que cincuenta como buey, ahora  la sentencia estaba cumplida.


Ahora estoy en un cuarto, no veo más que una silla y una mesa, en el piso un trozo de lápiz y un papel, los cogí y empecé a escribir, si ahora lo estás leyendo, es porque estoy muerto. Pido perdón a mis padres por lo que hice, tiene dos años que no los veo y no los veré nunca más, a ellos  y mis hermanos que nunca extrañé, los estoy extrañando más que nunca, estoy llorando como niño, no recuerdo haber llorado desde que salí de casa, no  lloró por mi  vida que pronto me habrán de quitar, lloró por la vida que pude haber tenido al lado de mis seres queridos.

La leyenda del jinete sin cabeza


 Diabólica criatura que a su paso deja su halo de maldad, conmocionando a los seres de Dios con su espantosa presencia. ¡De la negrura de la noche emerge como de las fauces del mismo infierno! El enorme caballo negro sobre el que cabalga, es la misma encarnación del mal, tan feroz y horrible como el jinete que lo azuza  con perversas maldiciones.

¡Quien lo escucha venir se paraliza del terror!, ¡el corazón se sacude en su pecho, la boca se  seca  y los músculos se niegan a obedecer! Pasa la negra figura trepidando la tierra que se estremece ante los cascos malditos que secan para siempre  el lugar que pisan. Quién ve pasar la maldita  figura puede recuperarse con el tiempo;  pero si el temible ser se  detiene por que percibe o huele  la maldad en el desdichado; de filoso tajo, rápido como la centella cercena la cabeza que rueda por el suelo, en tanto, el cuerpo negándose a caer, se cimbra expeliendo chorros de negra sangre. Con el arma homicida clava la horrible cabeza, la levanta en lo alto como un ángel maldito escapado del infierno. Entonces se inicia la cabalgata infernal, aullando feroz surca la noche, no sólo lleva el pavoroso despojo, lleva prisionera el alma del infeliz que arderá en el infierno.

Cuenta la leyenda, que este ente del averno, sus actos de suma maldad lo llevaron a convertirse en un terrible demonio. Un general homicida que gozaba con el dolor de sus víctimas. Comía el tierno corazón de los niños, el pechó de las mujeres hasta saciar su hambre. Cuentan que llegó a acostumbrarse tanto a esta clase de alimento, que él consideraba un manjar, que no probaba otra cosa que la fresca carne de los infantes.
Los hombres le temían y odiaban, el infierno le esperaba con impaciencia, le tenía un lugar reservado entre sus filas demoniacas.

Cuando murió fue decapitado, sus enemigos le temían tanto que  cortaron su cabeza para asegurarse de su muerte,  su sangre maldita reblandeció la tierra, esta se cuarteó y su cuerpo infame se fue  hundiendo lentamente  en un espantoso remolino.

¡Ahora surge  de la tierra  maldita  entre las llamas del infierno y supurando perversidad!, vuelve para cobrar venganza de los hombres y llevarlos a lo hondo del precipicio infernal.

jueves, 17 de abril de 2014

LA MUJER SERPIENTE





Estaba frente a mis ojos y no lo podía creer. Me negaba a aceptar la existencia de criatura tan horrorosa. Revolviendo mi mente y aguzando la visión  buscaba el truco, el fraude que diera descanso a mi intelecto. Nunca  he creído en historias de monstruos de closets, aparecidos o fantasmas  que a media noche aúllan su presencia.
Pero la criatura frente a mí me restregaba el lado oscuro de la existencia humana. Lo terrorífico que pueden ser algunos seres, de este mundo o del otro. La enorme serpiente se desdobló, había permanecido  quieta, escondida su cabeza entre sus anillos, pero ahora erguía su largo cuerpo  mostrando su testa  humana, si algo de humano podía haber en aquella bestia demoniaca que nos miraba visiblemente contrariada, al parecer habíamos interrumpido su descanso o su cena como nos dimos cuenta poco después; desencajando su fiera boca el animal regurgitó  asquerosamente  lo que debió ser su presa, posiblemente un pequeño primate  u otro animal  imposible de reconocer, estaba a medias digerido y cubierto de viscosos fluidos.
El inimaginable aspecto de aquella faz humanizada por facciones semejantes a las del rostro de una mujer  se volvió contra nosotros amenazador, habíamos invadido  su espacio  y la criatura parecía estar dispuesta a hacernos pagar caro haberla molestado en su descanso. No era hora del espectáculo y en plan de travesura nos introdujimos en la carpa  de la mujer serpiente por la parte posterior y, ahora estaba  frente a nosotros, horrenda y real; tenían razón quienes argüían que el diablo nos engañaba haciéndonos creer que no existía, quien estaba frente a nosotros era un demonio, un verdadero demonio de maldad, se apreciaba en los ojillos y en el gesto  repugnante y de desprecio que marcó  su rostro.
Para el colmo del miedo y el desconcierto nos dijo: ¡Qué quieren!, la voz silbante hirió de tal manera nuestros  oídos que terminó por acobardarnos.  El rostro de mujer estaba tan cerca de nosotros que podíamos sentir su pestífero aliento. Pequeños ojillos orientales sin cejas ni pestañas, dos orificios en la nariz,  una boca larga que se dilataba cuando se lo proponía, pronunciado mentón que le daba el toque femenino de una diablesa. Las escamas descendían  por lo que debía ser el cuello, primero minúsculas y después, en el  bífido cuerpo de mayor grosor y tamaño.
¿Quieren que les cuente la trágica historia de cómo me volví la mujer serpiente? ¿A eso han venido? ¿No es verdad?
¡Cómo no pagaron su boleto de entrada, interrumpieron mi cena y mi descanso, tendrán que recompensar mi esfuerzo.
¿Por qué soy la mujer serpiente? ¿Por qué me convertí en este terrible monstruo? ¡Un monstruo que a ojos de quienes me visitan no es más que un truco de engañifas!, ¡Ha ja ja ja ja ja ja, la gente no cree en diablos ni brujas aunque estén frente a ellos a punto de comerlos!
Se nos heló la sangre, paralizados escuchábamos a la bestia, en verdad mi cerebro se negaba a creerlo, aún ahora no estoy del todo cierto si lo ocurrido no fue más que una histeria colectiva, una alucinación en grupo de la que tanto se habla en sicología.
La mujer serpiente se mostró en toda su ferocidad abriendo horriblemente la bocaza. Era irreal  cuanto acontecía, creímos que empezaría a devorarnos cuando vimos su largo cuerpo  junto a nosotros.
El monstruo sólo exclamó: Siempre se empieza desobedeciendo. Yo también empecé  con pequeñas maldades que más tarde fueron aberrantes actos criminales.  Ahora tengo que alimentarme de carroña y animales muertos, no niego que se me apetecen criaturas como ustedes, huelen delicioso.
Deben saber que por mis actos  fui condenada a la miseria de este cuerpo monstruoso. Destruí a mi familia, a mi madre la devoré durante días saboreando sus entrañas, sus dulces entrañas. Cuando terminé me vi en la forma que ahora ustedes ven, condenada a arrastrarme  por el suelo y condenada a narrar mi desgracia para escarmiento de los demás.
La mujer serpiente  abrió tan grande su hocico que tuve la impresión que nos engulliría de un bocado.
Corrimos, corrimos como alma que persigue el diablo, no paramos de correr hasta estar seguro que el terrible monstruo estaba demasiado lejos, en su carpa, volviendo a engullir la cena que interrumpimos.

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