jueves, 28 de noviembre de 2013

LA LEYENDA DEL CARRUAJE DIABÓLICO


En tiempos de la colonia existió un caballero de horca y cuchillo, dueño de enormes extensiones de tierra  que eran labradas por campesinos esclavizados por la tiranía de este hombre que respondía al nombre de don Pedro Cortés Martínez.

Don Pedro  era un hombre cuya crueldad había ganado merecida fama, el Virrey lo sabía pero le temía y lo único que hizo fue informar de ello a los reyes de España, pero la lejanía, los asuntos de estado y por considerar que los indígenas tenían menos valor que un caballo permitían las atrocidades de don Pedro.

Como muchos españoles, consideraba que podía hacer de sus posesiones lo que le diera en gana, incluido los pobres indígenas que tenían la mala fortuna de estar a su alcance; despreciaba a los indígenas mexicanos por considerarlos bestias de carga, pero gustaba de las jovencitas a las que poseía a muy corta edad.

El poderoso cacique se trasladaba en un suntuoso carruaje negro  tirado por   caballos también negros que causaban temor  a su paso, el cochero tenía instrucciones de arroyar  a los indios que tenían la falta de educación de atravesarse en su camino, muchos cayeron bajo las patas de los caballos y aplastados por las ruedas del carruaje.
Cuando una jovencita indígena embarnecía y su belleza despuntaba de manera notoria, don Pedro ordenaba a su cochero conducirlo al jacal donde la niña vivía con sus padres, allí, sin misericordia destruía su pureza.  Muchas doncellas mancilló don Pedro, quienes se oponían a sus deseos  morían bajo las llamas al ser incinerada la pobre choza, familias enteras fueron quemadas ante la vista ruin del mal hombre que reía a carcajadas  al escuchar los aullidos de dolor.

Cuentan que en una ocasión en  que iba en su fastuoso vehículo, al asomarse por la ventana miró una hermosa muchacha en la flor de la edad, al verla don Pedro, el demonio del deseo lo poseyó, las formas y la voluptuosidad de la joven lo enloquecieron y lo acometió una enorme urgencia por poseerla. Don Pedro ordenó averiguar donde vivía, pero nadie la daba informe y esto lo enardecía llenándolo de  furia.

Cuando la volvió a ver iba con una vieja, en realidad la vieja siempre la acompañaba, el terrateniente sólo cayó en cuenta de ello al prestarle atención, ordenó a su cochero detenerse y con los ojos inyectados de celo animal se le acercó, era tanta su urgencia que la hubiera poseído allí mismo.

─¿Dónde viven? ─increpó con su tono autoritario. La vieja lo miró sin  responder.
Cuando don Pedro volvió a preguntar,  lo hizo acompañando la palabra de un furioso golpe que hirió la mejilla de la vieja.  Estaba furioso, le pareció impertinente la mirada y vociferando le ordenó que no levantara la vista. Muchas miradas estaban atentas, lo miraban con una mezcla de furia y miedo. Lo temían, pero más lo detestaban.
─¿Dónde vives maldita india?, ¡estas tierras me pertenecen, todo lo que hay en ellas me pertenece¡ Puedo tomar tu vida ahora mismo si así lo deseo, te he preguntado ¿dónde vives?, ¡maldita sea responde!

─Allá, allá, tras las lomas,  donde se juntan los ríos ─contestó la vieja, temblaba en la comisura de sus labios el temor o la furia, en sus ojos cintilaba el brillo de la indignación, que sólo brilla en los seres que han nacido libres.  La jovencita aterrorizada lloraba, don Pedro acaricio su barbilla para calmarla, logrando el efecto contrario, saltó hacía atrás como si la hubiera acariciado el mismo demonio.
El mal hombre se marchó, lo que  llevaba en mente, el mismo maligno se lo susurró al oído.

Había ordenado que siguieran a la vieja, muy pronto le informaron el lugar exacto donde vivía, le informaron también que la mujer era una poderosa hechicera, una nahual temida por sus congéneres. Don Pedro se rio, con su risa había sellado la suerte de la mujer y mientras reía la imaginaba chillando en medio de las llamas.

Don Pedro Cortés Martínez llegó con su carruaje frente al humilde jacal, el pinchazo del deseo se inflamó aún más al mirar al motivo de sus deseos  recién aseada, escurriendo agua del sinuosos y delgado cuerpo. Se bajó de un salto. Ya sin ningún recató tomó a la muchacha que empezó a gritar, apenas la vieja asomó la cabeza fue apresada. El hombre mancilló la  pureza de la joven frente a la vieja una y otra vez hasta saciarse, hasta que quedó inmóvil y con los ojos abiertos mirando el vació de la muerte. Sin ningún remordimiento, por propia mano prendió fuego al jacal, estuvo mirando, esperando escuchar los gritos  de dolor de la vieja, decepcionado, no escuchó otra cosa que el crepitar de la madera seca al arder.

Cuentan que don Pedro, por su proceder, muy amigo del maligno debía de ser. Torturaba y mataba a placer, violaba y pervertía sin ningún freno. Pero como el demonio, debía estar ansioso por poseer tan negra alma, o como a todos los seres creados, lo movía el interés mezquino, pactó con la vieja bruja que era un nahual, un demonio del antiguo México, entregarle a don Pedro, a condición de prestar sus servicios acarreando las almas perdidas al infierno.

Don Pedro había ordenado al cochero preparar el carruaje, se ponía la tarde e iba en busca de una linda jovencita de trece años que días atrás le había inundado el pecho de placer; se subió al carruaje y ordenó al conductor se pusiera en marcha. Don Pedro se refocilaba, saboreando de antemano el placer de la miel joven y pura  que  pronto probaría.

Tras varios minutos de avanzar, abrió la ventana, el paraje desconocido lo intrigó antes de alarmarlo, llamó al cochero a grandes voces preguntando donde se encontraban,  al no recibir respuestas se encolerizó, abrió la puerta y espetó al conductor con voces amenazantes.  El conductor volvió la cabeza horrorizándolo, la vieja india horriblemente transfigurada lo miraba  fieramente, su carruaje había cambiado, los caballos  se transformaron horriblemente en bestias del mal que relincharon furiosos. Don Pedro se encerró en el coche, se asomó por última vez por la ventana y lo apesadumbró el desolador paisaje, sabía que caminaban por los caminos del mal, los caminos del infierno, rumbo al lugar donde pagaría eternamente sus culpas. Quiso gritar, empero  de su boca no brotaron palabras, sólo enormes culebras, sapos y terribles y asquerosas alimañas, de sus narices gordos gusanos que caían a sus pies; supo entonces que ya se encontraba en el infierno y los demonios pronto lo recibirían gozosos.


lunes, 11 de noviembre de 2013

La leyenda del caballo del diablo.





No se sabe a ciencia cierta el origen de esta criatura terrible del mal, una bestia de la noche escapada del mismo infierno; un demonio en forma de caballo que cabalga en las noches oscuras en busca de seres humanos  cuyas almas han perdido al llevar a cabo actos de suma maldad.

El caballo es negro como el mal de gran alzada, los ojos fulguran fuego y maldad. Al correr sus cascos despiden chispas y queman la tierra que pisa, dicen que  nunca jamás  la hierba nace en esa tierra maldita.

Quienes tiene el infortunio de escuchar su relinchido los fulmina el espanto, el corazón se detiene, encanecen y enferman de muerte. El caballo olfatea el mal, su malsano olfato lo conduce hasta la podredumbre del alma humana, donde el pecado  y los malos actos la han podrido y ya  corrompida apesta   más que la carne de animal putrefacto.
El enorme caballo  se muestra a los pecadores, a quienes han perdido su alma, a quienes huyen desesperados de la ley o de  sus pérfidos actos. Se muestra en toda su ferocidad, relincha y se para en dos patas amenazador; los ojos son cuencas donde refulge el fuego del infierno y por las narices arroja azufre hirviendo. 

Quién ha perdido su alma no ve la maldad más  pura frente a sus ojos pervertidos por el pecado  y se acoge a la protección de la bestia del mal que huye con su carga relinchando horriblemente, perdiéndose en la noche y en la entrada  del infierno que se abre como una gran fauces en tierra maldita.

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