lunes, 21 de octubre de 2013

Cazador de almas




Nuevamente me despertaba en la hora más pesada de la noche, la hora en que los malos espíritus muestran su terrible faz; la hora en que los demonios son liberados para causar males en el mundo; por alguna causa terrible a los hombres los ángeles guardianes por un instante  abren la puerta del mismo infierno y soplos de maldad escapan para atormentarnos.
Todo estaba negro, abrí los ojos lo más que pude  buscando una chispa de luz, pero la oscuridad se lo  había tragado todo. Era la misma hora, siempre me despertaba a la misma hora, era ese hedor insoportable la causa de encontrarme despierto en esta hora terrible.

¿De dónde venía el hedor?, no lo sabía. Acostado en mi cama me había faltado valor para averiguarlo. Todas las noches me despertaba a la misma hora, en la oscuridad total. Volvía los ojos de un lado a otro buscando la causa del hedor. Mi imaginación  me jugaba malas pasadas, en una esquina creía encontrar un bulto, inmóvil, mirándome como quien mira a su presa. Al paso de los minutos me acostumbraba a la poca luz y la hedionda imagen adquiría   temible forma. Huía, mi mirada despavorida ante la horrenda aparición que iba adquiriendo forma humana.

Esta noche el hedor resultaba insoportable, el olor de un depredador, un cazador que se solaza entre los restos putrefactos de sus víctimas —así deben oler las hienas cuando entre sus fauces roen un cadáver—, pensaba aterrorizado, desorbitando los ojos del miedo. Un inusitado golpe de valor  me obligó a sentarme; el piso frio y la presencia helaron el poco valor que latía en mi corazón. Sentado la miraba de frente,  ¡ya no tuve duda!, la bestia hedionda me acechaba esperando la oportunidad para atacarme.
Ahora sentado frente a la bestia faltaba el valor para darle la espalda; la certeza que al menor descuido saltaría y me destrozaría me invadía profundamente. Se hartaría de mi carne, me dejaría podrir para lamer el asqueroso  jugo que escurriría de mis venas alimentando su insoportable pestilencia.

¿Estaría dormido?, me llevé las manos a la cara y me restregué tratando de aclarar la vista; ahí estaba, solamente una sombra, un bulto inanimado, me dije, torciendo una sonrisa tranquilizadora que se convirtió en horror; en la mala sombra brillaron dos brazas de pavorosa maldad. Se acercó lentamente, la hediondez era insoportable, el olor del mal despiadado atenazaba mi alma en la forma temible que me sacó un alarido de las entrañas junto con mi alma que aquel demonio se llevó.


martes, 15 de octubre de 2013

Historia de brujas




Llegaron  por la noche,   tres hermanas de aspecto lúgubre que apenas  tomaron posesión de la vieja  casa embrujada, anunciaron a los cuatro vientos su profesión.
¡Somos brujas  y curamos toda clase de enfermedades!, sanamos el cuerpo y el alma, deshacemos “trabajitos”, ¡si a usted no le rinde el dinero, si se siente enfermo y cansado no dude en venir a vernos, no se arrepentirá!
Las tres realmente parecían  brujas, a  una de ellas, incluso,   un ojo de canica le bailaba  en una cuenca marchita y,  las tres presumían la curva nariz que debe tener  cualquier mujer que se precie de bruja de buena casta.
Marta, Manuela y Matea  realmente espantaban de feas, muy temprano o por la tarde cuando oscurecía se les podía ver salir; las tres de rebosos negros cubriéndose los feos rostros plagados de arrugas, nunca cruzaban palabras con nadie más que para cuestiones estrictas de negocio; quienes lo hicieron aseguraban llenas de asco que las brujas apestaban mucho más cuando abrían  la boca, como si tuvieran un gato muerto en la panza, allí mismo se podía ver lo que quedaba de los dientes  como moscas paradas en las encías negras. No tardaban demasiado,  pronto regresaban con el mandado mirando desconfiadas a los lados.
Su casa  día y noche recibía la  visita de los desesperanzados, los  que buscan  la cura para los  males que padecen y que  en otros lados no han podido encontrar. Las personas salían sonrientes con los frascos   mágicos que habría de curarlos.
Las brujas  pronto ganaron merecida fama, no eran cualquier bruja  que estafaba presumiendo sus poderes; corrían los rumores de enfermos que sanaban milagrosamente de enfermedades de muerte; un anciano recuperó la vista, un inválido    se levantó de su lecho, para el colmo, contaban de un resucitado, un hombre que llevaba dos días de muerto y que se levantó a seguir bebiendo para morirse más tarde.
Tuve la oportunidad de verlas trabajar, mi tía solicitó sus servicios, a decir de mi tía la mala fortuna la acosaba sin descanso y un dolorcito que traía encajado en un costado, por otra parte los gatos se arremolinaban en su casa y los perros le ladraban al pasar.
Las brujas comenzaron su labor con mi tía danzando a su derredor,   la empapaban  de mescal que arrojaban resoplando ruidosamente, pasaron a darle una buena azotaina  con un mazo  de yerbajos mientras empezaron a murmurar cosas que no entendía y a voltear los ojos de tan fea manera que me dio mucho miedo. Mi tía se estremeció, se puso tiesa y echó la cabeza hacía atrás empezando a pujar como si hiciera un gran esfuerzo; las brujas  se tornaron amenazadoras, gritaron   como si pelearan con alguien hasta que mi tía se calmó y quedó con la boca bien abierta por donde   empezó a salir un negro humo como cuando el abuelo fuma puro, luego salieron sapitos por docenas  y culebras negras que apenas saltaban eran atrapados por alguna de la brujas en frascos de vidrio.
Iba en quinto de primaria, conocía letras y números,  en la escuela nadie me ganaba con la raíz cuadrada  y las ciencias naturales, por eso sigo pensando lo que hacían esos animales en la panza de mi tía.


La leyenda del Narval




Hace cientos de miles de años, en un mundo perdido en  el tiempo, en una era de misterio y magia; cuando los dioses todavía  vivían en la tierra , en las altas montañas y en el fondo del mar. En esta tierra habitaba la tribu de narvalia, en los bosques de Nirva colmado de gigantescos árboles que tocaban las nubes; este bosque iniciaba en la costa, junto a las encrespadas olas, en un camino de días para llegar a la cumbre. Existía otro camino, un acantilado tan inmenso que sólo las grandes águilas de pico dorado se atrevían.
La tribu de los narvales estaba formado por criaturas hermosas que gustaban de la paz , criaturas maravillosas de gran blancura, pero  tan elusivas que los  hombres sólo conocían su magia   y belleza por obra y gracia de la fama. Los narvales se distinguían de otras criaturas por un largo cuerno de forma perfecta helicoidal al que se atribuían poderes mágicos. Quien atrapara un narval y tuviera el cuerno entre sus manos se le concedía el deseo que pidieran.
Un rey poderoso ordenó atraparlos, no quería el cuerno de un narval, los quería todos. Hombres ambiciosos, magos y hechiceros partieron en busca de los narvales, mas todo era infructuoso, hasta que una negra criatura les reveló el lugar donde podían encontrarlos.
Pronto los narvales fueron perseguidos hasta el exterminio, cuentan que los pocos que quedaban se lanzaron por el acantilado, pidiendo el deseo de huir al mundo marino, deseo que se les concedió, convirtiéndose en criaturas marinas que prefieren las frías soledades, lejos de los hombres.

Receta para convertirse en vampiro.




Les voy a revelar un secreto, no es un secreto cualquiera, ni para oídos medrosos y pobres espíritus.
A mí me fue revelado hace mucho tiempo.  Me encontraba enfermo y débil, desesperanzado me preparaba para una muerte cruel y miserable, fue cuando me entregaron el secreto,  la receta que me salvó la vida y me hizo una criatura  fuerte que ha vivido muchos, pero muchos años.
Soy un vampiro, vivo de noche y le temo a la luz del sol, pero es el precio justo que se paga. ¿Pero cuál es la receta para convertirse en vampiro? ¿Qué te muerda otro vampiro? ¡Eso es  charlatanería! Si quieres convertirse en vampiro debes desear con el alma ser vampiro.
Antes que nada necesitarás tres murciélagos vampiros que se  hayan alimentado de sangre, los que comen frutos no sirven.
Los vampiros los secarás al sol y los molerás hasta que sean polvo fino que guardarás en una bolsa.
Debes buscar mandrágora, debes buscarla bajo una ceiba donde hayan colgado  a un inocente, debe ser en luna llena y a la media noche, escarba con cuidado y ten a la mano un saco que al sacarla de la tierra la mandrágora intentará escapar soltando chillidos espeluznantes, ármate de valor y atrápala, si no tiene forma humana déjala ir y sigue buscando hasta encontrar una que si tenga forma humanoide.
La mandrágora es el ingrediente principal, si la encuentras, casi lo has conseguido y si llevas acabo las instrucciones pronto serás un vampiro con todos sus atributos.
Es necesario una gallina negra que debes corretear por tres días  hasta que desfallezca y con ella fabricar un   caldo blanco.
Lo mismo debes hacer con un chivo, lo corretearás tres días, el chivo enflacará y  también harás un caldo blanco.
Retirarás la carne y atrapando con cuidado la mandrágora que intentará escapar la  hervirás  en el caldo, las mandrágoras son muy resistentes intentará escapar del caldero, no dejes que lo haga. Cuando la mandrágora desista  de escaparse se tenderá en el fondo y dejará escapar su energía mágica en el caldo, es en ese momento que debes usar el polvo de murciélago, debes dejar hervir por un tiempo, cuando el menjunje adquiera color de sangre debes envasarlo.
No es necesario recordar que la poción debe realizarse en caldero de barro, evitar el metal.
Debes buscar un lugar oscuro, muy oscuro, sin testigos que te puedan perturbar, por la noche beberás el brebaje sin respirar  y te tumbarás en la cama, donde dormirás por seis meses, al despertar serás todo un señor vampiro, que evitará la luz del sol y tendrá sed de sangre todo el tiempo, te querrás ver en el espejo, pero nunca más lo podrás hacer, tu figura ya no tendrá reflejo.


El asesinato del extraterrestre





Voy a contarles un hecho sorprendente ocurrido hace algunos años, allá por la década de los ochenta, en una pequeña  localidad  enclavada en lo alto de la sierra. Cuentan que en el pequeño pueblo de apenas un centenar de habitantes sufrían de continuos abusos por parte de las autoridades y por si no bastara, grupos subversivos que abundaban en la región los acusaban de gobiernistas.

En una  madrugada fría de invierno, cuando el sueño es más profundo y reparador se escuchó un gran estruendo, una explosión que no sólo sacudió  los jacales,  si no también cimbró la tierra  y derribó los pinos añosos y grandes; los habitantes se despertaron espantados y salieron a husmear para saber que ocurría.

A lo lejos se observaban arder los árboles, inmediatamente se organizaron para apagar el fuego que en  aquellas zonas se puede tornar incontrolable.

Al llegar al lugar ya había amanecido, se miraba la desolación causada por un gran impacto que derribó y calcinó más una hectárea de zona boscosa, de la deflagración y el  fuego sólo  quedaban las cenizas y un cráter donde se podían ver anidados los escombros de lo que pensaron debió ser un avión accidentado.

Pero lo más extraordinario era encontrar una inerme criatura; un extraterrestre dijo un muchachito leído y que conocía el cine. Entre todos lo cargaron y lo llevaron al pueblo; iban temerosos de encontrarse a los soldados, o para su mala suerte a los alzados que los acusarían de andar ayudando al enemigo.

Deliberaron sobre la situación, llegaron a la conclusión que no les convenía  que llegara el gobierno preguntando por lo que pasó, ya sabían que pasara lo que pasara, ellos siempre salían perdiendo.

Una cuadrilla de hombres fue al lugar del siniestro y enterró lo que quedaba, los más bragados llevaron a la extraña  criatura de cabeza grande,  piel blanca y ojos saltones a lo profundo del bosque, un lugar desconocido donde ni los alzados  se atrevían. Allí destrozaron al pequeño hombre a machetazos, hasta hacerlo cachitos. Levantaron los restos y tomando caminos diferentes arrojaron los restos en diferentes barrancos.
Esa es la historia que me contó el comisario del pueblo veinte años después de lo ocurrido, como señal  de la verdad me mostró un radiante trozo de metal; él me dijo que en las noches oscuras el metal adquiere brillo propio.

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