miércoles, 11 de septiembre de 2013

El conductor




Estoy manejando mi automóvil, creo que llevo horas haciéndolo, quizá días, realmente no sé cuánto tiempo ha transcurrido, no sé cuánto tiempo llevo manejando sin parar, realmente no puedo parar, no encuentro donde parar, una fuerza poderosa me impulsa a seguir manejando eternamente.

Algo que siempre me ha incomodado es el tener que parar por gasolina, mas si voy de prisa, ahora  mi auto parece tener un deposito inagotable de gasolina y se mantiene lleno a pesar del tiempo y los kilómetros conducidos.
El paisaje es gris, delante de mí se abre una larga carretera que parece no tener fin, no encuentro autos en el camino, al parecer es una carretera destinada para  que yo conduzca y conduzca si parar.

He pensado que así debe ser el paraíso de los conductores, ¿pero por qué no?  Tal vez el infierno.  Un castigo a las culpas, el de manejar y manejar sin parar, sin tener destino ni descanso.

Habrá de pasar un año, siglos o la eternidad misma y,  yo seguiré conduciendo  con la  calma y la monotonía que el  castigo  me impone, por siempre despierto, los ojos fijos en la negra carretera que  va y va hasta el fin de los tiempos, si es que existe el fin de los tiempos.

La leyenda del espejo maldito





Mía  tía  lo había comprado, apenas lo miró en aquel bazar, la invadió una gran angustia por adquirirlo, una locura que no la hizo parar hasta que el espejo estuvo en su habitación.

El espejo era grande, creo que muy grande para un espejo, mi tío que  era muy alto y robusto cabía holgadamente en el.

El marco   macizo de madera fina  con ribetes dorados  en forma de plumaje que destellaban a la menor huella de luz lo hacían lucir elegante,  pero   la cabeza de buitre que lo adornaba y las  cuatro patas  con  forma de ave de rapiña lo hacían lucir  amenazador;  cuando lo vi entrar por la puerta de esta casa  el corazón   se me estrujo y el estómago se me descompuso como cuando me subieron  de pura maldad a ese juego mecánico que daba de vueltas; mas lo peor  fue verme reflejado de cuerpo completo, creí que el maldito espejo me robaría el alma, entonces sí que la resistencia me abandonó y caí desmayada.

A partir de entonces decidí no acercármele , la buena suerte para mí fue que mi tía ordenó que fuera directo a su habitación, estaba ansiosa por mirarse, admirando ese cuerpo, esa cara que descomponía a los hombres cuando la veían pasar.
Dicen que mi tía era muy delgada y poco agraciada, que muy joven se había casado, pero que apenas lo hizo ganó talla y carne de tal forma y en tales lugares que quedó hecha una verdadera prenda. Por eso una de sus satisfacciones mayores era mirarse, más que mirarse, admirarse de la belleza ganada y que careció cuando jovencita.

Mi tía siempre fue extraña, sobretodo no veía con malos ojos la admiración que causaba en los hombres; cuando  mi tío salió de viaje, ella los pasaba a platicar a su habitación y por el ruido que hacían se notaba que se divertían mucho. Ella no se cuidaba mucho de mí, apenas notaba mi presencia, siempre arrinconada en algún lugar de la casa, lo que ella no sabía, lo que nadie sabía es que yo oía y sabía todo lo que sucedía  en esta casa; por eso  nadie como yo empezó a darse cuenta que las visitas de mi tía escaseaban y que por días enteros no salía de su habitación.

Una tarde sin poder contener mi curiosidad  y venciendo mi miedo me asomé a la habitación. Mi tía estaba desnuda acariciándose  frente al espejo, la oí ronronear de placer cuando del espejo se extendieron negras alas que la fundieron en un abrazo sofocante y caliente.

Cuando mi tía murió fue necesario derribar la puerta, yacía desnuda  con los ojos abiertos alegres de placer,  había perdido la carne y la grasa  que la hicieron bella, estaba flaca como en sus peores años y el espejo más robusto y brillante, nadie más que yo sabía lo que había ocurrido, el maldito espejo había devorado su alma y su cuerpo.


El brujo





Venía gente de muy lejos, de ciudades lejanas, de otros estados y hasta extranjeros güeritos   del otro lado del mundo, de las "europas" como lo decía mi abuela. Todos venían cargados de esperanzas, con  muchas ganas  de escuchar lo que querían oír. Yo los veía pasar con caras tristes, abatidos y flacos,  todos traían en el cuerpo un mal dañino que los consumía, algunos apenas de pie empujados por parientes cansados  de la larga caminata, de buscar lo que la ciencia médica les había negado, todos ansiosos de encontrar por fin la cura para el  terrible mal que los consumía.
El Brujo, como lo llamábamos nosotros, los que lo buscaban preguntaban por el nombre que más le convenía a su esperanza, no vivía en un jacal en las orillas del pueblo, el Brujo vivía en pleno centro en una casa de dos niveles, siempre alhajado  y bien vestido; tampoco se rodeaba de mujeres, él gustaba de los muchachos que le manejaban su bonito automóvil.
El Brujo siempre tuvo una fila interminable de "pacientes" que lo buscaban para curarse de todo tipo de dolencias, nunca faltará en esta tierra quién las padezca o quién quiera que otros las padezcan.
La fila de  "pacientes" terminó cuando los soldados se llevaron al Brujo, las autoridades llegaron de madrugada, derribaron la puerta y lo sacaron en paños menores junto con sus chamaquitos y se los llevaron con rumbo desconocido, también se llevaron las grandes maletas de las que se dijo   estaban repletas  de dinero.  Después    los periódicos gritaban a todo pulmón que habían detenido al jefe de una banda de peligrosos secuestradores.
Muchos despistados todavía llegan   preguntado por el Brujo, no conozco la dirección para enseñarles el camino, de lo que si me pude enterar  más tarde , es de otro brujo en la salida del pueblo que "curaba" por la mitad del precio. Estoy seguro que pronto podrá comprarse una casa de dos niveles y un bonito coche.

El perro negro




En mi pueblo, a pesar de los años que han pasado se recuerda la historia del "perro negro", "Diablo" lo llamaba su dueño,  el perro era enorme, mal encarado y de amenazantes colmillos que enseñaba al menor motivo.

Nadie osaba acercarse a don Juan sin previo aviso, el perro erizaba los pelos y en actitud amenazadora  gruñía fieramente; hasta que don Juan con voz firme le ordenaba calmarse. "Diablo" siempre lo acompañaba, nadie lo llamaba así más que su dueño, la gente le decía el "perro negro" de don Juan.

Cuando don Juan jugaba barajas en la cantina el "perro negro"  se mantenía a sus espaldas, echado pero vigilante, con la lengua de fuera, cesando y babeando  por el calor.

En una ocasión un borracho que había perdido en el juego intentó agredir a don Juan, el "perro negro" dio tal salto  que poniendo su pesado cuerpo sobre el pecho del hombre lo derribó, ya en el suelo antes que nadie pudiera hacer algo, si es que alguien quisiera   intentarlo, le destrozó la garganta muriendo en el acto; don Juan llamó a su perro, sacó su pistola y disparó en varias ocasiones sobre el difunto que yacía en un charco de sangre con el rostro crispado de un miedo que se llevó a la tumba.
El perro y don Juan eran inseparables, la gente les temía  y murmuraban que el mal yacía en el perro, no dé en balde don Juan lo llamaba "Diablo, que ese debería ser su verdadero nombre.

Don Juan montado en el caballo y el "perro negro" siguiéndolo,  acechando un posible enemigo que de las sombras atacara a traición, nadie lo intentaba, temían a don Juan y un tanto más al perro que en la oscuridad le brillaban los ojos como si dentro de él llevara ardiendo lumbre  del mismo infierno.

Un día que llovía,  don Juan tuvo que ir al pueblo vecino por asuntos de negocio,  San Miguel no estaba lejos,  a los dos pueblos los dividía un puente de madera con un pequeño río, mas al regresar el río se miraba crecido y el puente derribado, don Juan como era atrabancado se echó con su caballo al río mientras su perro le ladraba desesperadamente. ―Tate quieto "Diablo", hay luego me alcanzas―  le dijo al perro que no paraba de ladrar. En pocos minutos alcanzó la otra orilla, "Diablo hizo varios intentos por seguirlo, pero la fuerza del agua se lo impedía.

Para cuando "Diablo" atravesó el río ya era demasiado tarde, a don Juan lo estaban esperando en la entrada del pueblo, no le dieron ninguna  oportunidad de defenderse; el perro negro, el enorme animal   encontró a su amo tirado en el camino, le lamió la cara y aulló de dolor, la gente que lo escuchó se santiguo espantada y cerró sus puertas.
Cuentan que el perro negro del mal entró en la cantina y destrozó a los matadores de don Juan, cuentan también, que hoy en día, por las noches se le puede ver cuidando la tumba de su amo.


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