martes, 30 de julio de 2013

Los soldados de plástico


Es de plástico, muy pequeño y barato, es el soldado de mi hijo, mejor dicho los soldados de mi hijo, de color verde  y gris  se hacinaban en una bolsa  cuando los cambie por unos pesos. Marciales  se miran en sus  actitudes bélicas: atacando, lanzando, disparando, en  posición pecho tierra.
Los miro en formación, dispuestos a la guerra, mi hijo los anima al combate. El enemigo es un gran cocodrilo de plástico flexible que acomete derribando a los  soldados, los pequeños guerreros se organizan y  se aglomeran  contra el enemigo que ante la superioridad numérica  tiene que retirarse;  el cocodrilo se ha   replegado  de manera estratégica, son demasiados y están armados; abre su gran boca llena de dientes, azota la cola contra el piso rabioso y decide esperar, mientras mi hijo va por un vaso de agua de limón para pelear contra el calor.
Los soldados han formado una barrera, se han organizado recibiendo órdenes del comandante, un soldadito gris en posición de tiro, el soldadito gris o mejor dicho el comandante está herido, defectuoso de fábrica tiene una pierna rota.

El cocodrilo ataca de nuevo, rompe la primera barrera de soldados pero son interminables, siempre se levantan dispuestos a la lucha. Y así, durante toda la tarde el cocodrilo ataca  y es repelido una y  otra vez, hasta que el cansancio vence  a mi hijo que sin pudor se tiende junto al campo de batalla.

miércoles, 24 de julio de 2013

Las alas de Rabanito el caballito feliz




Rabanito el caballito feliz, era un pequeño caballo que no alcanzaba una   cuarta de alzada, de color rojo vivo como los rábanos, vivía contento al lado de sus amigos: un armadillo, una ardilla y un colibrí.
Siempre era víctima de las bromas por su pequeño tamaño, pero al no le importaba que los demás caballos se burlaran abiertamente o cuchichearan de  su inusual talla.
Rabanito se alimentaba de pétalos de flores y esa dieta para los equinos debía ser la causa de su pequeña talla. Las lamentaciones o burla  de los demás no le importaban porque realmente su escaso tamaño lo hacía muy feliz. Podía  jugar a sus anchas y esconderse donde le diera la gana, su relinchido parecía un trino de ave, antes que el brioso canto de guerra de los caballos.
Ocurrió que esa mañana después del desayuno de los dulces pétalos de unas raras y  bellas  flores  que habían crecido por la noche y unos sorbos de néctar que le regaló su amigo el colibrí; Rabanito se sintió extrañamente ligero, para el colmo  unas extrañas protuberancias le empezaron a brotar hasta convertirse en un par de hermosas alas como la de las libélulas.
Rabanito las batió y de pronto se vio en el aire, en pleno vuelo, justo al   lado de Bruno el colibrí. Al principio el vuelo era torpe y hasta errático, pero ganó confianza  y así pudo competir en agilidad con su amigo el colibrí.
De esta  manera Rabanito el caballito feliz ganó sus alas, se piensa que la dieta a base de pétalos de flores y néctar de la montaña es la causa del par de hermosas alas que se desplegaron del diminuto caballo.

El robachico



Un cuento de terror: El rebachico.
Llevaba un costal al hombro, siempre sosteniéndolo con las dos manos como si pesara, pasaba por las mañanas, muy temprano, cuando apenas despuntaba el alba, no era cosa de todos los días mirarlo pasar  sucio y andrajoso, con el costal mugriento, un costal que acaparaba mi atención, incluida mi imaginación  sobre su posible contenido; lo hacía  dos veces por semana, para ser preciso los martes y viernes a las siete de la mañana.
Un sombrero  que apenas dejaba ver su cara, debía cubrir unos ojos desconfiados  y malévolos que siempre estarían  a la busca de su presa, lo que si pude ver un día que levantó la cabeza, fue una nariz torcida,  un labio leporino,  y en las encías vacía y negras de lo que en alguna ocasión fueron  dientes  negreaban sus raíces y  asomaba un horrible colmillo amarillo; su  vestimenta  era sucia , a estas alturas era imposible saber el color que lo vestía, mas no iba descalzo, protegía sus pies costrosos con huaraches  de correas abetunados de lodo.
El martes  y el viernes  rompiendo mi costumbre me paraba de la cama para espiarlo hasta que lo veía venir por la calle, no lo hacía como los delincuentes pegándose a las paredes, lo hacía a media calle  como mostrándose triunfalmente. Ocultándome tras la puerta lo observaba a mis anchas, en más de una ocasión vi su costal agitarse, entonces me decía angustiado: ¡se ha robado un niño y lo carga en el costal!
Esa mañana  yo  lo esperaba,  como siempre dispuesto a sufrir la angustia de sospechar la actividad de aquel hombre extraño y su costal,  lo observé venir,  a lo lejos me di cuenta de la pena de su esfuerzo, el costal pesaba más de lo acostumbrado y el hombre  se esforzaba en cargarlo con dignidad. Abriendo los ojos  hasta que me ardieron  para no perder detalle  pasó justo ante mi, y justo ante mi el    saco se sacudió violentamente  y un chillido estremecedor  se dejó escuchar, el movimiento del saco fue tan violento que cayó al piso con un sonido apagado, los chillidos prosiguieron y el hombre desesperado tomó un grueso garrote  e intentó acallar los gritos  con salvajes golpes  que lo único que lograron fue que el costal se agitara tan violentamente que   rompió la amarra de la  boca del costal.
Tras mi escondite,  ya aterrorizado miraba la dantesca escena, mi terror aumentó cuando de la cosidura del costal asomó lo que parecía  una cabeza, en mi agitación, claramente pude ver el rostro de un niño  asomando y luchando con denuedo  por escapar, y, así lo hizo, en poco tiempo la totalidad de la cabeza estuvo fuera, el hombre golpeaba, y los golpes parecieron  acicatear el esfuerzo de tal modo que pronto pude observar medio cuerpo fuera del costal, todo ello  entre la violencia  y la rapidez de los hechos; quise gritar, más nada emergió de mi garganta, sólo el pensamiento obedeció al impulso con un grito,  una frase  explosiva: ¡Lo está matando!
En el instante mismo en  que trataba de  de coordinar, sin lograrlo,  la acción de mi pensamiento a la de  mi cuerpo, un cerdo dio algunos pasos tambaleante, mientras otro aprovechando el agujero salió huyendo a gran velocidad.
Dos gendarmes llegaron corriendo  y apresaron al robachico  gritando: ¡Acá, tenemos al  ladrón de cerdos, y lo  prendimos  con las manos en la masa!, señalando el cerdo que sangraba en el piso.

martes, 23 de julio de 2013

EL CHANEQUE



Historia verídica de un chaneque.
La primera vez que lo vi me pareció un curioso animalillo del monte, lo vi correr como una saeta entre la hojarasca produciendo un curioso ruido semejante al de una cuerda que se arrastra.
De tamaño pequeño, en la distancia semejaba un conejo o una ardilla que huye espantada, mas al final de su carrera, junto a una gran parota  se irguió,  y ante mi vista,  apareció la forma antropomórfica que me erizó los pelos de punta.
Sobre sus dos piernas o patas, no puedo asegurarlo, apenas alcanzaría los cuarenta centímetros de estatura; me miró burlón o retador, no supe interpretar la  mirada de aquellos enormes ojos como huevos fritos, diría inhumanos,  que aparecían y desaparecían tras una parpadeante cortina  membranosa que de inmediato supuse   protegía los órganos visuales.
De cuerpo menudo, enteco,  parecía labrado en corteza de árbol, el color oscuro, era el color de las raíces o la tierra y, si, al principio presumí debilidad en aquel extraño ente, la rapidez con la  que desapareció  cavando un hoyo entre las gruesas  raíces hizo cambiar mi presunción.
Lo volví a encontrar, curiosamente su elusiva presencia me hizo recordar que años atrás, muchos años cuando apenas era una niña, un ser semejante  jugaba con mi primo. El recuerdo perdido entre los resabios oníricos del olvido  se hizo presente. Mi pequeño primo reía y reía y junto a su risa otra risa aguda y extraña se escuchaba, me acerqué intrigada, quizá buscando participar en el juego que tanta risa provocaba, mas la extraña presencia me contuvo,  mi primo reía incontenible y  el diablillo  danzaba a su alrededor. Recuerdo que corrí espantada llamando a mi madre.

Pronto olvidé el episodio, me  llevaron a la ciudad donde estudie ciencia; leyendo miles de libros  me he convertido en una de las investigadoras más importantes del país.
Ahora que he vuelto  después de largos años, el pequeño ente  abusa de mi paciencia, una y otra vez su presencia imposible  se presenta ante mí retando mi conocimiento e inteligencia.  Mi intelecto  científico  no me permite creer en historias de brujas ni aparecidas aunque mi imaginación me lo  restregué en la cara, todo tiene una explicación lógica, así me lo enseñaron en la universidad.
Ahora está frente a mi, justo parado encima de una piedra, creo que se trata de una extraña especie, un animal antediluviano que ha escapado a la extinción; no debe carecer de cierta inteligencia porque creo que me sonríe o sonríe a mi primo que paseo tomándolo de la mano, este ríe con su risa estúpida de cretino, su cuerpo creció, pero su mente todavía  se encuentra estacionada en los dos años, como cuando reía y jugaba con el ente.

El Cocodrilo Nilo



Cuento: El Cocodrilo Nilo
El Cocodrilo Nilo  tiene hambre, hace más de un mes que no come a su estilo.
El Cocodrilo Nilo es grande y fuerte; tiene una  gran cola  que presume  agitándola contra el agua, patas gruesas y garras afiladas,  hocico lleno de dientes filosos que dejan a la presa helada, mas con una gran sonrisa  que enseña sin pudor les dice: ¡Hoy no te comeré!.
El Cocodrilo Nilo tiene hambre pero se ha jurado no cazar más presas y ser vegetariano, se ha comido  una redonda col, brócoli y banano.  ¡Guáchala!, el Cocodrilo Nilo tiene hambre y en  el agua se desliza  asomando la nariz.
El Cocodrilo Nilo se acerca silencioso   donde un ciervo se place ocioso, pobre del ciervo el Cocodrilo Nilo se lo ha de comer.
Arrepentido el Cocodrilo Nilo se marcha a su cueva, ahíto de llenura una promesa nueva se jura cumplir, mientras le dura  en su panza la llenura, jura y perjura ser vegetariano.

El Berraco



Cuento de terror: El Berraco el enviado del diablo.
El Berraco venía al pueblo cuando alguien moría, lo hacía por las noches y todo mundo cerraba la puerta a su paso. Pero el muerto  no debía ser Chana o Juana, debía ser un alto personaje, un político o terrateniente, uno que de cierto le haya amargado  la vida a mucha gente y que le temiera a la muerte  por todo el mal causado en esta vida  y que en la otra tuviera su lugar asegurado en lo más profundo del infierno.
El Berraco entonces venía para llevárselo, pero el Verraco no se llevaba sólo su alma, se lo llevaba completo con todo y zalea, no les daba chance de podrirse, los quería completito para que sufrieran en cuerpo y alma achicharrándose en las llamas del infierno.
A mi me tocó verlo la noche en que vino por don Gaudencio Pano, dueño de la hacienda “La mula prieta”; un hombre malo al que habían emboscado en el  Camino Viejo, dejándolo con muchos agujeros, pero ni con todo alcanzaba a pagar  todo lo que había hecho, lo de los agujeros en su cuerpo todo mundo  se alegraba pues  el viejo había hecho muchas maldades
Daban las doce de la noche cuando mi madre y yo lo oímos pasar por la calle frente a nuestra puerta; pudo más la curiosidad que el miedo y nos asomamos por los portillos. En la solitaria noche caminaba un ser avernal, un demonio en forma de cerdo de largo lomo, gran cabeza de orejas puntiagudas de cazador, patas traseras más altas que las delanteras y un pelambre erizado.
La enorme bestia caminaba chasqueando los dientes y espumando la boca  lleno de una furia  de otro mundo; los ojos lumbreaban en la escasa  luminosidad de un  foco de luz amarilla que iluminaba tímidamente la calle.
El ser avernal siguió su camino, iba rumba a la casa de don Gaudencio Pano, eso lo pude ver clarito cuando dobló rumbo al velorio; nadie quería al viejo abusivo, pero en ese momento lo compadecí al imaginármelo entre los dientes de tan terrible animal.

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