jueves, 30 de mayo de 2013

Cuento para niños: Rabanito el caballito feliz

Rabanito ciertamente era un nombre inusual para un caballo, pero Rabanito no era un caballo cualquiera, Rabanito   apenas medía una cuarta  y   era de  un bonito color rojo  rábano  en sus crines;  como ven a Rabanito lo llamaban así por obvias razones.
Rabanito era feliz, nunca le preocupó su escaza alzada ni  ambicionó ser caballo de carrera, el paseaba entre las flores  comiendo  las más pequeñas y dulces.
Los caballos de estatura normal lo despreciaban y decían a sus espaldas que era la  vergüenza de los caballos. Uno de los caballos, “Veloz”, caballo muy  joven y de la misma edad de Rabanito siempre se expresaba con sorna: Es tan pequeño  que en una carrera tendríamos que cuidar de no pisarlo y reían a carcajadas.
Rabanito no tenía amigos entre los de su misma especie:   una pequeña ardilla, un colibrí y un armadillo componían su círculo amistoso. De ellos  era el inmenso campo que se extendía  hasta donde alcanzaba la mirada de una cerca a otra; más allá  estaba lo desconocido, el otro mundo  al que tenían prohibido ir.
En una ocasión   llegó ante  ellos el arrogante “Veloz”, relinchaba presuntuoso  y después de una breve pero rauda carrera les dijo: -¡No hay nadie en el mundo que pueda ganarme!, Rabanito también debe de ser muy rápido, estoy seguro que lo es, para después agregar y  desternillarse de la risa,  -pero para correr  entre  ratones.
-¡Mis amigos son  veloces le contestó Rabanito, no conozco a nadie más rápido que ellos!
-¡Que va, veloces somos los caballos y yo los soy!  Que  puede contra mi una insignificante ardilla  y un colibrí que se alimentan de retoños tiernos  y  del néctar de las flores, para ser veloz como yo hay que comer cebada, alfalfa y granos en abundancia.
Tu no eres mejor que ellos, apenas te alzas del piso y comes pequeñas flores, si te animaras a comer como los caballos, seguramente te convertirías en uno de ellos.
-Los colibrís somos  realmente veloces, dijo indignado el colibrí.
-Las ardillas  también lo somos, y te lo puedo probar cuando quieras dijo la ardilla.
“Veloz”  los miró esbozando una media sonrisa como si acabara de oír un mal chiste; pero como todo caballo de competición  estaba acostumbrado a los retos y difícilmente rechazaba uno, así que  dijo:
-Si me ganan los cargaré sobre mi lomo una semana, pero… si pierden, si pierden tendrán que trabajar para mi escogiendo  los granos más dulces, y la cebada más tierna.
Cuando la carrera se llevó a cabo, “Veloz” tuvo la mala decisión de escoger una meta no muy lejana, de haber sabido de  la velocidad que pueden lograr los  colibrís y las ardillas en corto, se hubiera asegurado de señalar una meta tan lejana como un cuarto de milla. Pero como no lo sabía,  acusó una actitud indolente para humillar a sus rivales.
Teniendo como testigo  a los animales del rancho, “Veloz” fue derrotado por los dos animalillos  que pintaron una saetica raya en el suelo y en el aire por donde surcaron con tal velocidad que ganaron muy fácilmente.

Avergonzado “Veloz” tuvo que cumplir su palabra y durante una semana Rabanito y sus amigos saludaron desde su  amplio lomo.

La máquina de los milagros

¡Lo había logrado, había inventado la máquina, pronto sería el hombre más famoso del mundo! La máquina revolucionaría la ciencia; la tecnología daría  el  salto cuántico más asombroso de la historia; los avances científicos   serían de tal magnitud  que la historia  de la humanidad  cambiaría para bien.
Recordó que años atrás  tuvo  una    reveladora visión, el dios de la ciencia lo visitó durante la noche inspirándolo   con la idea más increíble que un ser humano pudiera concebir.
Trabajó durante  meses  sin dormir, febril afinaba la idea hasta que estuvo lista  y funcionando en su cerebro como un perfecto prototipo.
Los años pasaron  sumándose uno a uno, hasta que alcanzaron la suma de veinte, un pequeño número,  que en este caso significaba  toda una vida de privaciones, sacrificios y esperanzas  rotas en un día  y reafirmadas  en el siguiente;  veinte años de burlas, de    dudas sobre  su talento  al grado de calificarlo como genio loco.
“Se reían  a carcajadas  cuando  les dije que podía crear  la  máquina, una máquina capaz de cumplirles  a los hombres  sus más caros anhelos. Les expliqué el principio científico que regía el funcionamiento de la máquina, pero cada vez que hablaba para sintetizarles  con palabras las complicadas fórmulas  reían más y  más”.
“No lo entendían, jamás lo entendieron, pero realmente ellos no eran culpables,  ¿qué podían saber  de las extrañas  y oscuras fuerzas que rigen nuestro universo? ¿Qué podían saber de los enormes caudales de energía creativa que gira a nuestro derredor?”.
Pero ahora la máquina estaba lista para ser presentada al mundo, allí estaba la gran esfera que flotaba con un zumbido y una luz que hipnotizaba.
Pronto pasó el primer hombre, al que se le concedieron sus más caros caprichos, después la  fila  era interminable, miles y miles quedaban satisfechos  ante la gran esfera que de manera incansable cumplía todos los  deseos.

“Ocasionalmente yo iba a la parte posterior de  la máquina para darle mantenimiento, abría una pequeña puerta,  el  calor me invadía   en forma de rojo resplandor, le daba cuerda y procedía a cerrar la puerta, las instrucciones del dios de la ciencia habían sido muy claras y yo las seguía al pie de la letra; lo único que me importunaba era el olor a azufre que   invadía mis narices”.

miércoles, 29 de mayo de 2013

El renacimiento de la gran bruja

Creía estar hecha de polvo y barro,  por eso siempre había vivido  en una cueva en las profundas entrañas  de la Tierra, donde la oscuridad reinaba eternamente  y la humedad  deshacía cuanto tocaba.  Por centurias  estuvo dormida, su cuerpo se había podrido infinidad de veces para renacer por siempre; su piel y su cuerpo, ahora que abría los ojos era una masa informe, una pupa, una larva blanquecina que en siglos,  por primera vez temblaba ligeramente.
Sus ojos brillaron fosforescentes destronando a la oscuridad, caminó con paso torpe, tambaleante, durante el camino su cabellera  blanquecina  que todo lo cubría adquirió vida propia, se enredó, reptó hasta colgar  sobre  su cintura; su desecha vestimenta renació y su piel mágicamente  se ruborizó hasta adquirir  la lozanía de la juventud.
Salió de la cueva, el sol dio de lleno sobre su brillante cabellera que adquirió un dorado tono; a su lado rugió   brioso un mancebo viento, ella de un saltó lo montó y se fue cabalgando por los aires.

COLMILLO LARGO Y EL PERRO DE AGUA

Colmillo largo  se encontraba solo, algunos de los perros que siempre lo acompañaban eran proscritos y se encontraban huyendo, otros fueron atrapados y cumplían  una larga condena en la perrera.
Colmillo largo  evitaba los lugares poblados  y tenía como escondrijo  deshabitados parajes   del río, donde vagaba a placer sin temor alguno.
Su más reciente aventura había sido un fracaso; no  previeron  que la carnicería  tuviera dentro de ella un horrendo perro policía, un bulldog, cuya cabeza era monstruosa y que dio cuenta de varios buenos amigos; el escapó gracias a su agilidad, aún chasqueaban y crujían  en sus oídos  las diabólicas  dentelladas y sentía que se le erizaba el lomo. Él nunca se hubiera imaginado que existieran semejantes monstruosidades. Huyó si, pero no  por cobardía, la bestia que lo perseguía no era de este mundo; y es válido huir  con la cola en alto y no entre las patas; argumentos semejantes  se planteaba colmillo largo para suavizar la herida de su orgullo. “No era un perro de este mundo, claro que no lo era, de serlo hubiera peleado con él”.
Por la tarde lo vio pasar, era de cuerpo largo,  patas cortas  y fuertes armadas de uñas. Se miraron con desconfianza; los ojillos malévolos  del extraño brillaban como brillaba su aceitada pelambre. Pero algo mutuo los ligaba y los acercaba, algo que perfectamente olieron uno del otro.
Colmillo largo no lo podía creer cuando  el extraño le dijo que era un perro de agua, si  Colmillo largo hubiera   asistido  a la escuela sabría que el extraño era una gran nutria.
Pero nutria  o perro de agua, el caso es que “Cola gruesa”, como dijo llamarse era de baja ralea  y vivía de hacer el mal al prójimo. Unos días antes, unos chicuelos  se acercaron más de lo prudente a su nido y    los persiguió; atrapando  a uno  justo cuando escapaban  atravesando el río pegándole un buen mordisco con sus dientes afilados; así se lo refirió y presumió a Colmillo largo.
En menos de lo que canta un gallo se pusieron de acuerdo; “Cola gruesa”  dijo haber visto  río arriba a un grupo de personas: -tienen grandes pescados, dijo embelesado, Colmillo largo arrugó la nariz, pensó que no era gato para comer pescado, pero enseguida agregó: -vi un gran tasajo de carne, de este tamaño, dijo elocuente usando su gruesa cola para dar fe del tamaño.
A Colmillo largo malpasado y hambriento le reprocharon las tripas y en un dos por tres trazaron un plan infalible.
Colmillo largo y “Cola gruesa” arremeterían como rabiosos, antes le darían un buen mordisco a un jabón que encontraron entre las piedras, sabían el miedo que causa  un rabioso,  incluso entre los de su propia especie.
En la confusión aprovecharían para llevarse la carne y el pescado, después se irían bajo un fresco árbol  a disfrutar el manjar.
Y… así lo hicieron, “Cola gruesa atacó primero  con el hocico lleno de espuma, atrás  venía Colmillo largo, siempre precavido y desconfiado; efectivamente la gritería y la fuga no se hizo esperar; cantando victoria “Cola gruesa se disponía al atraco, cuando un duro proyectil le pegó en las costillas tirándolo del dolor.
Un grupo de mozalbetes que practicaban tiro al blanco con resortera y  redondos proyectiles que tenían por cientos, se dieron a la tarea de usarlos como dianas, con tan buena puntería que el peor tiro de los muchachos era en las colas.
Salieron huyendo heridos  y magullados, con tremendo chichones en la cabeza, no pararon hasta poner medio río de distancia de por medio  con el susto pintado en la jeta  y oyendo zumbar las piedras.

LAS AVENTURAS DE COLMILLO LARGO

Colmillo largo era un perro con ínfulas de lobo,   con  buena alzada  y presencia lideraba  una turba de patanes colas peladas, perros sin clase ni pedigrí.  Siempre se hacía acompañar del “Pelado”, un perro  con una oreja mocha a causa de una pelea perdida y el lomo pelado por un terrible baño de agua hirviendo,    el “Pelado” se autonombraba lugarteniente  de Colmillo largo, aunque la banda,  en muy, pero muy raras ocasiones rebasa los dos elementos.
Muy de mañana se citaron en la esquina del mercado, Colmillo largo encontró al  “Pelado” empanzándose  cualquier cosa que encontraba entre el desperdicio, lo  miró lanzar una dentellada asesina a un pequeño perro que le  disputaba  un flaco  hueso sin pizca de carne; el pequeño perro metió la cola entre las patas a manera de disculpa y se retiró algunos metros  y empezó a hurgar en un lugar con suerte, de donde extrajo un largo chorizo, algo verde pero suculento. El “Pelado” lo descubrió, enseñó los agudos dientes y  como centella cayó sobre el  animalillo que apenas saboreaba el chorizo, lo cogió del lomo  sacudiéndolo con violencia, gimoteando  el perrillo huyó abandonando el suculento chorizo que el #Pelado# empezó a tragarlo lleno de satisfacción.
Colmillo largo observó la escena y  movió la cabeza reprobándola. Entre las bravuconadas de colmillo largo estaba la de presumir  de ser un gran cazador, nunca se rebajaría a desayunar en un basurero, al menos eso, era lo que decía de manera grave, casi solemne.
Después de cruzar algunos ladridos, muy de acuerdo  se fueron juntos, salieron de la ciudad y se encaminaron a un granero  donde aseguraba  estaban unas gordas gallinas sin más vigilancia  que un par de niños.
Colmillo largo había tenido la suerte de escuchar en la noche anterior al dueño de las gallinas que marcharía muy temprano con su esposa y que le preocupaba dejar  a los  niños solos.  La escucha fue durante una de sus incursiones,   las incursiones era otra de las cosas que presumía, decía que un buen cazador  debe conocer el terreno  para no pisar en falso.
Y efectivamente, al llegar al paraíso de las gallinas no se encontraban los padres, pero si un perro escandaloso  que ladró tanto y tan rápido  que alertó a todo mundo, el perro mantuvo su ladrido y su actitud agresiva hasta que la distancia fue tan corta que pudo ver bien claro a los invasores, entonces huyó cobardemente.
-Te dije que no era un perro de verdad, dijo burlón Colmillo largo.
-Si lo agarró lo destrozó,  contestó envalentonado el “Pelado”.
En lo que si se equivocaron fue en el hecho de que no eran dos niños, si no tres, un primo había llegado del campo donde se las tenía que ver con toda clase de alimañas según su dicho.
Colmillo largo fue directo a los graneros, más el “Pelado” con su actitud descarada se le adelantó diciendo:
-Será como quitarle un dulce a un niño y se rio  imitando las hienas.
De dos, tres dentelladas abrió la jaula de las gallinas y atrapó  a dos  bien gordas, ufano traía su presa, cuando  un gran chorro de agua hirviendo llovió sobre el quemándole solamente la cola para su buena y mala suerte.
El pobre “Pelado” salió huyendo con tanta prisa que no paró hasta estar con medio cuerpo  dentro del río para librarse del ardor que lo atenazaba.
Dicen las crónicas perrunas que al “Pelado”,  desde  entonces le cambiaron el nombre  de “Pelado”, por el de “Cola Pelada” y que después de un tiempo de convalecencia volvió a las andadas con su jefe Colmillo largo.



domingo, 26 de mayo de 2013

EL CELULAR DIABÓLICO

El celular era negro de pantalla brillante, lo había comprado en un mercado de pulgas a buen precio, le había llamado poderosamente  la atención  y decidió que lo llevaría con él.
 Pronto se percató que no era un celular cualquiera,  de manera insólita el móvil nunca se descargaba y por consiguiente no necesitaba ser recargado, las marcas de carga siempre se encontraban en “full”;  al principio lo atribuyó a un defecto, pero para comprobarlo decidió dejar de conectarlo al cargador; los días y las semanas pasaron y el teléfono celular a pesar de no ser recargado mantenía su carga en “full”.
 Otro defecto del  inquietante aparato es que comenzó a  recibir llamadas  justo a las doce de la noche  de un  contacto  de nombre Azazel.  Temprano   devolvió  la llamada    y  contestó una tenebrosa carcajada que le  erizó la piel;  pensó que era un bromista y borro el nombre de la lista de sus contactos. Pero cosa imposible,  tres días después  volvió a sonar el celular a la medianoche y el nombre del contacto Azazel  parpadeaba en la pantalla.
 Intrigado revisó la lista de sus contactos; el recordaba perfectamente haber borrado todo  de la memoria, pero la lista estaba llena de nombres tan raros como: Astaroth, Asmodeus , Azrael, Belcebú, nombres  con  números telefónicos de más de veinte dígitos. El nombre que más le extrañó fue el de Belcebú, recordaba que  era el de un demonio.
 Borraba los contactos y al día siguiente estos  volvían a su lista; lo peor del caso es que empezó a recibir videos aterradores que apenas soportaba de un contacto llamado Belial; los videos  mostraban crímenes monstruoso,   figuras humanas ardiendo  y  mujeres en orgía infernal.
 Decidió deshacerse del teléfono.  Por la mañana lo entregó a un amigo para que lo vendiera en algunos pesos; y así,  más tranquilo regresó a su  departamento,   donde en la mesa de centro estaba reluciente  el celular maldito, llamó en voz alta a su amigo: “¡vino antes que yo! Pensó inquieto, pero nadie contestó;  como respuesta a su llamado el celular timbró de manera grave,  contestó mecánicamente, del otro lado de la línea le daban la trágica noticia de que su amigo había muerto en un asalto.
 Un grito de furia y miedo explotó en su garganta mientras  arrojaba el  celular contra la pared,  con tal fuerza que se deshizo en pedazos, entró al baño a vomitar y al salir el móvil  estaba intacto, nuevamente en la mesa de centro, temiendo  que volviera a llamar le retiró la batería, pero no se apagó, más aún la pantalla se avivó más intensamente  de    un rojo escarlata y pareciera que de el fluyeran las llamas del infierno;  y,  lo que más temía,  el teléfono  timbró con ruidos infernales. Él contestó. Dijo: ¡bueno!, ¿A dónde hablo?, una voz grave, discordante, espantosa contestó: ¡Al infierno!

sábado, 25 de mayo de 2013

El cuento de Betito, la vieja bruja y el cocodrilo.

Ese día, como todos los días “Betito” y el “Chucho” acompañaron   a su mamá  al río, ellos eran muy pobres y vivían  de lavar ropa ajena, el camino  al río era toda  una aventura, primero había que sortear el “callejón de la llorona”, de la cual  contaban  se aparecía  por esos parajes,  al pasar por el lugar su madre siempre lo tomaba de la mano, caminaba presurosa dispuesta a emprender la huida al menor indicio de cualquier espectro que pudiera lastimar al pequeño “Betito”.
Cuando llegaban al río   su madre lo soltaba  y lo llenaba de recomendaciones, sobretodo que no se alejara mucho y que ni pensara en acercarse a la  cueva, ya que sabía de buena fuente que en ella habitaba una bruja y un cocodrilo.
Mientras su mamá lavaba “Betito”  y su perro “Chucho” se entretenían  cazando pequeños peces y  camarones, “lo hacía durante horas hasta que la piel se le llenaba de arrugas  de tanta agua. En esa ocasión la pesca era abundante, metía la cabeza en el agua, no sin antes recomendar a “Chucho” que se  estuviera quieto, bien quieto,  levantaba las piedras y con sus ojos rojos, irritados por el  agua descubría los pequeños crustáceos, los acorralaba con bastante pericia hasta atraparlos.
Durante la cacería  se alejaba, pero siempre procuraba mantenerse a la vista de la madre, más en esa ocasión cuando sacó la cabeza del agua se  dio cuenta que estaba frente a la cueva. El corazón le saltó en el pecho, busco con la mirada la figura de la madre, pero esta se encontraba lejos, tras  un alto playón.
Vámonos  “Chucho” le dijo a su perro cuando una viejecita de aspecto malévolo lo increpó: ¿Qué haces por aquí mocoso? ¡No sabes que los niños se pierden por estos lugares!
“Betito” sólo contestó, ¡si señora, ya me voy!
Pero la mala viejecita pegó un chillido  llamado a “Chóforo” y “Choforo” salió corriendo  con su gran cola  de cocodrilo, atrápalo le dijo y, “Chóforo” Atrapó al pobre “Betito”  de un pie.
Cuando iba por el  “Chucho”, este escapo saltando con su agilidad de pequeño perro, mientras huía  la  vieja bruja maldecía al cocodrilo por dejar escapar al perro.
“Chucho como pudo se hizo entender  por la madre quien al poco tiempo regresó con una partida de familiares dispuestos a rescatar a “Betito” de las manos de la vieja bruja y el cocodrilo, los cuales tenían cuentas pendientes por la desaparición de otro pequeño.
Armados con palos y  machetes llegaron a la cueva, donde ya no había nadie, una tortuga que se confundía con las piedras  sacó la cabeza y dijo al perro “Chucho”,  que a “Betito” lo habían llevado a una cueva más arriba, justo la cueva que se encuentra tapada por los grandes sauces blancos; que se dieran prisa porque pensaban comerlo.
Hasta allá llegaron, rodearon la cueva  y husmearon precavidos, “Chóforo” salió  tirando dentelladas y coletazos, derribó a varios hombres y se disponía a arremeter con todo, pero no contaba  con que un tío de “Betito” había sido cazador de cocodrilo y con la mañas ganadas durante años de cazar aquellos animales logro atrapar el hocico de “Chóforo” con un lazo; “Chóforo pronto se vio izado de un   árbol, la turba se había multiplicado y lo apaleaban sin misericordia, el temible animal sabía que su suerte estaba sellada y que su zalea  pronto terminaría en  lustrosos zapatos de piel de cocodrilo.
La vieja bruja al ver vencido a su guardián  salió chillando furiosamente, su chillido  era la peor cosa que se puede escuchar, lanzaba  golpes   y mordiscos  a diestra y siniestra con tal violencia que se llegó a pensar que vencería a la turba.

Pero  la bruja fue vencida y también colgada de un árbol. A  “Betito” lo rescataron  del fondo de la cueva, donde ya hervía un cazo con verduras,  el niño volvió a jugar, con el inconveniente de un zapato ortopédico en el pie donde el cocodrilo lo mordiera.

lunes, 20 de mayo de 2013

Cuando me encontré con la llorona.




Vi  a la mujer que venía, era alta y blanca, blanco su vestido, me dije, ―¿qué hará una mujer  en altas horas de la noche,— afloró el don Juan que llevo dentro y me preparé para el cortejo.

Justo a mi  lado  quise sonreírle con coquetería, era lo menos que busca una mujer que camina sola de noche.

Llamé su atención y ella giró el cuello y me miró. Lo que entonces vi  me provocó tal salto del corazón que quise gritar, pero para  gritar tenía que jalar el  aire que nunca encontré.

Caí sin sentido, de mañana cuando me levantaron y me llevaron a mi casa, ya jamás sería el mismo; una profunda arruga cruzaba mi frente  y mis sienes estaban completamente blancas, pero lo peor fue el miedo  en los ojos, ese perpetuo miedo que desde entonces  siempre me acompaña y  me eriza los pelos al temer   hasta de mi propia sombra.

¿Que fue lo que vi aquella noche en la mujer?, no me atrevo a recordarlo, pero creo que el infierno.

El hombre lobo



Hacía bastante frio, corría un aire gélido  que cortaba la piel y los charcos de la lluvia de la tarde  se cubrían de una costra resbalosa y cristalina.
Me asomé por la ventana, me asomé cauto como temiendo encontrarme con una sorpresa y, si, efectivamente me sorprendí, una figura solitaria retaba las inclemencias del  tiempo.
Pensé  sin dudarlo que estaría loco.  Sólo un loco de remate se atrevería a deambular con el torso descubierto  sin temor a pescar una pulmonía.
Algunos meses atrás llegó  y se afincó en la casa de al lado, un buen amigo había partido tras la promesa de mejores ingresos a una ciudad vecina.
No era mal vecino, pero tampoco era bueno, prefería pasar desapercibido y jamás aceptó invitación alguna; saludaba cortésmente  si no tenía más alternativa. Por otro lado, en una ocasión auxilio a un niño que en bicicleta  salió lastimado en  un percance.
Alguna vez crucé  palabras con él, me asombré al darme cuenta de  trazas de  acento extranjero.
Más ahora, frente a mí,  lo miraba con la camisa desgarrada y el torso desnudo, se plantó  exactamente frente a la ventana, extendió los brazos   al cielo y lanzó un gruñido  que me desconcertó antes que asustarme,  nuevamente la invocación  y el gruñido, hasta que el gruñido se convirtió en un largo y agudo aullido que  me erizó los pelos  y  me obligó a buscar protección tras las cortinas.
Atisbando nuevamente  miré el gran nubarrón que dejaba al descubierto la gran luna, la luna llena, grande como nunca la había visto  en toda mi vida.
Mi vecino pareció excitarse, extendió  con vigor los brazos y aulló nuevamente,   pero esta vez fue diferente,  el hombre se fue llenando de largos pelos  en tanto  las orejas y el hocico  crecían desproporcionadamente. Pronto aquello quedó convertido en un verdadero monstruo, en un  enorme hombre lobo que salió  corriendo hecho una furia.
Yo por mi parte me fui a dormir y soñé atrocidades, de lo que culpé al grueso trozo de bistec que comí sin mucho empacho;  ahora tengo la costumbre de no cruzarme en el camino de mi vecino, el hombre lobo; y si el me llega a mirar prefiero esconder mis ojos, pues cuando lo hace creo sentirme parte  de la cadena alimenticia.  

La Llorona ¿como se convirtió en alma en pena?


Soy un alma en pena,  mi castigo es tan grande que mi  lamento horroriza a los hombres.
Vago por lugares solitarios arrastrando  en mi desgraciado camino  el miedo, la culpa y la vergüenza. ¡Aaaaaay mis hijos!  Brota desgarrador del fondo de  mi culpa.  Quien me   llega a escuchar  lo sofoca el  horror y el asco, los pelos se ele erizan y la piel sufre escalofríos  de muerte.
Quien tiene la mala fortuna de encontrarse conmigo frente a frente, el corazón    se detiene, abre la boca para aspirar un aire que le falta y que no encuentra por ningún lado; los ojos se le desbordan del miedo ante la aterradora visión que sus culpas le muestran; en ese mismo instante el tiempo corre veloz, sus sienes blanquean y su piel se marchita para  caer en un sueño de muerte que dura días. Cuando el alma vuelve a su cuerpo, jamás, nunca jamás  será el mismo, cargará por siempre el miedo y la culpa eterna.
Huyen de mí, me temen, dicen que   ahogué a mis hijos  en las aguas del río, dicen que los ahogué por hambre,  pero no, no  fue por hambre;  recuerdo la furia horrible que me murmuraba al oído y me obligó a llevarlos a rastras al río y hundirlos en las aguas hasta que se quedaron quietos  y se durmieron para siempre  mientras maldecía el abandono de un desalmado.
Fue cuando empecé a vagar, a caminar por callejones y a lamentarme por mis hijos muertos. La Llorona me llama la gente  y se que  el perdón  no existe para mi porque tampoco existe el arrepentimiento.

miércoles, 15 de mayo de 2013

La vieja bruja


Vivía cerca de mi casa, era una anciana  de aspecto indefenso, bajita y encorvada, pero yo le tenía miedo, apenas la veía  venir corría a esconderme, cuando  pasaba frente a  nuestro corredor   me hundía en el regazo de mi abuela mientras saludaba con una  voz que me ponía  los pelos de punta y la piel de gallina, saludo que mi abuela contesta invariablemente  con un: hasta luego “Pacita”, ya llegaste o ya viniste, si bien era mañana o bien era tarde.
No retiraba mi vista de su figura hasta que doblaba la esquina.
Siempre    de oscuro, siempre el mismo vestido que apenas dejaba ver sus  tobillos y  un reboso  que liaba de tal modo en su cabeza y cuello que hacía imposible mirar su cara; pero lo que si podía adivinar  eran sus ojos. En mi imaginación los veía como los ojos de un   buitre, redondos, malvados y hambrientos,   siempre  mirándome desde ese fondo oscuro donde algo decía que no había nada,  más que aquellos ojos  de buitre que miraban a su presa..
Estaba encaramado sobre el árbol de ciruela que estaba al final de la calle, justo a un lado de la casa de la anciana de mis temores; estaba inmerso en la tarea de hartarme del fruto cuando me invadió una incómoda sensación, el fruto perdió su sabrosura y lo escupí asqueado, sin saber porqué  busqué la causa  del malestar y allí, a unos cuanto metros estaba la anciana, la vieja bruja que apenas semanas atrás se aposentara en aquel viejo jacal; fue la primera vez que la vi  y fue cuando   empecé a temerla. Cubría su cabeza con aquel reboso que no me  dejaba ver su cara, pero si el brillo de sus ojos; me miraba fijamente cuando una larga lengua, una enorme lengua rosada de animal hambriento emergió del oscuro foso de su cara babeando.
Di un salto y eché a correr sin mirar atrás, mientras de las manos y las bolsas caían las ciruelas verdes y rojas.
Nunca más volvía a  las ciruelas.  Si la  bruja  se me aparecía en una calle escapaba en sentido contrario  como conejo asustado, sólo junto a la abuela  podía soportar su presencia y asombrarme ante el saludo de quienes parecían amigas de toda la vida.

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