viernes, 29 de marzo de 2013

¿Cómo murió el Chavo del 8?


Como todo mundo sabe, el Chavo del 8 vivía en una vecindad, dentro de un barril, muy a su manera era feliz, sólo  lo perturbaban los sinsabores naturales de un muchachito sin familia y siempre hambriento; pero Dios y la vecindad proveían: la torta, los paseos, los amigos y hasta la escuela donde un profesor larguirucho  se esforzaba por enseñar a los niños de la misma vecindad.
Una partida de inquietos niños que vivían para la travesura, molestando y golpeando a quien se dejara; un gordo panzón, dueño de la vecindad y cobrando una renta de la cual pocas ganancias obtenía, era la víctima propicia del Chavo,  el gordo era eternamente recibido de un golpazo; el mejor amigo del Chavo como ustedes saben era  un cachetón consentido por su madre.
Bueno, ustedes conocen mejor que yo quienes eran los amigos del Chavos, los vecinos del barril, las aventuras que vivió mientras era niño. Pero los años no pasan en balde y los niños crecieron, la ciudad de México se modernizó, se ampliaron las avenidas y la vecindad del Chavo fue derrumbada por las autoridades.
Los amigos y vecinos  de siempre se fueron buscando refugio en otra  vecindad,  en un departamento de alquiler barato y, otros como el viejo cartero regresó a su pueblo enfermo y viejo listo para descansar en paz.
Los felices amigos de la noche a la mañana  se perdieron de vista, el Chavo del Ocho era ya un joven y la magia de la vecindad que proveía había desaparecido.
Lo atosigó el hambre, el frio, la soledad,  el miedo y una  angustia horrenda le revolvía las entrañas, invadía  la garganta hasta aposentarse en el estómago, donde le recordaba con chicotazos de hambre que estaba solo, más solo que nunca.
Los primeros días de soledad lloró, lloró tanto hasta que se le secaron las lágrimas y esta fuente en ocasiones consoladora se cerró para siempre y  el Chavo dejó de llorar, un gesto duro cruzaba el antes sonriente rostro, este gesto como cicatriz del alma hacía del Chavo un hombre, el hombre que había renunciado a la mágica vecindad para enfrentarse a un mundo malvado, a un mundo que había dejado de sonreírle para mostrarle los afilados dientes, aquellos destinados para triturar a los abandonados de Dios, a los que la vida de un día para otro decidió mirar con desprecio.
El Chavo del Ocho entonces estuvo seguro que la vecindad que proveía de todo nunca volvería, que estaba solo, los amigos se habían ido sin volver la mirada para ver su triste y sola figura; en otro lugar, en otra vecindad estarían jugando felices mientras el moría de tristeza y hambre.
El Chavo hizo lo que tenía que hacer para sobrevivir, el día en que murió, había arrebatado una cartera  con unos cuantos pesos, se la arrebató a una pobre mujer  que apenas llevaba para el mandado, como siempre que corría por su vida, oía  el alborotó que iba dejando atrás, esta vez fue diferente, una patrulla de judiciales lo perseguía y le marcaba el alto; no los escuchó, no quiso escucharlos y le puso alas a los pies, era muy rápido, pero no tan rápido como para no escuchar las detonaciones y mucho menos rápido que las balas que lo dejaron tendido mientras una mancha roja se ampliaba.
Pero no todo era malo después de todo, cuando el Chavo del Ocho cerraba los ojos para siempre, la sonrisa infantil curvó sus labios, la vecindad que proveía lo esperaba con sus amigos y vecinos de siempre, junto al barril estaba una gran torta, tenía hambre y la devoró, una gran pelota saltó junto a él y Kiko le dijo. “jugamos Chavo”.


sábado, 16 de marzo de 2013

La cacería



Se acercó volando, era una jugosa mosca  que apenas si se sostenía de gorda, yo cerré  los ojos y me hice el desentendido, como si no me importara su presencia.

Zumbo dos o tres veces a mi alrededor, bajé la cabeza  y fingí dormitar, adormilado por el sol caliente. La  mosca planeo imprudente  frente a mi, abrí y cerré los ojos con la misma velocidad con que mi lengua la atrapó como un espanta suegras  largo y efectivo.

Fue todo, la engullí, mi cola prensil  se arrolló  a una rama seca  ahíta de satisfacción; como buen camaleón  me mimeticé en la rama donde calentaba  mi sangre fría en espera de la presa.

Leyenda urbana de Salinas de Gortari y Ruiz Massieu


Alrededor de los  personajes políticos se crean mitos y leyendas que alumbran o ensombrecen la figura pública, una de las familias que gobernaron México con un todopoderoso y omnímodo poder que abarcaba, no sólo, el ámbito laboral y político, sino el que permite adueñarse del alma y la personalidad de quienes aspiran escalar en el pestífero estrato de la política mexicana.

Los Salinas de Gortari, crearon a su alrededor negras leyendas de terror y muerte, incluso antes de asumir el “salinato”, como una forma total de ejercer el poder, se les adjudicaba a los pequeños Salinas de Gortari,  la muerte de una empleada doméstica, a la que en un juego siniestro, de vaquero e indios, torturaron hasta morir.
La negra historia de estos personajes es del dominio público, desencadenaron una ola de magnicidios que cambiaron la historia del México moderno. El asesinato de Luís Donaldo Colosio, Francisco Ruiz Massieu, la desaparición del diputado Rocha y el suicidio de Mario Ruiz Massieu, son ejemplos de una realidad mexicana que supera la ficción más truculenta de los  escritores de pésimas   telenovelas de TV Azteca, que reciclan una y otra vez un mismo argumento, como es el caso del protagonista que nunca se acuerda si tuvo o  no relaciones sexuales la noche anterior.

Aunado a su pésima reputación, los Salinas de Gortari emparentaron con los Ruiz Massieu, familia guerrerense que tenía como cabeza a Francisco Ruiz Massieu, quien a la llegada de su cuñado Carlos Salinas de Gortari a la presidencia, gobierna el estado de guerrero, con un estilo despótico y altanero, muchas anécdotas humillación a sus colaboradores circularon por el estado, así como la supuesta homosexualidad de Francisco como de su hermana Marisela.

La leyenda negra cuenta que el padre de Massieu, intentó comprar sin éxito una hermosa casa vecina, al llegar la familia al poder hizo pasa un boulevard por en medio de donde se afincaba la construcción; en sus tiempos mozos, uno de los hermanos Ruiz Massieu abusó de una jovencita que decidió quitarse la vida, el padre furibundo toco la puerta y asesino al supuesto ofensor, pero al ver que un hermano gemelo de este salía ante el trágico suceso, también le quitó la vida.

De Francisco Ruiz Massieu las mentes brillantes de Guerrero, un estado atrasado y pobre, lo consideran un personaje místicamente intelectual, tan intelectual que se le festejaba toda ocurrencia, como el de bajar del automóvil  al presidente en turno de Acapulco a media carretera. Cuentan  que el entonces gobernador le gustaba conducir, y en una visita anterior había caído en un hoyanco, dio  instrucciones de taparlo a Virgilio Gómez Moharro, presidente de Acapulco, en una nueva visita, al percatarse de que el bache seguía sin reparar y mucho más grande, le dijo al presidente municipal que se bajara, cosa que obedeció sin chistar.

A la salida del libro “Un asesino en la presidencia” de José Luis González Meza, la leyenda urbana, cuenta que Salinas de Gortari, entonces presidente, compró todo el tiraje.

Demonios que perduran



Este relato tiene la necesidad de ser muy pequeño, no tan pequeño como los micros relatos de Augusto Monterroso, pero si lo suficientemente pequeños para que sean disfrutados de una lengüeteada de ojo, válgase la expresión.

Iniciemos pues a escribirlo, tengo la intención de que sean lo justo en cuanto al descaro para que sean del agrado de los amantes del descaro, pero el descaro  que exhibe las miserias de  los que, creyéndose perfectos, gobiernan el mundo como si fuera de su propiedad, como si las leyes que rigen este mundo y esta sociedad  sólo se aplicara a los demás, al ciudadano común y corriente que los sufre día a día.

Como casi todo mundo lo sabe, México tiene una historia de dioses paganos muy exigentes de sangre, sacrificios y la muy humana costumbre de desvirgar a las más  hermosas doncellas; los sacerdotes de dichos dioses, fueron  expresamente entrenados para extraer  el corazón aún vivo de los prisioneros de guerra que tenían la mala suerte de caer en sus manos.

A la llegada de los españoles, muy prudentemente, los dioses locales se refugiaron en profundas cuevas, con lo barbudos conquistadores venía un dios poderoso y un sanguinario demonio, antiguo como el viejo mundo. El dios temible venía prisionero por voluntad propia entre dos maderos, cargado por un ejército de frailes, que apenas llegaron, se dispusieron a catequizar a los indígenas con nuevas y mejores  posiciones, que la usual en aquellas tierras alejadas de Dios; el demonio, llamado Hernán Cortés, tanbien traía su ejército y también le dio gusto con indígenas e indigenos, que poco reparo ponía en cuanto al  es o era.

Entre el dios y el demonio y sus ejércitos, causaron tanta avería, que los temerosos dioses locales rascaron más profundo para no tener que vérselas con tan peligrosos enemigos. Con el paso del  tiempo ganaron valor, y, medroso empezaron a asomar la cabeza, estaban flacos y descoloridos, pero nada avergonzados de haber abandonado a su suerte al pueblo que tanto los honró.

Se mantuvieron en el anonimato, en tanto los dioses y  demonios  se hartaban a placer, muy adictos al poder, la sensualidad y, sobretodo, al oro, empobrecían y explotaban a los pobres mexicanitos, que dicho se de paso, no parecía importarles su condición de esclavos. Uno de los más terribles demonios, Gortari, descendiente directo de los conquistadores desgracio tanto al país, que los dioses o demonios locales se armaron de valor; pero no por amor a su pueblo, sino por conveniencia propia, casi morían de hambre,  y se lanzaron a la lucha; a estas alturas,  nuevos demonios se habían entronizado en el  poder, era una clase de demonios, producto de la cruza, entre la descendencia del demonio Cortés y la soldadera que cargaba al dios preso en la madera.

Como lo dijimos, haciendo acopio de valor, los demonios locales se lanzaron a la lucha, y contra todo pronóstico, vencieron en algunas batallas, encabezados por el dios más viejo y sanguinario, el dios de la mascarada y la guerra, AMLO; nada les importaba el que cayera, ni su pueblo, ni su raza, fue una batalla que a la fecha tiene herido de muerte al país que ahora llaman México. Si usted quiere ubicar a los demonios que asolan y empobrecen al país, los puede ubicar en las cámaras de diputados o senados, en puestos importantes, gobernando, hurtado y destruyendo con cada acción lo que queda de México.

Cada presidente de la república ha sido un dios o demonio (es la misma cosa) que ha conquistado el derecho de acceder al poder y, desde allí muestra sus terribles garras y colmillos.

De esta terrible batalla surgieron  los partidos políticos: PAN, PRI, PRD, cada nuevo enfrentamiento hunde en la pobreza a cada uno de los mexicanos.



El judicial.




Ese día, pensó que se había levantado con el pie derecho, patrullando con su “parna”, miró el paso rápido y nervioso de aquel desarrapado que cargaba una maleta de buena calidad; no necesitó de la agudeza deductiva  de Sherlock Holmes, que según le había dicho un “compa” “apretado” de tanta letra, el fulano Holmes  se las gastaba deduciendo la criminalidad  con solo ver la pinta del criminal, para darse cuenta que aquel miserable  robaba  a un turista despistado. ¡Mira compadre, ya sacamos el día, le dijo, mientras daba un codazo de complicidad a su compañero.

Lo alcanzaron y lo subieron de fea manera, un rápido golpe  en las costillas con el arma  y lo dejaron tan  flojito que tuvieron que levantarlo en vilo; el pobre infeliz, vestía  unas chanclas remendadas, un short  y camisa raída, su hurto se evidenciaba ante tanta pobreza.

Lo llevaron primero a una casa de seguridad que usaban para los “biznes”, abrieron la maleta, se les alumbraron los ojos de felicidad ante la bonita cámara de video que estaba a la vista, empezaron a sacar la ropa de buena calidad y… bajo ellas, estaban, bien acomodadas, bolsas de cocaína.
Durante toda su vida había esperado un milagro, una oportunidad como aquella, un encuentro fortuito con la suerte  que tanto se narraban entre compañeros policías. Lo sentía por el desdichado, ya estaba muerto, nadie lo extrañaría, se dijo a si mismo, es sólo desperdicio de la vida.

Lo compartiría con su “parna”, porque no, la suerte los favorecía a los dos: échatelo compadre, le dijo, sin ruidos, añadió. Sin esperar, le cubrieron  la cara con  una bolsa de plástico, estaba esposado y  no dio  tanta lata.

Brincaban de felicidad, en esa maleta estaba su suerte, ellos sabían del negocio, sabían como sacar la “pasta”. Ya vio compadre, algún día iba a ser la nuestra, dijo, mientras entornaba los ojos, como calculando, cuanto podían hacer con el hallazgo. La puerta se abrió violentamente, varios individuos se acercaron amagando con las armas más grande que habían visto en su vida; uno con cara de maldito se adelanto y le dio un tiro en la cabeza al compadre, quien quedó tendido, posiblemente, preguntándose todavía, que tanta suerte corría ese día por su sangre. ¡Si!,  el milagrito le alcanzaría para comprarse esa casita que tanto le gustaba. Él, él sólo sintió que se le oscurecía la vista, que todo lo que había se desvanecía, se desvanecía lo presente, pero también lo pasado y lo por venir, nada sólo la oscuridad absoluta.



Nada




Muchas veces al intentar escribir algunas líneas no encuentro a mi alcance el tema  que ilumine mi entendimiento ni la sensación de agilidad mental que me permita avanzar, ser perspicaz, agudo e ingenioso; en ocasiones, en múltiples ocasiones estoy sólo, más sólo que nunca sin la compañía  de las ideas que pululan en días de fiesta por mi cabeza.
Pienso que cuando la inspiración nos permite ser fieles con nuestro ingenio hay mucho que festejar, no siempre saltan los peces dorados en el mar de las ideas, no siempre llueven estrellas fugaces sobre nuestro espíritu.
Sentarse inánime de letras e ideas  junto a la pluma y el cuaderno (en estos tiempos de luz y sombra frente al ordenador), es la peor sensación de abandono y vaciedad que pueda ocurrirme, sentirme incapaz de dar nada, de decir nada al mundo, pero principalmente a mi mismo. Los minutos pueden pasar sin que ocurra absolutamente nada. Oprimo una tecla, oprimo  otra y, en  el  vació, en la lejanía  parecen tiritar signos extraños que me niego a comprender, a llenarlos de vitalidad, a ser un dios  creador de su pequeño mundo en los siete días de la semana.



Mi vida




Tómame, me dijo la vida, yo se lo creí, como enamorado dispuesto que empieza a ver todo con los ojos del amor, eran tan coqueta con sus guiños placenteros, que sin lugar a dudas me dije: ¡Me quiere!
Fueron días felices de requiebro  y vanidad, gran  parte de la felicidad que gusta a los hombres viene de  sentirse amado, sentirse amado, querido una y otra vez, el amor es egoísta, lo quiere uno todo, pero a pesar de exigirlo todo, siempre se tiene algo de este en reserva.
¡Yo amaba a la vida! Y creía ser feliz, pero un día, veleidosa me dio la espalda y me mostró su desprecio, yo quise mirarle a  la cara y pedirle una explicación, mirar ese rostro espléndida que pensé conocer, mirar esa cara querida que sólo sabía sonreírme; pero la cara que miré, la cara que me mostró, era desconocida, ya no era mi amada, ni siquiera mi conocida, ahora era mi enemiga; una enemiga furiosa  dispuesta a abatirme, destrozar mis sueños  y rendirme humillado;  no hubo ruego u oración que me la devolvieran. Quise entenderla, comprenderla, pero mi orgullo no me lo permitía, de pronto se acercó el destino y me murmuró un secreto: Déjala ir, me dijo, ya volverá con mejor cara.


El nacimiento




Cuando nací estuve empujando, luchando fuerte por mirar del otro lado, de pronto sentí ahogarme, me inundó la suave caricia del aire y grité vencedor
Me encontré vistiéndome de la vida, enarbolando los futuros sueños, empezando a padecer frio, calor hambre, sueño y dolor, pero también alegría, risas espontaneas que se pintan en el rostro como breves oleadas  de felicidad, la risa de los niños es el recuerdo más cercano del  hombre de  su estancia en el Paraíso, ¿a que edad se empieza a soñar?, yo he soñado desde siempre, soñaba cuando latía, como insignificante, pero viva bola de carne.
Ahora estoy en el mundo, he nacido al mundo, pero también el mundo ha nacido para mi, somos él y yo, mirándonos de frente, como dos combatientes, uno siempre dispuesto a escalar, el otro, en su giro eterno, poniéndome trabas; pero somos dos combatiente justos, yo conquistaré lo que proponga mi esfuerzo, el  brindará honores a mis triunfos, pero en  mis derrotas se mostrará implacable.
Bien, he empezado a crecer, apenas nací he empezado a crecer y he empezado a olvidar, con este aliento que ahoga mis pulmones he gritado al mundo mi presencia.



El buen día




Hoy he abierto los ojos, no entraba la luz de la mañana, ni oía el gorjeo de las aves anunciar un nuevo día; sólo desperté, sólo sentí latir la vida en mi pecho mientras me gruñía el hambre diciéndome: ¡estás vivo!, ¡anda levántate! ¡Prepara café, sal, mira el sol y respira la vida!


Le hice caso a mi estómago que me aquejaba a gruñidos como un buen  viejo que gusta dar lecciones de vida cuando pesa el fardo. Mi cara gastada por otros ojos, miradas que nos quitan hálitos de tiempo, soplos como rasguños que se llevan para siempre imperceptibles  trazas  de tiempo; mi cara gastada miró la vida y sonrió, la miró con anhelo y con asombro, como si por primera vez presenciara el milagro, no sólo de sentir y vivir, sino el milagro de participar en un inmenso “todo” que en ocasiones oramos y  llamamos Dios.


El buen día estaba frente a mi, el buen día tenía la cara de un sol que me guiñaba el ojo tras una nube juguetona, el buen día estaba en un nido que a trizas armaba una madre pájaro y un niño que corría tras la falda de su madre, el buen día estaba en el aroma del café y en un sueño que apenas recordaba, el buen día apenas empezaba, dando un sorbo, me hice la promesa de disfrutarlo.

Un mal día




Los años pasan y, en el aleteo de la gaviota o el murciélago de la vida, de pronto me encontré sentado, meditando  en lo pronto del tiempo, miro atrás, y  apenas en el próximo recodo, he visto a un niño caminando,  lo he visto crecer lleno de sueños que florecían y revoloteaban por su cabeza como mariposas o flores multicolores que alegremente esperanzaban el porvenir. Rápidos eran sus pasos, tan rápidos que pronto dejó atrás  el florido jardín que aureolaba su vida, quiso  coger las briznas de su esperanza, pero sólo la marchitez  seca de sus sueños apenas si animaban su paso.

Su paso de pronto se torno tan rápido que en un suspiro del alma mía estuvo a mi lado, junto a mi, tan cerca de mi que sus secos  sueños  fueron los míos, lo vi llorar de tristeza al saber en lo que se había convertido, en la sombra del ayer, en el seco tronco del ahora.





Prisciliano



  
La primera vez que lo vi,  entró balanceándose  por  la amplia  puerta  de dos hojas, que solo  se abría en toda su amplitud en las horas de entrada y salida, la verja de dos metros  se veía inmensa al lado del pequeño   que la traspasaba con el andar de los hombres fuertes; su cabeza era inmensa para su cuerpo y creí adivinar un gran potencial en ella.

Se llamaba Prisciliano, nombre poco común, único en la escuela,  pero su  denotación    no se debía a su nombre, más bien   a un aspecto  que apenas rebasaba el metro de altura. Prisciliano era el único enano en la escuela secundaria; todos, o cuando menos yo, esperábamos grandes cosas de aquella gran cabeza que, a decir de nosotros, debería encerrar un cerebro, privilegiado apreciación, contagiada por tiras cómicas y películas donde los villanos eran genios de escasa estatura.

Pero prisciliano, poco interés tenía en los números o en las ciencias naturales, sino era para contar versos u observar el vuelos de las aves y mariposas; Prisciliano había nacido poeta, un poeta encerrado en un pequeño cuerpo, no era poca cosa, sufría su tragedia encerrándose en un mundo de ritmo y colores, no se atrevía a mirarse de frente, sólo lo hacía a través del espejo de la poesía, un escudo portentoso y frágil a la vez como ala de mariposa, cubría de la maledicencia, pero no del ataque directo.
El día en que este escudo se hizo añicos, fue una mañana en que la poesía saltaba de aquí,  allá, hasta encontrarse de frente con la liosa juventud  de Carlangas, el cual, encogiéndose perversamente le pegó un grito espeluznante al oído de Prisciliano. ¡Enano! Le dijo,   con tal  felonía que  el grito cimbró y  paralizó la escuela. Prisciliano nunca regresó a la escuela. La leyenda escolar cuenta que lo habían encontrado colgado de un cable; cuenta además que lo llevaron a sepultar, lejos, tan lejos como de donde llegó y de donde no debió salir jamás.

El extraño


  

Él vino de lejos, no sé de donde ni cuándo.  Nunca supe que lo trajo acá; sólo sé que miraba constantemente la lejanía; como cuando se extrañan las cosas lejanas que uno deja atrás, como cuando se quiere agarrar el camino de regreso, a sabiendas de encontrarse de frente  con un mal recuerdo.
Ese día estuvo inquieto, mirando los pasos que dejaba, como si vigilara su sombra  que lo seguía con lealtad  a todas partes, bajo ese sol sin cobijos. Un  día lo había escuchado decir: “mi  sombra y yo”, como si se refiriera al último vestigio  de lo que quedaba de él.
Nada de lo dejado  atrás, estaba  a su lado, ni el recuerdo, que borró apenas se deshizo  de las trazas de su otra vida, pero en los últimos  día lo inquietaba la extraña sensación  de que todo había sido en vano, que la lejanía y el recuerdo perdido, nunca  se habían ido del todo.
Ese día lo vi angustiado, lo acongojaba la certeza  que iba de vuelta, se sentó bajo un árbol  de sombra alargada que parecía mostrarle otro camino, uno más que seguir, pero sólo se arrellanó y fijó la mirada por donde venían a los hombres  que se lo llevaron sin mucha resistencia.


Mi miedo




La calle estaba oscura, sobre la pared de ladrillo  mi miedo apreciaba sombras amenazantes, metí las manos a las bolsas de pantalón, quería entretener mi miedo, hacerle creer que aquella calle oscura  en medio de la noche  era como  un paseo por el parque.

La calle  se alargaba con el miedo, se convertía en un angosto y amenazador túnel, cuya salida se apreciaba a lo lejos, no como una lejana luz  de esperanza que tranquilizaba mi espíritu, más aun lo llenaba de zozobra y espanto.

Una sombra se desprendió  del tabique, mi corazón saltó tan violentamente que conmovió mi pecho,  una segunda se alargó tanto que estuvo a mis espaldas, tan cerca  que percibí el calor de su aliento; ¡estaba perdido!, mi miedo vio brillar en la escasa luz el brillo de los puñales.

Mi miedo arremetió, vinieron a mi memoria las historias de espanto del callejón “Sal si puedes”, mi hermana me había dicho que no cometiera la imprudencia de regresar por el mismo camino a horas tan indispuestas;  apenas dos días antes, un hombre amaneció tan herido y golpeado  que sin duda murió. ¡Yo vi al pobre hombre!, aseguró para reafirmar lo dicho.

Corrí como con las alas del miedo, la luz de esperanza se agrandaba a cada paso y mis piernas  esperanzadas renovaban sus esfuerzos; dos, tres pasos más y seguramente  alcanzaría la salida  de ese largo túnel al que me condujo mi imprudencia. Pero desgraciadamente el diablo y sus zancadillas  se encargan de truncar la esperanza más certera. Rodé por el piso, di tantas vueltas que pensé}, no terminaría de dejar mis restos por el piso vasto. Quise incorporarme dolorido, alcanzar el dintel de salvación que se abría, más fui sacudido  violentamente por un gendarme  que gritó con aprensión: ¡Aquí el ladrón que buscamos!



Nunca jamás





Venían polvosos y cansados, no llegaron juntos, primero mi madre y mis hermanos, después en grupos de dos o tres parientes  de gestos adustos  que intercambiaban miradas  y palabras tan anodinas  como su propia pena.

Algunos había venido de muy lejos tras décadas de ausencia, otros forzados  por la formalidad  se mantenían fieles en espera de los  últimos trámites del protocolo.
Durante tres días desfilaron  por mi casa y por nuestra mesa  amigos, familiares y desconocidos que agotaron una y otra vez las viandas, la muchedumbre parecía interminable; nada era más importante que  la atención  de quienes nos visitaban silenciosos, ensimismados de una pena ajena.

Pero ahora se marchaban, se retiraban como llegaron, uno a uno o en grupos, se reían contentos de marcharse, de haber cumplido a cabalidad  con un compromiso ineludible; la algarabía terminaba, la fiesta del duelo tocaba a su fin.

La casa se quedó sola, la soledad  sombría  me recordó la ausencia   irremediable,  entonces sentí  un filoso frió  atravesar mi pecho; un filoso frio que me hizo sollozar, llenándome de la plena conciencia  de que ya no estaba, que no estaría jamás.

La declaración





Siempre llegaba   con un ramo de rosas, digo,  si se puede llamar ramo de rosas a unas flores apretujadas y  marchitas recogidas aquí y allá.
Se acercaba sonriendo, iluminando  los ojos cuando alargaba la mano y ofrecía aquellas flores como un tesoro invaluable.

Ella las recibía juguetonamente, agradeciendo con una expresión  que acompañaba  de un parpadeo, los expertos y conocedores de gestos femeninos, considerarían el contenido del gesto  como de sutil coquetería.

Esta vez no se retiró como acostumbraba, las risas alegres se detuvieron  antes de empezar; el corro  de jóvenes se removió inquieto ante lo imprevisto. Él por primera vez en mucho tiempo dijo algo, lo dijo con una voz inquieta  que nadie  conocía y que se trabó una y otra vez mientras se esforzaba mostrando  una lengua  que chasqueaba atascándose  entre   unos dientes descuidados  e incompletos.

Algo que sonó o se escuchó  como: ¿Tú te quieres casar conmigo?
El inquieto silencio atronó en cantarín coro de juveniles carcajadas. ¿Te quieres casar conmigo? Reverberaba como una broma que merecía reír toda la vida, como una burla perfecta, labrada por el mismo señor de las bromas, si tal señor  existiera.

El pobre infeliz  retrocedió torpemente, en su juventud marchita  de harapiento vestido, signada  por una locura magnánima  se dibujó cruel la sensatez; por un segundo, por un instante  malhadado, la luz de la conciencia lo iluminó y supo de su miserable condición. Llevó las manos al rostro lleno de horror, arrancó girones de piel, mientras se acurrucaba gimiendo quedamente.

Ligero como el aire





Muy temprano lo inquietó la extraña sensación de liviandad, como si  miles de ligeras burbujas  intentaran soliviantar el peso de su cuerpo. La sensación  era tan real  que extendía los brazos pretendiendo anclarse a la cama, temeroso de verse elevar por los aires como globo de feria. Pensó en la cena de vegetales y el espumoso licuado para la digestión, sin duda su penuria de la mañana tenía culpable en esa  mezcla de hierbas y un toque de bicarbonato que tomó por la noche sin respirar.

Se incorporó sujetándose, una  ráfaga de aire lo llenó de pánico y se cogió del dintel temiendo lo peor, estuvo así por varios minutos, se sentía zarandeado  ante la más leve brisa; llegó hasta su patio y se contentó de encontrar una pesada roca, la cargó trabajosamente, discerniendo sobre el trabajo  de montarla sobre su hombro y el servicio inapreciable que le prestaba el peso.

Al principio fue  novedad que movía a la intriga, un profesor de andar medroso, cargando pesos sobre su hombro, pero pronto la gente dejó de admirarse  y prestar atención a la extravagancia del profesor, luego sólo  los niños lo señalaban y algunos piadosos que murmuraban: ¡un loco más en el pueblo!

La despedida



Lo visité por última vez; él sabía que no volvería cuando le di un beso  de despedida en la mejilla; mi amigo estaba pálido, moría sin duda; cuando hice el intento de marcharme me pidió que me acercara, yo le presté el oído; un moribundo debe tener  sobradas prerrogativas, sobretodo cuando se trata de  tu mejor amigo.

¡Por los buenos tiempos!, dijo cansado; por los buenos tiempos contesté, su aliento ardía cuando nuevamente musitó;  ¡vete, no vuelvas!, el tiempo no se malgasta visitando moribundos; ya tendremos tiempo suficiente, salvar la distancia entre  la  vida y  la muerte, es tan simple que sólo consiste en morirse; recuerda que   la vida siempre tiene prisa y termina por adelantarse, la trampa está  en querer alcanzarla, aún cuando sabemos que la muerte acecha al principio, en cada trecho  y al final del camino.

Le dije que si, que creía saberlo, pero en  mi interior cuestioné la razón por la que los muertos pretenden  ser más sabios que cuando viven.


El segundo nacimiento




Fue una tarde en que después de una siesta abrí los ojos, todo me parecía extraño,  como si por primera vez abriera una puerta prohibida y me enfrentara a lo desconocido; me llamó la atención el calendario, en el se apreciaba una fecha; un año, un mes, un día; una fecha desconocida en mi memoria infantil, donde el tiempo no se medía  por el paso de las horas, sino por el descubrimiento diario de la vida.

Todo parecía deslumbrante, nuevo, creí que no acababa de despertar, que soñaba o que renacía atravesando el frágil cascarón de mi primera niñez.

Lo cierto es que desde aquella tarde tengo conciencia del paso del tiempo, de los calendarios ominosos que me muestran rigurosos  el mes,  el año en que se  vive  o se muere. ¡Ah desde entonces empecé a envejecer!


Emilio



Emilio era  muy pobre, vivía con sus padres y hermanos en las afueras de la pequeña ciudad, en una  casuca de una huerta que cuidaban.
Todos los días caminaba varios kilómetros bajo el ardiente sol, siempre llegaba sediento, pero contento y sonriente  de mirar a la gente ir venir, pero sobretodo de ver tantas y tantas mujeres de dulce olor, él tenía hermanas, pero ninguna olía como las mujeres de la ciudad.

Emilio se alquilaba por unos pesos o por un taco, era muy diligente en los encargos de la gente, que lo buscaban cuando tenían necesidad de un quehacer o un simple mandado. Iba y venía, lo conocían muy bien en aquel pueblo con título de ciudad.

A veces se acercaba a las mujeres, quería  aspirar de cerca ese aroma que lo inquietaba; pero huían despavoridas, en ocasiones  regresaban acompañadas  de hombres que golpeaban a Emilio; las más, sólo se alejaban maldiciéndolo.

Emilio nació de madrugada, durante una violenta tormenta que causó muchos  estropicios, la comadrona estaba furiosa, aquel bulto de cuatro kilos se negaba a salir y cuando lo hizo no mugió como todos los niño, sólo se quedó quieto  y morado. Por el recuerdo de la tormenta, sus padres  creen saber que Emilio debe  contar con  veinticinco años.

Emilio calzaba huaraches de correas gruesas y toscas, siempre llenos de lodo, pantalón de talla  indefinida; a menudo volvía a su casa con ropa que la gente le regalaba, antes que tirarla; camisa sin abotonar, anudada a la cintura; sobre su cabeza  de crines indomables, un deshilachado  sombrero de palma. Emilio era ancho y fuerte, no muy alto; sus manos acostumbradas al diario esfuerzo debían contener bastante fuerza, pero  jamás las había alzado contra nadie, aunque se lo mereciera; su abdomen  se pronunciaba  brillante de grasa y sudor a consecuencia de las ganancias de su diligencia; en  su cara, picoteada de un feroz ataque de viruelas del que ya lo daban por muerto, se advertía cierto  miedo;  algunos trataban de ser compasivos, otros le espetaban a diario su desprecio con burlas y agresiones y, todos, absolutamente todos lo soportaban sólo el tiempo necesario.

Un día Emilio empezó a hincharse, se le hincharon los brazos, se le hincho la cara y dejó de sonreír al percibir el dulce aroma. Pronto dejó de ir a la ciudad, y luego se supo que había muerto y su recuerdo perduró un tiempo; como la muerte del Palomo, un caballo cornado en la feria del pueblo o, la de Travieso, el perro del vecino atropellado por un auto.

En la montaña




María los escucho venir como  un rumor, un tropel silencioso que rasgaba la noche, se incorporó del rústico camastro y tomó entre sus brazos al pequeño chilpayate que dormía profundamente, lo apretó contra su pecho, mientras el  perro que ladraba aulló lastimeramente; una embestida derribó la puerta. Los demonios de verde,  sudorosos y jadeantes lo  invadieron  todo.

¡A ver tu india!, ¿donde está tu marido? Le dijo uno que iba al frente. Su hijo empezó a llorar, María chilló, quiso luchar  cuando se lo arrebataron. Nada podía contra ellos que violentamente, una y otra vez preguntaban por el paradero de un marido mujeriego y borracho que no veía hace mucho tiempo.

Después se quedó sola, el silencio le apretaba los oídos, junto a ella, su hijo había dejado de llorar, estaba quieto arrullado por el vaivén  de una docena  de caras ansiosas que desfilaron frente al  camastro.

Cargó al niño y en la noche oscura encaminó sus pasos rumbo al arroyo, allí lavaría las penas  de su alma y la suciedad de su cuerpo;  pronto el sol despuntaría, echaría lumbre al fogón del café, al fogón de los frijoles y las tortillas, entonces nada recordaría, nada quedaría del mal sueño, las limpias aguas del arroyo se lo llevaban todo.

El pacto




Después de muchos años la volvía a ver, estaba sonriente   y miraba detenidamente con la atención perdida en el ensimismamiento que tanto me llenaba de curiosidad; me asombró,  que lo que supuse  una manía perviviera al desgaste de tantos años, ahora caía en la cuenta que aquella mirada vaga en los momentos en que parecía mirar atentamente, provenían más allá de una superficial banalidad.

Durante largos años sólo  tuve ocasión  de mirarla en tres ocasiones,  breves momentos  de recuerdo pícaros de una reciente juventud que se  marchara a pasos apresurados; ahora era diferente, poco quedaba de la atracción que alguna vez nos hizo jurar un pacto de amor invocado en tres ocasiones; la última vez  que la vi  lloré lleno de nostalgia  dolorosa, pero no por la ternura del  encuentro, lloraba por mi, por lo que suponía que había perdido y ella traía de regreso. Había dejado de ser joven, pero ella me miraba como ayer,  y en  el espejo  radiante de sus ojos no encontraba  el reproche de los años idos.

En una ocasión de loco apasionamiento nos juramos que cuando el tiempo y la distancia  nos separaran, cuando los años pasaran  y el destino  nos deparara otra suerte y otros brazos,  cualquiera de los dos podía exigirle al otro un encuentro amoroso.

Ella seguía mirando con su atenta mirada perdida y la misma  sonrisa húmeda  de  siempre; yo siempre creí en las segundas oportunidades, en las vueltas de la vida  que nos trae y lleva  siempre al mismo lugar; pero el paso de los años empezaba a quebrantar  esa creencia, ya no quedaba tiempo  para nuevas vueltas y nuevos regresos, la vida terminaba por colocarnos en la posición de espectador, ahora la rueda giraba para los otros, los que tiene tiempo todavía de ir y venir. Volvió la mirada y, con ello trajo  un torrente de sentimientos encontrados, su presencia terminaba  por ahogarme de nostalgia, en ella estaban los recuerdos olvidados, las vueltas de la vida, los sueños incumplidos, con ella estaba lo que fui y lo que pude ser y lo que soy, lo completo e inacabado de toda una vida.

Me abrazó y me besó con un beso rápido, pronunció mi nombre  con una voz  fresca juvenil, una voz  cargada  en  su equipaje como precioso tesoro de juventud; me tomó del brazo y caminamos juntos, como eternos amantes. Se volvió a mirarme con sus ojos rejuvenecedores y me dijo: ¿Te acuerdas del pacto?

¿Quién quiere estar loco?




Entre  el bagaje de recuerdos que guardan las cosas, los hombres y hasta un pueblo entero, podemos mencionar  a ciertos hombres que por su comportamiento  e ingenio han llenado de chispa el  alma trovadora de una época.  Muchas veces no son los escritores ni los  poetas de renombre quienes mejor representan el cálido y sentimental  aliento  que exhala el pueblo, es la criatura desprotegida, la que en su inocente desvarió escribe páginas memorables en la historia y el recuerdo; deambulan yaciendo en un sueño  salvador que los libra del lastre infernal  de su abandono, su locura salva y ciega su espíritu que mira otro mundo, otra realidad,  de advertir su tragedia, esta lo aniquilaría. En los rostros  de niños  mira ángeles y querubes a los que canta salmos piadosos.
Es el loco del pueblo, pero el  loco que rima y canta, el loco tierno que los niños no apedrean en su inocencia, ¿Cuántos locos soñamos con saltar las estrellas, vagando por mundos lejanos y luminosos?; el loco no dice lo que piensa, dice lo que ve  tras su mundo, el mundo perfecto, el castillo de cristal que sueñan habitar los hombres cuerdos en sus sueños de colores, cuando por algún momento se sueña loco.


El secreto




En múltiples ocasiones había pensado los pros y los contras, pero se negaba a decidirse, ¡tenía miedo de enfrentarlo!, ¡tenía miedo de las consecuencias!; ¡si tuviera valor, el valor suficiente para decirlo cara a cara!, ¡para apuñalarlo con su verdad!, ¡para acribillarlo  con la mirada, que bien ocultaba  una verdad o una mentira del tamaño del mundo!


Era su amigo, su compañero; cuando posaba su amistoso brazo sobre su hombro se estremecía con placer y angustia, su corazón se detenía por un instante, para saltar en un galope incontenible.

¡Cómo  decirle que le gustaba, como decirle que abrigaba la loca esperanza  de la correspondencia.

 ¡El era su amigo, él era su “parna” de toda la vida!

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