jueves, 7 de febrero de 2013

Cuento: Cuando el tecolote canta, el indio muere


Había cantado  el animal, lo había escuchado muy claro y sabía  muy bien su significado. Fueron  gritos  agudos,  graznidos que le pararon los pelos de punta. Esperaba el canto desde días atrás, lo esperaba impaciente, temeroso,  como cuando  se espera un mal del que no se puede escapar, y la única esperanza es apurar el mal trago,  recibir el golpe  que ya estaba en camino apretando el cuerpo para sobrevivirlo.
Un aire frio  le dio en la nuca, giró la cabeza y vio al pájaro parado sobre una rama, negro y grande, de ojos redondos  como canicas oscuras y brillantes;  lo miraba retador, el pájaro se burlaba  y se aprestaba a chillar condenándole a muerte.
El animal extendió las alas como si se fuera a ir, pero lo había engañado, realmente ganó fuerzas para lanzar el horrible  chillido y lo hizo tan fuerte  y, en tan  varias ocasiones que le robaron el aliento, como si en vez de chillido fueran puñaladas  que le partían el corazón.
Él conocía muy bien los dichos de pájaros mal agüeros, su abuela, su abuelo, su padre, su madre  murieron tras el canto  malvado, ahora a él le tocaba morir, ser tocado por ese canto  que como navaja cortaba el hilo de la vida.

Cuento: El feo.

Nunca miraba a los ojos, escondiéndose siempre  tras la esquiva mirada; hay va el “feo” oía decir a su paso. Creía saber  que escondiendo la   mirada en el piso,  su fealdad  quedaba a resguardo; si no los veía, no veían, pensaba.
El “feo”  conocía muy bien  su fealdad, hasta donde le alcanzaban los recuerdos,  la gente  siempre se había encargado  de que nunca  la olvidara.  Al principio buscaba en los reflejos las razones  que lo distinguían y, en honor a la verdad, no encontró  cosa  alguna  que lo hiciera diferente  a quienes le murmuraban su fealdad.  Con los años,  de tanta murmuración,  se encontraba tan horroroso  que le daba miedo su reflejo.
El “feo” tiraba basura, a veces le daban algunas monedas, pero él  la recogía  aunque no hubiera paga; la basura era fea, afeaba la calle, afeaba las esquinas, afeaba la ciudad y él la limpiaba de esa fealdad; su fealdad no podía ser recogida, estaba allí para siempre,  acumulándose día a día  como la fealdad de la basura, sin que nada ni nadie pudiera recogerla; su fealdad estaba  donde la gente  la podía  ver, no estaba escondida como la fealdad  de los drenajes  que se encuentra  bajo tierra, estaba a flor de piel  y la gente la veía   y  arrugaba la cara; por eso el prefería esconderla  apartando la mirada, clavándola  muy hondo en el piso, allí la ponía  a resguardo como los drenajes.
Conocía muy bien a don Ramón, un hombre feo, al que la gente nunca  le había murmurado su fealdad, él más que nadie se había fijado en la fealdad de don Ramón; era muy malo,  y él había visto lo feo que era, cuando lo miró en el río descuartizar a una mujer a machetazos; don Ramón tenía la fealdad por dentro, en su tienda siempre estaba sonriendo a la gente y la gente le sonreía si poder ver la fealdad  que le hervía por dentro.

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